Combatir el crimen con farolas: cómo lucha la ciudad contra los delitos

Cabinas de teléfono, pistas de petanca... cualquier elemento urbano cuenta

Después de analizar 323.000 llamadas de auxilio a la policía de Mineápolis, el investigador Lawrence W. Sherman supo que el 100% de las llamadas por algunos delitos se concentraban en tan solo un 5% de las calles de la ciudad. Si señalizáramos estas calles con chinchetas sobre un mapa, como los policías de antaño en las películas, detectaríamos enseguida la existencia de "puntos calientes" que aglutinan la actividad criminal en una ciudad.

Durante muchos años, el estudio de la criminalidad se centró en los delincuentes. ¿Por qué unas personas delinquen y otras no? ¿Qué factores biológicos explican la delincuencia? ¿O acaso los factores sociales son más importantes que los biológicos? Pero llegó un momento en que los criminólogos, como Lawrence W. Sherman, empezaron a prestar cada vez más atención al lugar en que ocurrían los crímenes. ¿Por qué los delitos no se distribuyen de forma aleatoria y son más frecuentes en unos sitios que en otros? Si identificamos estos "puntos calientes", ¿no será más fácil prevenir la delincuencia?

La prevención situacional

Este tipo de preguntas dio origen a un diálogo constante entre la ciudad y la delincuencia. Pensemos, por ejemplo, en una de sus últimas manifestaciones: la colocación de bolardos y maceteros gigantes para evitar los atropellos terroristas masivos. La introducción de un mobiliario tan aparatoso sembró inicialmente la inquietud entre la población, pero ya los consideramos un ingrediente más en nuestros paisajes urbanos. La lógica detrás de estos bolardos y maceteros es muy sencilla: que los delincuentes encuentren impedimentos físicos para sus delitos.

A estas estrategias se las conoce como prevención situacional. Y merece la pena conocer la historia sobre su origen que cuentan los criminólogos Ronald V. Clarke y Pat Mayhew. En los años sesenta y setenta, los hogares británicos empezaron a instalar gas natural en sustitución de los gases tradicionales, mucho más tóxicos. Y la unidad de investigación del Home Office cayó en la cuenta de que, de forma paralela, las cifras de suicidios estaban cayendo en picado. Los potenciales suicidas que antes usaban el gas tóxico no se estaban molestando en buscar métodos alternativos, demostrando que, si ponemos trabas a una conducta, por muy extrema que sea, es probable que desistamos. ¿Por qué no iba a ocurrir lo mismo con la delincuencia?

La encarnación más obvia de esta estrategia quizás sea la instalación de barreras físicas contra el crimen, como el caso de los bolardos que mencionábamos. Es la misma idea que subyace a la decisión, a comienzos de los años ochenta, de colocar mamparas antirrobo en los mostradores de las oficinas postales británicas. Gracias a aquella decisión, los atracos cayeron en un 40%, según explica el criminólogo Paul Ekblom.

Pero también hay otras estrategias más sutiles. Aunque ahora las idolatremos por nuestra inclinación a la nostalgia, las cabinas telefónicas se situaron en el centro del debate sobre criminalidad en los años noventa. Los vendedores de droga y los proxenetas solían utilizarlas para sus negocios, ya fuese para hacer llamadas difícilmente rastreables o para recibirlas. Como respuesta, muchas ciudades se plantearon muy en serio su retirada, como rememora este artículo de The Atlantic. Ahora esta historia nos suena lejanísima, pero formaría parte de una estrategia de prevención situacional del crimen.

Por poner otro ejemplo mucho más actual, en España estamos asistiendo a una respuesta de prevención situacional para responder a la creciente preocupación por las agresiones sexuales: que las viajeras de los autobuses nocturnos puedan apearse fuera de las paradas oficiales durante la ruta. Es algo que ya es posible en muchas ciudades, como las capitales vascas. Por ser una medida tan reciente, todavía es temprano para evaluar su eficacia en la reducción de delitos. Lo que sí parece claro, de momento, es que servirá para reducir la percepción de inseguridad, que es otro de los objetivos de la prevención situacional. Y es que esta percepción afecta directamente a la calidad de vida de las personas, ya que genera estrés e impide un uso igualitario del espacio público.

A las medidas de prevención situacional se les ha acusado de desentenderse de las causas de la delincuencia. "No son más que parches", podrían afirmar, con bastante razón, sus críticos. Sin embargo, prácticamente nadie las defiende como una estrategia preventiva única, sino combinada con otras estrategias, ya sean policiales o sociales. Otra crítica es que podría conducirnos a escenarios distópicos, como la creación de comunidades cerradas, flanqueadas de altas torres y seguratas cabreados, que podrían incluso ser contraproducentes para la seguridad.

La prevención a través del diseño urbano

Las ciudades también pueden protegerse del crimen a través de su propio diseño. Según nos cuenta Laura Vozmediano, profesora de la Universidad del País Vasco y coautora de Criminología ambiental. Ecología del delito y de la seguridad, en algunas ciudades británicas y holandesas llevan años construyendo y remodelando barrios con la idea de que se cometan menos delitos: "Los barrios construidos bajo estos preceptos han reducido los robos en viviendas hasta en un 80%. Y, aunque en porcentajes menores, también han caído otros delitos", nos dice.

Encontramos un buen ejemplo de este tipo de diseño en el metro de Washington, donde, cuando varias líneas coincidían en una misma estación, se construyeron en el mismo espacio físico, aunque a diversos niveles, formando una especie de cruz. "De esta manera no solo se facilita enormemente el tránsito de una línea a la otra, sino que la gente que espera en el andén de una línea ve a los de la otra", según recuerda Alfonso Serrano Maíllo en Introducción a la Criminología.

¿De qué otra manera podemos adaptar el diseño a la lucha contra el crimen? Hay muchas formas y, por lo general, dependen de la tradición urbanística de cada país. Pero citaremos cuatro ejemplos: que las ventanas de los edificios se orienten hacia la calle, que la vegetación de las calles no sea excesivamente alta ni frondosa, que la arquitectura elimine los ángulos muertos y los pasos subterráneos, y que la iluminación permita una visibilidad constante en las calles y los parques.

Las medidas que acabamos de mencionar tienen algo en común: buscan que las ciudades tengan una buena visibilidad. "Los mejores policías somos los ciudadanos", nos dice por teléfono Felipe Hernando, coordinador en 2007 del Atlas de la Seguridad de Madrid.

Este atlas, una de las primeras experiencias de geoprevención en España, además de analizar geográficamente más de un millón de intervenciones policiales, recogía dos proyectos de mejora en espacios públicos madrileños, uno de los cuales se llevó finalmente a cabo.

Para la mejora del parque Olof Palme, en el distrito de Usera, se crearon senderos que permitieran el mantenimiento de las diagonales visuales, se colocaron bolardos para que los coches no aparcaran indebidamente en los accesos, se instalaron paradas de autobús en el perímetro para fomentar el tránsito de vecinos y se construyeron espacios para el intercambio, como unas pistas de petanca, una tirolina o un parque para perros. Este último detalle, el intercambio entre los ciudadanos es especialmente significativo, porque, como explica el propio Felipe Hernando, "la colectividad está, hoy día, en el centro de toda acción eficaz de prevención de la criminalidad".

Precisamente, este ha sido el gran salto de la prevención a través del diseño en los últimos años. "En un principio, estas estrategias prestaban más atención a lo meramente arquitectónico -según nos explica Laura Vozmediano-. Pero estas intervenciones no garantizan por sí solas la cohesión social, necesaria para que haya una buena prevención". Pensemos en el siguiente párrafo que escribió la periodista australiana Helen Garner en su obra This house of grief:

Una vez leí en la revista Who algo de una mujer de Nueva Gales del Sur. Vivía en un apartamento con vistas a un gran parque atravesado por un camino frondoso. Un día estaba tomándose una taza de té en el balcón cuando ve a una muchacha paseando por el camino. Un tipo en chándal va corriendo detrás de ella. La mujer vio desde el balcón cómo el tipo golpea a la chica, la viola, la estrangula, arrastra el cuerpo hacia los matorrales y huye. Y pese a todo eso, no acudió a la policía. Dijo que no quería verse involucrada.

Este párrafo nos enseña que la simple vigilancia puede no ser suficiente. De ahí que se empezase a reivindicar un diseño urbano que, además de fomentar la protección entre ciudadanos, despertase el sentimiento de comunidad y la conexión entre las personas. Frente a la ciudad dispersa, la de los centros comerciales y el transporte privado, esta concepción urbana apuesta por una ciudad que atraiga a la gente hacia sus calles, que mantenga muchos usos distintos, que defienda sus espacios públicos y que alimente el apego emocional de sus vecinos.

Es lógico, pues, que quienes defienden esta concepción de la seguridad recuerden tan a menudo a la urbanista y activista estadounidense Jane Jacobs. El primer capítulo de su obra Muerte y vida de las grandes ciudades, publicada originalmente en 1961 y reeditada hace poco en España, está dedicado a la seguridad a través del buen uso de las aceras. Y escribió cosas que, en estos tiempos donde parece imponerse el miedo a los desconocidos, suenan tremendamente revolucionarias, como que, si una calle está bien diseñada, la presencia de desconocidos la hará todavía más divertida.