Del mito japonés a las hadas madrinas: el hilo rojo siempre estuvo aquí

En tradiciones de León, Asturias, Galicia y Mallorca se encuentran alusiones a los hilos del destino

Fotograma de la película 'Dolls', del director Takeshi Kitano

En Japón se cree que un hilo rojo conecta a dos personas. Pueden estirarlo, acortarlo o anudarlo, pero nunca romper el vínculo que los une de por vida. Esta leyenda está inspirada en la arteria que conecta el corazón con la punta del meñique. El hilo rojo japonés arrasó como un viral en internet hace escasos años porque lo consideramos novedoso y exótico, pero también porque creímos que nunca se nos había ocurrido algo así. Les dimos una simbología romántica que no era la original y lo relacionamos erróneamente con el mito de las almas gemelas. Apenas se asoció con un mito chino, según el cual, Yuelao, un anciano que vive en la luna, conecta a las personas a través de hebras.

Los hilos del destino tienen equivalentes en todo el mundo y en las mitologías más cercanas. Solo en España existen varias referencias a un mito que suele conectar una serie de elementos: madre/abuela, deidad, hilos, araña, luna, trabajo creativo, tiempo y destino.

Una de las primeras menciones aparece en varios libros del historiador de las religiones Mircea Eliade, quien ya asociaba la hiladura con algo sagrado. Para Eliade, hilar y tejer han sido actividades esenciales que se han dado, especialmente, en los momentos de reclusión.

El filandón, La Balanguera y Mari

El filandón consistía en un encuentro nocturno en el que las mujeres se reunían para hilar y contar historias en León, Asturias y Galicia, donde también participaban los hombres. Esta actividad perduró hasta hace relativamente poco en zonas rurales de León. Con la intención de dar a conocer esta peculiaridad de la zona, Chema Martín Sarmiento reunió a varios escritores leoneses que escenificaron algunos de sus cuentos en El filandón.

Uno de los protagonistas de la película, José María Merino, recordaba así esta práctica en una entrevista: “En el mundo campesino leonés, donde la institución tuvo varias denominaciones -hilandorio, hilandoiro, hiles…- se llamaba filandón a la reunión invernal y vecinal, nocturna, en que las mujeres hilaban -hilare, filare-, los hombres arreglaban objetos o hacían madreñas -calzado de madera- y se contaban cuentos”.

Otra alusión al mito de la hilandera del destino la encontramos en La Balanguera, el himno oficial de Mallorca. La letra es la adaptación de un poema de Joan Alcover, inspirado en una canción muy popular entre los niños mallorquines de antaño que hacía referencia a un juego en el que se daban la mano y formaban un círculo. La Balanguera parece estar inspirada en las diosas hilanderas del destino de la antigua Grecia. La segunda estrofa hace alusión directa a las parcas, sus equivalentes romanos: “Com una parca bé cavil·la / teixint la tela per demà / La Balanguera fila, fila, / La Balanguera filarà”.

En el País Vasco, la diosa Mari es, entre otras cosas, responsable de los hilos del destino. “Mari, la diosa ancestral vasca, suele llevar cautiva a una jovencita y la retiene por un tiempo en su cueva, enseñándole a hilar y desvelándole ciertos secretos”, según recoge Txema Hornilla en Zamalzai el Camán y los Magos del Carnaval Vasco.

Leonardo Da Vinci adaptó el mito y lo convirtió en La Virgen de la Rueca. En su Anunciación situó a María tejiendo. La imagen era habitual en el arte bizantino y hay un icono en el que todas estas simbologías convergen: en él aparece María con un hilo rojo en las manos. Si estaba usando un hilo de este color fue porque, según los evangelios gnósticos, le había sido encargado hilar el velo del Templo de ese color. Con él estaba adelantando el destino de su propio hijo: aquel tejido se desgarró cuando Jesús murió.

El dios que ata

Por sus secretos, la hilandera fue amenaza para algunos, que crearon dioses masculinos que arrasaban su trabajo. Eliade recuerda que, en la mitología japonesa, las hilanderas vivían en conflicto con las sociedades secretas masculinas.

En Las grandes metáforas de la tradición sagrada, Ralph Metzmer dice que las mitologías de las civilizaciones antiguas habían creado diosos con cuerdas, redes y sogas “para atar e inmovilizar a los demonios, y para traer la enfermedad y la muerte a los seres humanos. Estos eran los dioses del destino”. Algunas representaciones fueron Indra, en la India védica; Urano, en Grecia; y Odín en Escandinavia y Jehová.

Más sutil fue ir dejando que estas artesanías fueran desapareciendo. El secreto compartido aún se refleja en tejidos de varios grupos indígenas. Para los navajos, un hilo es una vida y sus telares son tratados como seres vivos. Por eso, solo utilizan una hebra por tejido.

Las mayas expresan su cosmogonía de forma similar. En Mundo indígena desde la perspectiva actual, Pilar Máynes y Marriel Reynoso lo recogen así: “Los bastidores del telar eran: el de arriba la cabeza, el de en medio el corazón y el de abajo los pies. La lanzadera representaba las costillas, y los hilos de la urdimbre (que pasan por el corazón) eran el sustento. El telar se sujeta con una cuerda (cordón umbilical) a un poste o árbol, que era el símbolo de la madre o del árbol que estaba en el centro del universo”.

En varias mitologías la diosa lunar es una y tres, como sus ciclos. En el antiguo Egipto, Neith hilaba los destinos. Para los griegos eran las moiras o Los tres Destinos. Clotho hilaba el hilo vital, Lachesis determinaba la longitud y Atropos lo cortaba. Sus equivalentes romanos eran las fatas o parcas, Nona, Decuma y Morta. De las morrigan dependía el destino de los soldados celtas. Los escandinavos llamaban nornas a Urd, Verdandi y Skuld, que simbolizaban pasado, presente y futuro. Las laimas bálticas eran Karta, Decla y Laima.

A todas ellas se les ha encontrado relación con las hadas madrinas de los cuentos. En todos estos mitos hay un hilo que nos une y que remite a lo mismo: la vida es una hebra. El rosario, que llegó desde la India, ya alude a la base de toda esta simbología: su hilo, según el texto sagrado hindú Bhagavad-gītā, representa el alma.

'Los tres destinos', de Paul Thumann
'Las parcas', de Alfred Agache