Varias mujeres nos cuentan su primer recuerdo sobre la obsesión con el peso

En el colegio, en casa, por parte de la familia, por estar gordas, por ser flacas o por ser absolutamente normales

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"Qué guapa estás", "no comas eso que te pones gorda", "ese vestido no, que te marca la tripa", "te veo muy bien, ¿has adelgazado?", "no te va a entrar la ropa", "qué flaca estás, ¡a ver si comes más!... Las mujeres reciben mensajes sobre su cuerpo continuamente. Y desde muy, muy pequeñas.

El ideal del estético femenino actual no es no es el más saludable, según varios estudios científicos, y el Índice de Masa Corporal mejor valorado en mujeres está por debajo de los niveles sanos. Estos factores culturales influyen en que haya un incremento de los trastornos alimenticios entre los más jóvenes. 

"En los últimos 15 años, el pico de edad en el que aparecen estas enfermedades ha bajado de los 14-15 años a los 12-13", explica por teléfono a Verne Montserrat Graell, coordinadora del Servicio de Psiquiatría y Psicología Infanto Juvenil del hospital madrileño Niño Jesús, de la cual depende la Unidad de Trastornos de Alimentación. "Tenemos casos incluso de 8 y 9 años, que pueden tener un impacto muy importante porque afectan al desarrollo físico".  

Hemos preguntado a varias mujeres cuál es el primer recuerdo que guardan sobre la obsesión de la sociedad por el peso. ¿Cuál fue el primer comentario que escucharon sobre el tema? ¿Qué edad tenían? Gran parte de estos testimonios hacen referencia al ámbito familiar y se produjeron a edades muy tempranas. "La valoración de nuestra imagen corporal empieza a generarse sobre los 7 años", cuenta Graell. "A esa edad la influencia familiar es muy importante". 

Según datos de la Asociación Contra la Anorexia y la Bulimia de Cataluña (ACAB), más del 65% de los adolescentes están insatisfechos con su cuerpo. Entre aquellas personas que sufren anorexia, más del 90% son mujeres.

Estefanía, 32 años

Una de las primeras veces que recuerdo haber sido consciente de la importancia del físico fue un día en casa de mis tíos. No recuerdo bien la edad, pero debía rondar los 10-11 años. Había ido con mis padres a pasar la tarde y estaba yo jugando en un salón donde estaban mis tías y mi madre reunidas. En un momento salí de la habitación y oí cómo mi tía le decía a mi madre que yo estaba gorda. Mi madre respondió diciendo que no era así. No recuerdo cómo terminó la conversación pero lo que no se me olvida es la consciencia que tomé, de pronto, de mi físico. Creo que fue de las primeras veces que miré mi cuerpo con desagrado y que me hicieron ver que "estar gorda" era algo malo.

Carol, 24 años

Hay algo que me marcó de pequeña, estaba en primaria: tendría como 7 años y el profesor nos estaba enseñando a hacer comparaciones o algo así. Entonces empezó a hacer comparaciones del tipo "fulanita tiene el pelo más largo que menganita"... Y de repente dijo que yo estaba más gorda que otra compañera y hubo risas de los compañeros. En ese momento fui consciente del tema, que hasta entonces creo que me daba bastante más igual. Me llamaron gorda una temporada larga. Que oye, estaba un poco rellenita, pero sin más drama. El agobio me lo crearon ellos.

Manuela, 40 años

La obsesión por las medidas perfectas afecta en todos los sentidos. Yo era muy flaca: mis primos me comparaban con los niños de Biafra (era la hambruna que más resonaba entonces), desde siempre. Un niño de mi clase (estaríamos en sexto, con 11 o 12 años) pintaba en la pizarra un palo y arriba un triángulo, y al lado ponía mi nombre. Porque me decían que era como un palo (y con napia). También me decían que tenía las piernas como dos palillos y todo el mundo asumía o que estaba enferma o que era anoréxica.

Ana, 32 años

Recuerdo perfectamente que en un campamento (en verano de los 8 o 9 años) me dijeron los que estaban sentados en mi mesa que la miga de pan engordaba muchísimo el pecho (las tetas, imagino que dirían). Yo me imaginé que era algo tan inmediato que no volví a comer miga de pan nunca más, por si acaso me crecían de manera desmesurada. Todavía hoy sigo quitando la miga al pan. En mi trabajo, una compañera se come la miga que quito cada día.

Noelia, 28 años

Tendría unos doce años y estábamos celebrando un cumpleaños familiar. Refiriéndose a mí:

- Familiar A: ¿Esta niña no está demasiada flaca?

- Familiar B: Mejor flaca que gorda.

Lo de "mejor flaca que gorda" lo he escuchado varias veces.

Carolina, 43 años

Yo tenía 10 años. Era una niña relativamente espabilada, que opinaba en clase, voy a llamarme lista, aunque no la más de la clase. No estaba gorda, pero nunca he sido “una flaca”. Hacia mitad de curso, un grupo de chicos empezó a llamarme gorda. No sé la razón, supongo que ese mes me tocaba a mí ser el objeto de burla. Duró pongamos una semana. Las chicas no dijeron nada, estaban a mi lado, pero calladas, y nadie dijo nada. Y entonces, de tener una autoestima infantil razonable que puede tener una niña de 10 años sin todavía mucha conciencia corporal, pasé a sentirme "una gorda". Como a la mayoría de mujeres (lo estén o no), ese sentimiento me ha acompañado hasta ahora. Ya soy madre y he aprendido a amar y aceptar mi cuerpo, pero he tardado.

Luisa, 25 años

De pequeña se metían conmigo en el colegio porque pesaba muy poco y era muy delgaducha. Recuerdo que tenía unos 11 años y mi madre tuvo que ir a hablar con un chico porque me llamaban cuerpoalambre y anoréxica.

Aunque nunca he tenido problemas de salud por el peso ni considero que tenga muchos complejos, sí que creo que la persona que más me ha podido acomplejar ha sido mi madre. Sí he echado de menos que nos dijera a mi hermana y a mí cosas como "podéis poneos lo que os dé la gana, que estáis estupendas". Y más bien nos decía otras del tipo: "Si coméis mucho de esto os va a salir barriga y no os vais a poder poner una camiseta".

María Isabel, 56 años

Recuerdo de adolescente ir a la piscina y decirle a mis amigos que me tiraran al agua como si fuera de broma para poder bañarme sin quitarme la ropa. Estaba tan acomplejada que no podía ponerme bañador. Cuando veía a mis amigas bañarse en bañador me moría de envidia. Y yo, acomplejada viva. Todavía me sigue dando vergüenza quitarme la ropa.

Laura, 33 años

Comencé a sentir la presión antes en el colegio que en el entorno familiar, en concreto por los niños. Algunos chicos me llamaban Olivia -por la de Popeye- y algunas chicas me decían anoréxica. Solo cuando mis pechos se desarrollaron se olvidaron de los motes.

Virginia, 32 años

A los 8 años, para mi primera comunión, tuve que llevar el mismo vestido que había usado mi hermana seis años antes. Pero claro, mi hermana y yo no teníamos nada que ver físicamente hablando: yo era redonda y ella delgada. Lo lógico habría sido buscar otro porque probablemente yo usaba al menos 2 tallas más que mi hermana cuando hizo su comunión. Una amiga de mi madre que era modista me lo arregló para que entrara ese día pero recuerdo que me apretaba, especialmente en los brazos, y parecía más rechoncha todavía.

Siempre fui una niña gordita y consciente de serlo, cuando llegaba la última corriendo, por ejemplo, pero hasta ese momento no lo había percibido como algo tan traumático y problemático. Todo el proceso de las pruebas del vestido, los comentarios sobre que yo estaba "más rellenita" y, claro, no me abrochaba, me ponían muy triste y también me hacían sentir un poco culpable. ¿Por qué yo tenía tan mala suerte y no era como mi hermana? Recuerdo la sensación de agobio que experimenté, como de que mi cuerpo me incomodaba. Es una sensación que más tarde he normalizado y aprendido a integrar en mi vida, pero que sigo teniendo.

Ana, 27 años

Yo siempre he sido muy delgadita y cuando era pequeña mucho más. Los primeros recuerdos que tengo relativos al peso son del colegio, cuando eramos aún muy niños, que algunos utilizaban el peso para meterse con algunas de mis amigas que eran más gorditas que yo. A ellas les dolía mucho y recuerdo que me dijeran que ojalá fueran como yo para que no se metieran con ellas... La realidad es que aunque no se metieran conmigo por mi peso siempre encontraban alguna razón para hacerlo (que llevaras gafas, por ejemplo).

María, 35 años

Pasé una infancia tranquila respecto al peso. El problema vino cuando tuve que ser adolescente en la época de Kate Moss. En la familia de mi madre todas eran guapas. Ella aprendió que su físico era un arma en la vida y no pudo evitar transmitirnos eso. A los 15 años, medía 1,69 y pesaba 58 kilos. En ese momento no sabía lo que era el IMC, pero el mío era de 20, en un rango muy saludable. Pero mi cuerpo había cambiado, así que me puse a dieta por primera y última vez en mi vida. Mi madre me apoyó y lo celebró.

Al principio no era nada preocupante. Empecé a comer más variado y a cenar ensaladas pero, sin darme cuenta, me obsesioné. Me empecé a plantear retos como ver cuánto podía aguantar sin comer. Para engañar al hambre, masticaba chicle durante horas y luego me lo tragaba para sentir que tenía algo en el estómago. Perdí más de 8 kilos en dos meses y se me retiró la menstruación durante al menos seis.

Solamente una vez un profesor le dijo a mis padres que se había fijado que los viernes no comía y no tuvo demasiada repercusión: me veían "muy guapa" y me animaban a que "siguiera cuidándome". Llegó el verano y se me pasó la tontería, pero sigo preguntándome hasta dónde podría haber llegado, no solo sin que nadie se diera cuenta, sino animada y aplaudida por las personas más cercanas.

Creo que mi experiencia me ayudó a trazar mi propia concepción de "cuidarme" y de "estar guapa". El problema es que no sé cómo transmitirle a mi hija de 3 años mensajes sobre la obesidad que no se confundan con otro tipo de mensajes relacionados con la obsesión con el físico. Me temo que, de alguna forma, he podido heredar el chip de mi madre sobre el culto al cuerpo.

Olivia, 33 años

Tenía como 6 años, y estaba comprando ropa en Zara con mi madre. Yo era una niña redondita, como tantas otras a esa edad. Me probé algo, no recuerdo qué, y mi madre, frustradísima, me dijo indignada: "¡Vaya barriga, no te vale nada, así no se puede comprar ropa!". Mi madre seguro que no se acuerda, pero yo me sentí fatal. Tanto que todavía recuerdo el momento.

A mis 33 años, jamás me he sentido cómoda con mi cuerpo. Nunca. Ni un solo día. Odio mi barriga, odio mi pecho, odio mis piernas. Miro fotos de hace años y pienso "pues no estaba tan mal", pero miro fotos recientes y me digo "qué horror". Siempre ha sido así. Las mismas fotos en las que ahora me veo más o menos bien, las odié en su momento. Ya casi ni aparezco en fotos. No me gusta. ¡Me veo muy gorda!

Elena, 34 años

Calculo que tendríamos unos doce años, una de mis mejores amigas de la época y yo. Tengo una hermana que es un absoluto pibón y que entonces tendría unos 27 años. Altísima, guapa y delgada. Recuerdo que mi amiga me dijo, como horripilada e insistiendo: tienes los muslos más grandes que tu hermana. Ni siquiera sé si era verdad o no, porque yo era un palo. Pero estuve pensando en eso muchísimo tiempo como si fuera una cosa muy mala o un defecto mío, sobre todo por el tono con el que lo dijo.

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