Guía para cumplir los propósitos de este año antes de que sea demasiado tarde

Analiza por qué fallas. Y a estas alturas no, no te mereces un descanso

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Una de dos: o eres una persona sensata preocupada por llevar un estilo de vida ordenado y saludable o eres una persona feliz. Aún recuerdo con nostalgia cuando yo engrosaba las ociosas y caóticas filas del segundo grupo y no podía concebir el concepto de “propósitos de año nuevo”. Me parecía masoquista albergar esperanzas irreales sobre la capacidad de trabajo y la fuerza de voluntad uno mismo.

Me pasaba las tendencias de lifestyle por el forro y me sentía lógicamente superior por ello. Abrazaba el caos y la improvisación a cada segundo e iba sorteando obstáculos sobre la marcha. El mío era un cerebro napoleónico atrapado en el cuerpo de una jovencita de provincias.

Qué grandes tiempos y qué lejanos. Caminar por el lado salvaje de la vida está muy bien, pero para mantener ese comportamiento se requieren enormes dosis de actitud y la actitud se desgasta con la edad. En algún momento de mi vida sentí, a lo Tamara Falcó, la llamada de la luz, el orden y la belleza de los ángulos rectos. Descubrí la paz de espíritu que proporciona un baño ordenado, un archivador de facturas y una repisa de especias dispuestas alfabéticamente.

Yo estaba echada a perder y era feliz, porque perder es algo facilísimo que sale a la primera. Pero me eché a ganar y entonces me convertí en una auténtica perdedora.

Afortunadamente he aprendido que lamentarse no sirve de nada. O se está en un bando o se está en otro. O se vive en el lado oscuro y se disfruta al máximo o se combate con honor en la vanguardia de lo correcto. Lo que es realmente improductivo y absurdo es perder el tiempo sintiéndonos culpables por no hacer lo que creemos que deberíamos. Ese lloriqueo interior constante no es comparable a una gran tragedia o a los problemas graves que cada uno tiene en su vida, pero es el combustible de la infelicidad crónica. Así que si somos de los que hacemos propósitos de año nuevo, ESOS PROPÓSITOS HAY QUE CUMPLIRLOS.

Los propósitos interminables

Hay gente a la que le basta una agenda, un boli y su fuerza de voluntad. No es mi caso, desde luego. Mucho menos cuando se trata de cosas que no vale con llevarlas a cabo una vez, sino propósitos que consisten en hacer algo todos los días hasta el fin de los mismos.

¿Recordáis los tiempos en los que los intrépidos cazadores viajaban a las exóticas tierras de África para conseguir cazar a "los cinco grandes"? Por supuesto que no, y yo tampoco porque no habíamos nacido. El rinoceronte negro ya no existe y a nosotros nos ha tocado vivir una vida de miserables urbanitas. Para nosotros “los cinco grandes” son los siguientes:

  • Hacer ejercicio
  • Comer sano
  • Aprender idiomas
  • Ahorrar
  • Para los que son padres: simplemente tener tiempo libre

Esas son las cinco bestias negras de la persona primermundista estándar y cada una de ellas es la razón de ser de enormes industrias que se lucran con nuestro fracaso constante ante ellas.

Internet: cambiándote la vida cada cinco minutos

Internet suele ser a los hábitos positivos lo que Saturno a las probabilidades de vida humana, pero en ciertos casos, si uno sabe buscar, podemos hallar los Santos Griales de la productividad en forma -como todo lo bueno que nos ofrece Internet- de información valiosa y herramientas útiles.

Para organizarse en las tareas del día a día hay millones de sitios que nos ofrecen una alternativa más sofisticada a tachar con boli, como Hightrack o Teambox, si se trata de tareas de grupo, por nombrar dos compañías españolas. En mi caso, lo más parecido que tengo a una religión es este curso online que hice sobre gestión de tiempo -concretamente sobre el método GTD- en la plataforma de aprendizaje online Skillshare, impartido por Tiago Forte, consultor y coach experto en productividad. Todos los vídeos juntos apenas duran una hora pero en él se explica una metodología de gestión de trabajo que mi limitado sentido común nunca hubiera descubierto por sí mismo.

Hasta aquí muy bien. Pero pongamos que ya sabemos todos cómo organizarnos. Eso nos puede facilitar mucho las cosas, cuando ya estamos haciendo lo que hay que hacer, pero nos ayuda cuando nos encontramos en ese páramo de desamparo mental que es el previo de "ponerse a a ello".

He leído mucho sobre hábitos y salvo algún buen consejo puntual, nada que al final no pudiera resumirse en el Just do it de Nike, que a mí me entra por un oído y me sale por el otro. Por eso, cuando mi profeta de la productividad preferido anunció un nuevo curso en Skillshare sobre diseño de hábitos, dejé toda montaña de trabajo que tenía pendiente por hacer y me puse a ver los vídeos del tirón.

¿Funcionó esta vez? ¿Vi unos cuantos vídeos que en conjunto suman apenas una hora y mi vida cambió? Pues aunque suene exagerado: sí. De lo contrario, no estaría aquí escribiendo sobre ello.

El clásico "lleva menos de un mes y ya está dando lecciones"

Desde que vi los vídeos y seguí las pautas marcadas, llevo tres semanas despertándome puntualmente a las 7:30 (mi hora habitual para esto, dado que trabajo en casa, eran las 9:00-9:30), para a continuación enfundarme las zapatillas y hacer ejercicio (mi hora habitual para esto era NUNCA). He cumplido los 21 días que tradicionalmente se estiman necesarios para la formación de un hábito -aunque lo cierto es que no hay evidencia científica apoye esta teoría-, pero he comprobado también que a la tercera semana esto se vuelve completamente irrelevante. No hay meta a la que llegar, simplemente quiero seguir con ello. Y aunque me había propuesto hacer estas dos cosas a diario muchas veces, jamás había llegado tan lejos.

Entonces, ¿soy ya una superatleta? Para ser sincera, mi estado físico ahora mismo es el de un pingüino en rehabilitación tras un accidente en el estanque de las focas. Pero con la superioridad moral que me da levantarme a las 7:30 para hacer ejercicio podría ganar las Olimpiadas de la Megalomanía. Y lo que es peor, me he hecho adicta a la sensación.

Me encanta que me cuentes tu vida, ¿pero cómo lo hago yo?

En primer lugar, recomiendo el curso de Tiago Forte muy por encima de cualquier otro manual que haya leído. Por favor, hagamos millonario a este hombre (al que, dicho sea de paso, no conozco de nada, ni me une ninguna relación comercial). Para quien el inglés sea un problema, no se me ocurre qué mejor hábito que poner en marcha, que el de dedicarle un rato al día a este idioma. Con aplicaciones como Duolingo, que además son gratis, más que hábito, es puro ocio.

Y si te apetece hacerlo por tu cuenta, aquí van las claves más importantes que yo he encontrado en el proceso:

1. Analiza por qué fallas

Cuando nos disponemos a incorporar una rutina a nuestras vidas, es la novedad la que toma el protagonismo. Nos compramos los materiales y el equipamiento si el hábito lo requiere: esa ropa deportiva tan cara que se quedó en el armario o ese cuaderno tan bonito con una única hoja escrita. Toda esa ilusión sirve para ponernos en marcha, pero no para mantenernos. El camino está lleno de obstáculos y no vamos a poder esquivarlos si no los vemos venir. Para eso es muy útil, antes de emocionarse, analizar lo que nos ha hecho fallar otras veces. A menudo no es fácil de identificar porque en lugar de un problema que salta a la vista, se trata de una acumulación de pequeños inconvenientes: el frío que hace cuando salimos de la cama o la pereza que da sacar y guardar el material que vamos a usar. En su libro The happiness advantage, Shawn Anchor, otro conocido coach experto en productividad, contaba cómo consiguió adquirir la rutina de hacer deporte a diario, yéndose a la cama con la ropa de entrenar, o cómo colocar una guitarra en medio de la habitación le ayudó a practicar con ella todos los días. Se trata de eliminar, en la medida de lo posible, la fricción previa a realizar la actividad.

2. No, no te mereces un descanso

El peor hábito que existe, el hábito destructor de hábitos, es aplicar la improductividad como recompensa a la productividad y llamarla eufemísticamente “descanso". Mi filósofa favorita, Allie Brosh, lo explicaba muy bien en su artículo This is Why I’ll Never be an Adult. Cuanto más haces, más sientes que te mereces sentarte a procrastinar como si no hubiera mañana.

En su curso, Tiago Forte, recoge la reflexión de Gretchen Rubin (otra vieja conocida mía): cuando creamos un hábito estamos tratando de condicionar al cerebro para que automáticamente todos los días nos dirija a la actividad que hemos elegido. Así que no podemos educar a nuestro cerebro en la creencia de que la recompensa por realizar esta actividad es no hacerla. Eso sería justo lo contrario de lo que nos proponemos.

3. Desempolva tus valores

Estamos acostumbrados a justificar todos nuestros propósitos con razones. Por ejemplo:

- “Quiero hacer ejercicio todos los días para estar sana y no tener dolores de espalda".

Suena razonable, la verdad. Pero el problema con esto es que hasta que no me vea enferma o con dolores de espalda no tendré una poderosa razón que me lleve a practicar deporte. Lo mismo ocurre con preocuparnos por comer sano solo cuando nos vemos con sobrepeso. En cuanto el problema desaparece, la razón pierde su fuerza.

No es con razonamientos, sino echando mano a nuestros valores la mejor forma de reforzar el hábito. De los valores no se habla muy a menudo, salvo para decir que estamos en crisis de ellos, y tal vez por eso no los solemos tener en cuenta. Cada persona tiene valores completamente distintos, y quizá los que leemos en manuales y artículos nos suenan bien pero no funcionan con nosotros. Os pongo mi propio ejemplo:

- “Voy a hacer ejercicio todos los días porque creo que si todos lleváramos un estilo de vida saludable seríamos más felices".

Er… no. Para mí la idea de la felicidad es un pastelito de la Pantera Rosa. Siguiente.

- “Voy hacer ejercicio todos los días porque considero la actividad física fundamental en el desarrollo de una persona".

Jajajaja, no.

- “Voy a hacer ejercicio todos los días porque creo que cada persona es responsable de que su nivel de estrés no afecte a los que le rodean,y la actividad física es la mejor manera de mantener a raya el mío".

Bingo.

4. Hagas lo que hagas, ¡no rompas la cadena!

Siempre me sorprendo de lo poderosos que son los estímulos visuales. Conocía el método Don’t break the chain (No rompas la cadena), que popularizó el cómico Jerry Seinfield, e incluso había probado la herramienta online, pero hasta que mi hábito no ha llegado a un número significativo de días visualmente marcados no he sido consciente de lo insoportable que me parece la idea de que haya un hueco en medio. Un calendario y un rotulador rojo son suficientes, pero la app que yo uso para darme el gusto de apuntarme tantos es Lift, donde además se pueden compartir los avances con otros usuarios y comprobar que hay mucha otros primermundistas ahí fuera compartiendo tus penurias.

5. Para llegar a la meta hay que olvidarse de la meta

Esta es una reflexión a la que he llegado por mi propia experiencia. Los mecanismos cerebrales del aprendizaje tienen cosas en común con la creación de hábitos, pero conforman un campo de la psicología completamente distinto. Sin embargo, en la práctica, a menudo los tomamos por lo mismo cuando nos proponemos practicar algo todos los días y a la vez aprenderlo. Puede ser tocar un instrumento, dominar un idioma, o ser buenos en determinado deporte. Es verdad que si hacemos algo todos los días, mejoraremos en ello -esa es una de las base del aprendizaje-. A veces, cuando necesito una dosis de motivación visito Give It 100, una plataforma fundada por Karen X. Cheng (la protagonista de este vídeo viral), en la que los usuarios comparten la evolución de sus progresos durante 100 días de práctica en cualquier actividad.

Sin embargo, si convertimos la meta de nuestro aprendizaje en el objetivo principal, corremos el peligro de que nuestra frustración al no obtener los resultados que esperábamos acabe con el hábito. Si por el contrario nos proponemos como objetivo mantener el hábito, será más fácil superar las dificultades del aprendizaje. Nos sentiremos satisfechos, día a día, por haber dedicado a la actividad el tiempo planeado y no nos obsesionaremos tanto en medir nuestros avances. Lo importante no es la felicidad que creemos que nos espera al llegar a la meta, sino ser feliz disfrutando del camino.

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