Así usabas Internet antes de Google

El buscador cumple 18 años

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El meme muestra a una joven buscando una ficha en un archivo. “El Google de la prehistoria”, dice el texto. También hace mención al buscador este artículo de Verne"Google antes de Google: así se resolvían las dudas en las bibliotecas del siglo pasado". El texto recoge algunas de las preguntas que llegaban a la Biblioteca Pública de Nueva York antes de internet. Los trabajadores del centro contestaban por escrito a cuestiones como “¿cuál es el valor nutricional de la carne humana?”, “¿por qué aparecen tantas ardilas en las pinturas inglesas del siglo XVIII?” y “¿qué tipo de manzana comió Eva?”.

”Cuando alguien tiene invitados, ¿quién besa a quién primero?”. ¿Cómo contestarías a esta pregunta de etiqueta?

Hoy Google cumple 18 años. En realidad, no es tanto. Pero el buscador (y el resto de sus servicios) es tan ubicuo que en ocasiones nos parece sinónimo de todo internet, como ocurre en el meme y en el artículo que hemos citado. Quizás de todo internet menos Facebook.

Pero, obviamente, había internet antes de Google. Incluso (me dicen) había mundo antes de internet.

¿Dónde buscábamos antes de Google?

Google no fue el primer buscador ni tampoco fue el más popular durante sus primeros años. Yahoo, Altavista y Lycos eran algunos de los sitios a los que preguntábamos dudas importantes, como por qué las huchas tienen forma de cerdito.

Pero hoy en día, las webs de Google son las más visitadas de internet y la empresa controla el 65% de las búsquedas, como explica Andrew Keen en Internet no es la respuesta. En mercados como Italia y España se llega a superar el 90%. Otro dato: en 2014 se hacían 4 millones de consultas por minuto en este buscador.

Google en noviembre de 1998. web.archive.org

¿Y seguimos visitando las bibliotecas?

El Ministerio de Cultura publica datos, pero solo desde 2010: el número de visitas a las bibliotecas públicas permanece estable en torno a las 2,7 por habitante desde entonces.

Googléame esto

El buscador es tan popular que se habla de “googlear”, verbo que en inglés, to google, está incluido desde 2006 en los diccionarios de Oxford y de Merriam-Webster, que documenta su primer uso en 2001. Ya en 2002 fue una de las palabras del año para la American Dialect Society, que consideró que la expresión del año fue “armas de destrucción masiva”.

Una búsqueda relativamente habitual somos nosotros mismos. Sí, tú también escribes tu nombre en el buscador, no te hagas ahora el exquisito. El hábito de autogooglearse fue el objeto de un estudio y de un artículo de Time publicado en 2009: “La razón por la que la gente se busca a sí misma es que siente curiosidad por lo que otras personas ven cuando buscan su nombre”. De acuerdo, pero no olvidemos que es muy probable que no haya "otras personas" aparte de nosotros mismos. Hay gente más interesante por ahí.

Altavista en enero de 1999. web.archive.org

¿Antes memorizábamos más?

Google es uno de los servicios que funciona a modo de “memoria externa”, como escribe Clive Thompson en Smarter Than You Think. Hay mucha información que no necesitamos ni siquiera anotar, ya que podemos buscarla muy fácilmente. También podemos incluso buscar entre nuestros documentos, si usamos Google Docs, con lo que no hace falta ni que tengamos todo nuestro trabajo organizado. Hasta que un día cierre y entonces nos vamos a reír.

La desventaja es que Google no olvida nada: ni la capital de Mongolia ni ese tuit de hace seis años que ahora te avergonzaría si lo releyeras o ese comentario que dejaste con tu nombre real en un diario deportivo.

Es cierto que en Europa se reconoce el derecho al olvido, pero se trata de una herramienta que puede ser incluso contraproducente. La primera sentencia al respecto ha vivido a modesta escala el llamado efecto Streisand: para saber todo sobre la primera persona que logró que se le reconociera este derecho, incluido lo que pretendía que se olvidara, solo he tenido que buscar en Google.

Yahoo en diciembre de 1998. web.archive.org

¿De qué hablábamos en los bares?

El ascenso de Google ha sido en gran medida paralelo al de los móviles, por lo que también podemos decir que este buscador ha contribuido al menor número de discusiones en los bares. Si nadie se pone de acuerdo sobre por qué Groenlandia se llama así, basta con sacar el teléfono.

¿Cómo enviábamos mails?

Gmail existe desde 2004. En 2015 había más de 100 millones de usuarios registrados en el servicio de correo de Google y se ha convertido (casi) en un estándar: es muy habitual tener una dirección de nuestra empresa para el trabajo y otra de Gmail que consideramos particular.

Antes de Gmail, era común que abriéramos cuentas de correo en Hotmail (hoy Outlook) y Yahoo (que, por cierto, sigue siendo la tercera web más visitada), además de en otros servicios ya fallecidos como Terra, Eresmas y Mixmail, entre otros.

Son muchos quienes lamentan que cada vez escribimos correos electrónicos más cortos y más funcionales, y que ya no dedicamos tanto tiempo a intercambiar correspondencia con otras personas. Quizás, de nuevo, sea por influencia del móvil: muchas veces contestamos desde el teléfono, donde no es tan agradable pasar un rato tecleando. Otros van más allá y sugieren que antes de internet escribíamos cartas, hábito que no se ha visto reemplazado, sino que simplemente ha muerto.

“La realidad no está de acuerdo con nuestra nostalgia” -escribe también Clive Thompson-. Las investigaciones apuntan que incluso en la época durante la que se escribían más cartas en el Reino Unido (a finales del siglo XIX, antes de que el teléfono se hiciera común), el ciudadano medio apenas recibía una carta cada dos semanas, y eso incluyendo generosamente un montón de correspondencia de negocios nada literarias al estilo de ‘eh, nos debes dinero’”. Y las clases más cultivadas no pasaban de dos cartas por semana.

Hoy en día escribimos más que nunca (en total). Además de eso, es probable que jamás hayamos escrito tantas cartas y tan largas como durante el breve periodo de tiempo en el que se puso de moda el correo electrónico.

Hotmail en noviembre de 1998. web.archive.org

¿Cómo sabíamos dónde estábamos?

Hoy en día es casi imposible perdernos. Abrimos el móvil y tenemos a mano Google Maps, la app de localización más usada si exceptuamos a los usuarios de Apple: Apple Maps viene preinstalada en los iPhone y hasta la llegada de la nueva versión del sistema operativo de la compañía, ni siquiera se podía borrar.

Google Maps existe desde 2005 y aunque no ha reemplazado del todo a los navegadores GPS y a los planos de papel, se usa a menudo para saber dónde queda el bar en el que nos están esperando y para programar viajes por carretera.

Antes se utilizaban muchas más guías de papel, ya fueran las de ciudades que consultaban los taxistas como las de carreteras que estaban guardadas en muchos de los coches de nuestras familias. Tenían su propia ley de Murphy: la información más importante siempre quedaba en un borde o en un doblez. Por cierto, esta ley tiene explicación matemática.

También consultábamos otros servicios online para programar rutas largas, como Vía Michelin y la Ruta Campsa (hoy Guía Repsol), por poner dos ejemplos.

Aparte de eso, había otra cosa que hacíamos a menudo: preguntar. Hoy en día solo preguntamos si estamos en el extranjero y no nos aclaramos con el mapa, lo que podría terminarse en la Unión Europea si se acaba con las tarifas de roaming. También cuando nos quedamos sin batería, cosa que con los teléfonos actuales ocurre cada tres o cuatro minutos (a lo mejor exagero, pero muy poco).

¿Cómo íbamos a los sitios?

En 2013, Google invirtió 258 millones de dólares en Uber, donde planea dar salida a algunos de sus coches sin conductor. Los primeros se estrenaron hace unos días en Estados Unidos. Los taxistas están muy preocupados por la competencia de Uber, pero quizás los propios empleados de la empresa son los que deberían estar más inquietos, al ser cada vez más prescindibles.

¿Demasiado poder para una sola empresa?

Por poco que entremos en Internet, lo normal es usar Google varias veces al día. Ya sea para buscar algo, para ver un vídeo (YouTube es propiedad de Google desde 2006) o para leer algún blog (Google compró Blogger en 2003).

Se trata de la segunda marca global más valiosa, después de Apple y según la revista Forbes. Y todo esto gracias a un modelo de negocio que en ocasiones se ha llamado Googlenomics y que ha sido replicado por muchas empresas de internet. Consiste en ofrecer gratis sus servicios a los consumidores, que a cambio proporcionan, muchas veces sin saberlo, toda la información que la empresa puede extraer: qué buscan, desde qué dispositivo, a qué horas, qué páginas visitan (el navegador Chrome también es de Google) y por dónde se mueven, entre otros datos que comentábamos en este artículo.

Su objetivo: vender publicidad. Le va bien, ya que en 2015 Google se llevó la mitad de los ingresos publicitarios en Estados Unidos.

Como recuerda Keen, “todos trabajamos gratis para Facebook y Google, fabricando los datos personales que hacen que estas empresas sean tan valiosas”. Este modelo permite a la empresa contar con 46.000 empleados, que en su opinión es muy poco para los ingresos que genera, sobre todo en comparación con otras compañías que mueven volúmenes de negocio comparables.

La parte buena es que, si querías trabajar en Google, felicidades, lo haces desde hace años. Tal vez 18. Aunque es probable que no te dejen instalarte en sus oficinas modernísimas ni disfrutar de su cuidado servicio de cátering.

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