Así aprendí a sobrevivir tras el suicidio de mi hijo

Somos muchos los que conseguimos recordarles por la vida que tuvieron y no por cómo murieron

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Un día de finales de invierno, en que se siente ese primer calor del año de la cercana primavera, se rompió mi historia personal, mi vida.

Mi marido, al teléfono, quería saber si tenía noticias de nuestro hijo Miquel. Esa llamada me hizo prever lo peor sin saber por qué. Era muy extraño que se hubiese ido a algún sitio sin avisarnos. Corrimos al lugar donde una amiga le había visto por última vez. El inexplicable mal presagio que me nubló la mente se había cumplido. Miquel tenía 19 años y murió por suicidio de una forma totalmente inesperada, sin que hubiera habido avisos previos.

La muerte por suicidio de mi hijo forma parte de ese pequeño porcentaje en que es inexplicable. Un acto impulsivo, sin ningún trastorno mental grave que lo alertara, ninguna amenaza o insinuación. Era un chico sano que llevaba una vida normal.

Desde ese día hay un antes y un después en mi vida, y es literal.

Cuando quiero explicarlo en mis charlas siempre recurro a la imagen de las torres gemelas derrumbadas del atentado del 11-S, una verdadera zona cero en tu biografía. No sabes cómo vas a resurgir de ese dolor tan profundo, de tanta impotencia, confusión, desorientación y del eterno ¿por qué? Esa interminable pregunta que te acompaña durante el largo tiempo del duelo.

El suicidio siempre es algo que ocurre a los otros, fuera de tu casa, de tu familia. No lo contemplas nunca, porque consideras que tu vida y cuanto te rodea es normal. Pero es que el suicidio puede ocurrir dentro de la normalidad de una familia. Aunque esto no lo sabes hasta que te ocurre, entonces conoces otros casos cuando se rompe el tabú que rodea esta forma de morir.

¿Qué hace que una persona viva una situación normal como algo excepcional, irresoluble y llena de desesperanza? ¿Qué le lleva a una persona a ese no poder más con la vida? No lo sé ni creo que lo logremos saber nunca, las respuestas se las llevan ellos, se la llevó mi hijo.

Nunca estás preparado para la muerte de tu hijo, menos lo estás para vivir su muerte por suicidio, así que tampoco lo estás para cómo te van a tratar a partir de ese momento. Te hacen sentir sospechoso, culpable, algo habrás hecho mal para haber llegado a esta situación, ¿no? La sociedad te interroga, te cuestiona.

Tampoco ayudaron los procedimientos de la policía en el lugar de la muerte: custodiados por policías de paisano, estuve sentada en el suelo durante horas, llorando, esperando que todo fuera una equivocación de mal gusto del destino. Durante todo ese interminable tiempo, un empleado del lugar me ofreció con amabilidad agua, un acto de solidaridad humana que recuerdo y agradezco hoy aún. Existe una tendencia a dar calmantes en estas situaciones, pero el psicólogo de urgencias que llegó dijo que no, que nuestro estado era de dolor y se debe sentir “a pelo”. Pidió a nuestra familia que nos respetasen cómo sintiéramos el dolor y, sobre todo, que nos procuraran agua, a pequeño sorbos, y nos forzaran a comer un poco. La casa se llenó, tenemos una familia extensa, que se fue turnando para que siempre tuviésemos apoyo. Es esencial ese soporte familiar, de nuestros amigos y los de Miquel.

El siguiente tiempo de mi vida fue estar en estado de shock. Los dos siguientes años no sé cómo sobreviví, ni viví. La vida es además tremendamente caprichosa. Tú estás en un proceso de duelo muy duro donde todo parece que se ha detenido, pero en la vida siguen ocurriendo cosas, no te da tregua. Con esfuerzo sobrehumano me reincorporé a mi puesto de trabajo de dirección en una empresa de investigación una semana después. Ahora, con la perspectiva del tiempo creo que fue un error en mi caso. Los niños sí necesitan volver a la rutina, pero los adultos debemos tomarnos un tiempo para adaptarnos a situaciones tan trágicas, a darnos permiso para parar. En el fondo quería buscar y reconocer algo de normalidad dentro del caos de la excepcional y traumática experiencia vivida.

Mi largo periodo de duelo me enseñó a que se debe vivir las emociones, las sensaciones y los pensamientos sin filtro. Muere la persona que más quieres, a la que mejor conoces, pero cuando hace algo así, esa conducta te lo devuelve como a un perfecto desconocido. Te preguntas cómo ha podido dar ese paso, cómo ha podido hacerte eso y romper el vínculo que os unía. Te sientes abandonado porque la persona ha tomado una decisión unilateral, sin contar contigo.

Y la culpa. Ser psicóloga no me ayudó para nada, al contrario. Repasaba obsesivamente los manuales de psicopatología , pero no encontraba nada, no había nada de mi hijo en esos libros. Me recriminaba no haber visto un gesto suyo que me alertara. Unos compañeros míos psicólogos y los amigos de mi hijo, que nos conocían muy bien, me salvaron de esa deriva. Miquel forma parte de ese 10% donde no hay ningún factor de riesgo que lo hiciera prever.

La culpabilidad es una dura carga que tienes que llevar durante un tiempo, hay que trabajarla para que sea reparadora y nos ayude a llegar al perdón. Hay otra culpa, sin embargo, la culpa inflexible y obsesiva, que es muy tóxica, peligrosa, y puede llevar a conductas autodestructivas en las personas que hemos vivido la muerte por suicidio. La frontera entre una y otra puede ser tremendamente frágil y por ello necesitamos ayuda, que no se encuentra fácilmente.

¿Cuántos planes de formación en salud mental contemplan el abordaje de la muerte por suicidio y sus consecuencias?

El ser humano es muy complejo y nunca hay un culpable directo, hay muchos factores que entran en juego para que una persona dé ese último paso. Nunca, nadie, es la única influencia en la decisión de esa persona. Esto y mucho más lo aprendí de la doctora Carmen Tejedor.

Mi marido y yo tuvimos la suerte de conocer a Carmen Tejedor, psiquiatra del Hospital de Sant Pau, con más de 30 años de experiencia en suicidios que nos recibió, ahora ya jubilada.

Aunque la doctora no conocía a Miquel nos habló con rotundidad, intentando darnos consuelo sincero pero con la verdad de la realidad, ayudándonos a entender la situación que vive una persona que muere por suicidio: quisieran vivir la vida de otra manera, sin el sufrimiento extremo que les lleva a morir, porque en el fondo no quieren morir, sino dejar de sufrir la desesperanza vital que sienten. Las personas que mueren por suicidio no tienen libertad, porque no pueden elegir. Si pudiesen escogerían vivir la vida, pero sin sufrir. Esa es la gran diferencia. Personalmente, estas palabras me ayudaron a comprender esa situación que nunca en la vida había previsto para mi hijo.

La doctora Tejedor nos animó, a mi marido y a mí, a crear una asociación para acompañar a los supervivientes a la muerte por suicidio en el proceso de duelo porque, por increíble que parezca, en 2010 no había ninguna asociación en España. Todavía estaba trabajando en mi propio duelo cuando registramos los estatutos de la entidad en el 2012. No somos solos padres. Los supervivientes a la muerte por suicidio son también hijos, hermanos, amigos, parejas, todos con historias muy diferentes. Nos llamamos supervivientes, porque la vivencia es tan traumática que el estrés vivido es comparable con el estrés experimentado por una vivencia similar en un campo de concentración o situación bélica, según la Asociación Americana de Psiquiatría. Es verdad, solo sobrevives con la carga pesada de las preguntas que te planteas obsesivamente de cómo no pude evitarlo.

En Después del Suicidio - Asociación de Supervivientes (DSAS) damos acogida individual a quien necesita hablar, ofrecemos grupos de apoyo al duelo para poder hablar y compartir. Necesité hablar de lo que había vivido y esta necesidad es común en la mayoría de los supervivientes. Trabajamos con los medios de comunicación para concienciar sobre cómo informar sobre el tema. Hemos conseguido cambiar el protocolo de los Mossos (policía autonómica), que ahora en las situaciones de muerte por suicidio dan apoyo y facilitan nuestro contacto. Y estamos colaborando con otras instituciones para que la muerte por suicidio, que es la primera causa de muerte no natural en nuestro país, tenga un plan nacional de prevención, hasta la fecha inexplicablemente, inexistente. Así como reclamamos un apoyo profesional específico para las personas que nos quedamos con esta pesada mochila, al que tenemos derecho sin que se nos juzguen por ello.

La asociación DSAS es la única asociación, hasta la fecha, constituida por y para supervivientes, y existe gracias a grandes personas que formamos un gran equipo con un compromiso para ofrecer nuestra ayuda solidaria y altruista.

Para los supervivientes que han vivido una muerte por suicidio, mi mensaje es que ahora ya no están solos. Esa es una de las terribles primeras sensaciones que sientes y piensas.

Mucha gente me pregunta qué pueden hacer para que no sea tan doloroso. Mi respuesta es que debe pasar tal cual, no hay atajos. El camino del duelo por suicidio es posiblemente más largo y el más complejo de vivir.

Es necesario que se den permiso y atiendan a sus necesidades. Si se necesita llorar un día, que lloren, es muy terapéutico, no es signo de debilidad. Si otro día necesitan chillar, que lo hagan. Escribir también es muy positivo y recomendable así como todos los pequeños rituales que necesitamos.

A pesar de que el dolor y la incomprensión de lo vivido nos rompen por dentro, se sobrevive. Yo no sé cómo lo hice, sobre todo los dos primeros años, pero conseguí avanzar. Quizás sea no ver más allá de ese día, no hacer grandes proyectos. Sobrevivir a pequeños pasos, día a día.

Se puede conseguir teniendo mucha paciencia con uno mismo. Cada uno encuentra su espacio y su camino de cómo hacerlo, y no niego que hace falta mucho esfuerzo. Pero somos muchas las personas que podemos llegar a volver a vivir porque encontramos un para qué o un por quién seguir, recordándoles siempre por la vida que tuvieron y no cómo murieron.

Cecilia Borràs es presidenta de Después del Suicidio - Asociación de Supervivientes

Si necesitas ayuda

Si te sientes angustiado, desesperado o estás pensando en quitarte la vida, puedes encontrar ayuda en el Teléfono de la Esperanza. Es el 902 500 002, pero aquí tienes un número fijo para tu provincia. También se puedes llamar online.

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