Guía rápida sobre ultras: todo lo que necesitas saber

Son grupos politizados y violentos, pero en decadencia

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A tenor de la proliferación de expertos y tertulianos en la materia, se impone editar de urgencia una guía sobre qué es el fenómeno ultra en España y cómo funciona:

¿Hay muchos ultras en España?

Unos 10.000, según el Ministerio del Interior. Lo cual representa una cifra asombrosamente baja si lo comparamos con países de nuestro entorno. Es necesario tomar perspectiva para comprobar que, pese a que el problema ultra es real y grave en España, la situación ni se parece a la de Italia, Grecia, Suiza, Holanda, Francia o países escandinavos . Ni hablar de Europa del Este o los Balcanes. En estos países –muchos de ellos con mayor desarrollo económico que España– los ultras, más numerosos, siguen sembrando el terror cada fin de semana, provocando graves altercados y sometiendo a sus clubes a un humillante control. En comparación, España es un país con un fútbol pacífico.

¿El problema de los ultras en España atraviesa su momento más preocupante?

La grada de los Riazor Blues / Atlas / Moncho Fuentes

Ni mucho menos. El fenómeno ultra en España lleva en decadencia más de quince años. Es cierto que ha habido cierto repunte en los tres o cuatro últimos años a causa –entre otras cosas- de la crisis económica, la permisividad de los clubes y la tibieza de la sociedad debido a la ausencia de víctimas (el último muerto en el fútbol español tuvo lugar en 2003 –otro hincha del Deportivo– y en aquella ocasión ni siquiera se trataba de un ultra). La realidad es que, a pesar de la percepción que se proyecta desde los medios de comunicación estos días, el fenómeno ultra en España está bien controlado comparado con los años 90, su época dorada. Entonces eran miles los chavales que abarrotaban los fondos de cada estadio, exhibiendo simbología de todo tipo (algo prohibido hoy), quemando banderas y peleándose en la misma grada impunemente con la policía. Imágenes impensables en la actualidad. Hoy son muchísimo menos de lo que fueron y la prueba es que los estadios españoles son lugares a los que se puede acudir con tranquilidad.

¿Cómo se ha controlado el problema?

España es de los pocos países que ha seguido la estela dejada por Reino Unido, donde el gobierno se remangó en serio para acabar con los hooligans. En realidad sigue habiendo hooliganismo (hay peleas en muchos partidos de categorías inferiores), pero es Euro Disney comparado con los años 80. Aquí se aprobó la Ley del Deporte por la cual se castiga con severidad cualquier mínimo altercado relacionado con el fútbol (con multas que ascienden hasta los 10.000 euros), se puso asientos en los fondos y la policía llevó a cabo un fichero de los grupos ultras del país. El desarrollo económico y social de España en los últimos treinta años también ayudó a atenuar el fenómeno. Dicho todo esto, es obvio señalar que el escenario ultra está vivo y presente todavía en España. Y que supone un problema.

Imagen del fondo donde se ubicaba el Frente Atlético / Javier Lizón (EFE)

¿Terminarán desapareciendo?

El fenómeno trasciende el fútbol. El escenario ultra es una subcultura urbana como tantas otras (moteros, punkis, okupas, hipsters, groupies…), donde la explicación de su existencia reside en la necesidad de pertenencia, identidad y adrenalina. Todo lo demás es una consecuencia, un medio, pero no un fin. De modo que su pervivencia o no depende de factores que van más allá del deporte. El fútbol es el escenario donde se desenvuelven, por tanto parece improbable que vayan a desaparecer mientras existan los estadios. Otra cosa es que puedan desarrollar sus creencias violentas (los ultras, como otros muchos segmentos de la sociedad, creen en la violencia como una forma de solucionar conflictos), ya que el control es cada vez mayor.

Algunos grupos ya se han regenerado y se han convertido en grupos de animación, estos es, hinchas contrarios a la violencia pero que aportan el mismo –o parecido- colorido y ambiente a la grada. La Curva Nord del Valencia, la Curva del Espanyol o la Grada Joven del Real Madrid son ejemplos de este tipo de nuevos grupos, que demuestran que los ultras no son la única vía para dar ambiente a un estadio.

¿Por qué los clubes los amparan?

Porque no quieren sus estadios en silencio. Ni más ni menos. Quitando Real Madrid y Barcelona (precisamente los dos únicos clubes que se han enfrentado realmente a sus ultras), los demás equipos tienen en el bullicio de su estadio una herramienta muy importante para lograr sus objetivos. Los equipos humildes viven muchas veces de hacerse fuertes en casa y eso pasa por un campo ruidoso y hostil. Los ultras son los encargados. Y los presidentes han demostrado estar dispuestos a pagar cualquier precio por mantenerlos activos: desde reyertas hasta asesinatos. Lo increíble es que esta dicotomía es falsa: ya existe un país (Alemania) donde se demuestra que la casi ausencia de violencia ultra y el ambiente caliente en el estadio no son incompatibles.

¿Por qué ni jugadores ni entrenadores se mojan?

Porque quieren el apoyo de sus ultras. En la mayoría de equipos los ultras marcan el paso del resto de la hinchada. Ellos señalan quiénes son los equipos a odiar y con cuáles hay que hermanarse. También quiénes los jugadores a idolatrar o despreciar. En este caso no se basan en la calidad o rendimiento (eso a los ultras les da igual), sino en el compromiso. Si un jugador demuestra fidelidad y sentimiento hacia la camiseta, tendrá a los ultras de su lado. Y tener a los ultras de su lado significa vivir tranquilo. Por eso prefieren no enfrentarse a ellos. No solo eso, algunos jugadores ayudan económicamente a los ultras para conseguir su trato de favor. ¿Cómo se explica que ningún jugador condene jamás públicamente al grupo ultra de su equipo tras una tropelía?

Aficionados del Sevilla recuerdan al ultra asesinado en Madrid / Cristina Quicler (AFP)

¿Aman más a su grupo que al equipo?

Sin ninguna duda. Para los ultras su grupo es su familia y está por encima de todo, incluso del equipo. En muchas ocasiones el resultado del partido les da igual: si la animación ha sido buena, se van satisfechos. Si son visitantes y se han hecho notar, regresan a casa como si hubieran ganado. Si logran pelearse con el grupo rival, el resultado de la pelea será realmente lo único que importe ese día. A ningún ultra se le ocurriría jamás discutir con otro en base a los méritos o fracasos deportivos de sus equipos. Eso les da igual.

¿Están politizados?

Están esclavizados por la política. Las rivalidades entre los grupos ultras españoles, casi siempre, vienen definidas más por la política que por el fútbol. En el resto de países europeos los grupos dejan a un lado sus ideales cuando se trata de formar frente común contra la policía o el Estado: el movimiento ultra está por encima de todo. Incluso se solidarizan entre ellos cuando hay víctimas aunque sean grupos de signos políticos contrarios. En España la división entre grupos de extrema izquierda y extrema derecha (los apolíticos son un puñado de excepciones) es tan profunda, que todo lo demás queda en un segundo plano. Incluso el propio fútbol. Jamás hacen frente común por nada y en la desgracia no muestran ni respeto ni solidaridad por los que se suponen son compañeros ultras. Las dos Españas llegan también al mundo ultra.

¿Son chavales marginales, con problemas?

Algunos. Otros muchos, no. Y otros tantos ni siquiera son ya chavales. Aunque la media de edad de los ultras en España es inferior a la del resto de Europa, en los fondos de los estadios hay de todo, desde delincuentes comunes hasta universitarios, pasando por abogados o hasta policías. Es difícil definir un perfil social, ya que también hay numerosos ultras (especialmente de extrema derecha) que pertenecen a la clase media-alta. Reducir ultras a delincuentes o inadaptados es simplificar el fenómeno. O ignorarlo.

¿Son todos capaces de hacer algo como lo que hizo parte del Frente Atlético el pasado domingo?

No. Por más que no sea popular decirlo, los ultras capaces de matar a otro ultra son un puñado. Un núcleo de verdaderos delincuentes repudiados por el 90% del resto de ultras. Sí, los ultras son violentos, se pelean, insultan y agreden (y si llevas ese estilo de vida puede que te lleves a alguien por delante), pero la mayoría de ellos están abrumados por el asesinato del ultra deportivista. Es un hecho que asciende un peldaño. Les ha superado y les supera. Incluidos muchos ultras del propio Frente Atlético.

¿Quedan entre ellos para pegarse?

Lo llevan haciendo años. En el mundo ultra no es nada extraordinario, por más que algunos reputados periodistas deportivos lo estén descubriendo estos días. Fijan un lugar, unas normas, una hora y se encuentran. No es tan habitual en España como en otros países de Europa, donde estas quedadas son casi semanales. Aquí suele ocurrir que se buscan: el grupo visitante trata de burlar el control policial para intentar llegar al estadio rival o al bar del grupo local. La mayoría de las veces son interceptados antes por la policía (que en España tiene un conocimiento y control de los ultras muy profundo y eficaz), pero en otras ocasiones logran comenzar una reyerta que apenas dura un par de minutos hasta que llegan los agentes. En el caso de la pelea entre Riazor Blues y Frente Atlético no parece que hubiera quedada, simplemente se buscaron y se encontraron. En todo caso, si la hubiese habido, no sería ninguna novedad.

¿Tienen algún código, algunas normas?

Se supone que hay ciertas normas ‘sagradas’ para los ultras. Una de las más importas es la de no usar armas en la peleas. Se considera una cobardía emplear navajas o cuchillos. Otro mandamiento es no abusar, si hay superioridad numérica evidente se deja huir a los rivales. Tampoco se puede golpear en el suelo a un caído. Evidentemente, los ultras españoles incumplen todas estas normas constantemente. La paradoja es que en otros países donde el fenómeno ultra es mucho más preocupante sí se respeta este código. Otra norma importante es no mofarse de los muertos; evitar cánticos o insultos, ya sean jugadores o ultras de otros grupos. Esta es una norma que sí respetan casi todos los grupos en España, excepto el Frente Atético, famoso por sus coreografías contra personajes fallecidos como el hincha de la Real Sociedad Aitor Zabaleta o el jugador del Sevilla Antonio Puerta.

¿Qué opinan del fútbol actual?

Lo odian. Hay un eslogan común en todos los ultras europeos: odio eterno al fútbol moderno. Los ultras (como tantos otros aficionados) detestan el actual fútbol-negocio. Tienen una concepción romántica del juego por la que rechazan con furia el fútbol televisado, los horarios impuestos por las cadenas, los millonarios o jeques que compran clubes, el marketing o los cambios de nombres de los estadios a mayor gloria de una empresa. Los ultras creen en clubes propiedad de los hinchas, basados en canteranos y con presidentes que den la espalda al negocio. Defienden que los fondos vuelvan a ser de pie o que los dorsales sean de nuevo del 1 al 11.

¿Quiénes son sus enemigos?

Los ultras odian a la policía sobre todas las cosas. Se refieren a ellos como los Acab (All Cops Are Bastards), iniciales que portan en camisetas y hasta tatuajes. Su ira se centra en la UIP, unidad de antidisturbios, a los que consideran “el grupo ultra más poderoso de todos”, y hacia la Ley del Deporte, que consideran represiva e injusta. Los grupos suelen solidarizarse mediante pancartas y mensajes con sus compañeros sancionados. También odian a los periodistas. En España ya ha habido decenas de casos de agresiones a reporteros y fotógrafos. Y por último odian a las instituciones oficiales del mundo del fútbol, especialmente a la UEFA, a la que llaman Mafia, y en España a la Liga de Fútbol Profesional (LFP), ira personalizada en su presidente Javier Tebas, a quien acusan de vaciar los estadios de espectadores debido a los horarios televisivos.

¿Cuáles son los grupos más fuertes de España?

Aunque esto es un debate infinito dentro del mundo ultra (un mundillo en el que nadie admite errores ni derrotas), a día de hoy podría decirse que hay cuatro grupos que mandan sobe los demás: Frente Atlético (Atlético de Madrid), Biris Norte (Sevilla), Bukaneros (Rayo Vallecano) y Riazor Blues (Deportivo de La Coruña). Tras ellos –o con ellos porque el debate es irresoluble y subjetivo- estarían los Yomus (Valencia), Supporters Sur (Betis), Indar Gorri (Osasuna), Herri Norte (Athletic de Bilbao) y Ultra Boys (Sporting de Gijón). Todo esto considerando extintos a Ultras Sur (Real Madrid) y Boixos Nois (FC Barcelona), grupos que no pueden entrar en sus estadios pero que siguen aglutinando gente peligrosa.