No hay tantas fobias como te quieren hacer creer

"Nunca he visto a nadie con fobia a colores”, nos explica el doctor Julio Bobes

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Ron Weasley, de las películas de 'Harry Potter', pasándolo regular
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Apeirofobia: aversión al infinito. Friggastriscaidecafobia: aversión al viernes 13. Melanofobia: aversión al color negro. Optofobia: aversión a abrir los ojos. Papirofobia: aversión al papel. Xantofobia: miedo al color amarillo. Y la favorita de muchos, hipopotomonstrosesquipedaliofobia: aversión a las palabras largas.

Todos nos hemos topado en internet con listas de decenas de fobias, algunas tan inverosímiles como las citadas. ¿Pero es verdad que se puede tener miedo a escribir (grafofobia) o a los ombligos (omfalofobia)? ¿O solo se trata de invenciones de gente con mucho tiempo libre y un diccionario de griego clásico?

“Las fobias que existen son las reconocidas desde hace muchos años. No hay nuevas -explica Julio Bobes, presidente de la Sociedad Española de Psiquiatría-. Las fobias sociales, las alturas, los espacios amenazantes… Clínicamente están admitidas las que tienen documentación basada en evidencias”. Y añade: “Nunca he visto a nadie con fobia a colores”.

Guillermo Fouce, doctor en Psicología y autor de Psicología del miedo, apunta que “por poder, se puede tener fobia a cualquier cosa”. Pero no es lo habitual: “Hay algunas que son más frecuentes que otras y que tienen una base biológica”, como en el caso de los reptiles o volar. El resto pueden ser invenciones o “gente que busca fobias muy raras”. Al fin y al cabo, el miedo a dar opiniones (alodoxafobia) puede ser parte de una fobia social.

Bobes también recuerda que no es lo mismo una fobia que simple miedo o rechazo. “Para que sea una fobia -explica-, tiene que mantenerse constantemente y se ha de crear un gran disconfort e incapacidad para afrontar situaciones”.

Por muy supersticiosos que seamos y por mucho que evitemos el amarillo, este color difícilmente nos causará una “hiperreacción” comparable a la de una fobia que nos impida, por ejemplo, ir a trabajar. La fobias, recuerda Fouce, llevan a evitar las situaciones que causan un miedo excesivo y  habitualmente se intenta justificar esta actitud con ideas irracionales. Además, “cuanto más evitamos la situación, más se refuerza la fobia”.

¿Qué fobias dan más miedo?

Para saber qué fobias son reales y cuáles no, Bobes nos remite a la Clasificación Internacional de Enfermedades, publicada por la Organización Mundial de la Salud. Allí podemos leer que los síntomas de una fobia incluyen “palpitaciones o sensación de desvanecimiento”. También se pueden dar “temores secundarios a la muerte, a la pérdida de control y a la locura”.

Se clasifican en:

- Agorafobia: miedo a salir del hogar, a ir a sitios públicos y con multitudes, y a viajar solo.

- Fobias sociales: el “temor a ser escudriñado por la gente, que lleva al paciente a evitar situaciones de interacción social”.

- Fobias específicas: restringidas a situaciones muy concretas, “tales como la cercanía de ciertos animales, las alturas, el trueno, la oscuridad, volar en avión, los espacios cerrados, orinar o defecar en baños públicos, la ingestión de ciertos alimentos, la atención dental o la visión de sangre o de heridas”.

El índice del CIE recoge otra decena de ejemplos, algunos también curiosos, pero sin llegar a los que mencionábamos en el primer párrafo: la bromidrosofobia (a los olores), la eritrofobia (a ruborizarse en público), la getirofobia (temor a los puentes) y la sitofobia (miedo a comer, ya sea por sus efectos -obesidad, diabetes- como por creer que la comida está envenenada o contaminada).

¿Cómo se cura una fobia?

Fouce nos explica que las fobias se tratan por exposición a lo que causa este miedo. “Cuando la fobia es muy compleja, como en el caso de las fobias sociales o las agorafobias, se trata de una exposición progresiva a la causa, de una desensibilización gradual”. En el caso del miedo a volar, por ejemplo, se puede comenzar hablando de la situación, recrear el escenario (a veces con ayuda de la tecnología), y terminar por subirse a un avión.

Bobes apunta que un tratamiento típico puede consistir en 12 o 20 sesiones a lo largo de dos o tres meses, acompañado de “ansiolíticos de fondo”. El pronóstico es muy bueno, sobre todo en el caso de los adolescentes, aunque puede ser necesario “hacer tratamiento de refuerzo” en caso de que se vuelvan a presentar los síntomas.

En algunos casos se puede hacer un tratamiento “por inundación”, explica Fouce. Por ejemplo, encerrar a un claustrofóbico en un espacio cerrado. No es agradable: “Esta persona puede llegar a creer que le va a dar un infarto, por ejemplo, pero el miedo se acaba superando y desciende la activación, al ver que los temores no se materializan”.

Solo tiene sentido pasar por estos tratamientos si la fobia nos impide llevar una vida normal: salir a la calle, hablar en público o viajar, por ejemplo. Pero teniendo en cuenta que la mayoría de nosotros no nos encontramos todos los días con ratas, serpientes y cucarachas parece razonable que se prefiera convivir con este miedo irracional a superarlo. ¿Para qué enfrentarse durante tres meses a un animal al que en el peor de los casos no vamos a ver más que en ocasiones contadas?

¿Por qué existen las fobias?

Aunque hay mucha discusión al respecto, Bobes explica que las fobias suelen tener su origen en el desarrollo del niño y el adolescente, sobre todo en lo que se refiere a nuestra adaptación al espacio social. Pueden tener su origen en un trauma, pero no es lo más habitual.

Muchas veces, recuerda Fouce, hay una variante cultural o biológica. El miedo es adaptativo (aunque no las fobias): si tenemos miedo a las serpientes y no a los corderos es porque muchas de las primeras son venenosas, por lo que tiene sentido que estemos predispuestos a mostrarnos precavidos al ver una. También tiene sentido tener miedo (aunque no fobia) a volar o a las alturas, ya que lo normal es que pasemos la mayor parte del tiempo muy cerca del suelo.

En algunos pacientes se presenta más de una fobia. “Se da un efecto de generalización”, explica Fouce. Generalmente, son miedos a estímulos muy parecidos, pero la asociación puede ser relativamente arbitraria. Y nos recuerda el caso del pequeño Albert.

El 1920, el psicólogo John B. Watson y su alumna Rosalie Rayner hicieron una serie de experimentos de corte pavloviano (y nada ético) con un bebé de 9 meses, Albert. El niño fue expuesto a una rata, a un conejo, a un perro, a un mono, a varias máscaras y a otros estímulos como algodón y lana. Como se ve en el vídeo, el niño no tuvo problemas con ninguno.

Hasta que los psicólogos comenzaron a dar golpes a una barra de acero con un martillo cada vez que le presentaban la rata. El bebé asoció este animal con el ruido y, con solo verlo y sin martillazos, ya lloraba asustado. Poco a poco, generalizó esta respuesta a otros objetos con pelo, como el conejo, el perro, un abrigo e incluso una máscara de Santa Claus.

No se sabe muy bien qué pasó con Albert (aunque hubo esfuerzos por encontrarlo), pero hay que decir que dejó el hospital antes de que se le desensibilizara y que probablemente mantuvo alguno de estos miedos.

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