Carta de amor a los ‘bares de viejos’

No solo son una reproducción de los salones de nuestras casas. En ellos está contenido lo mejor de internet

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Si no te da nostalgia esta imagen de 'Los ladrones van a la oficina' es que eres muy joven
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Es probable que, si les pides la contraseña del wifi, los camareros de los bares de viejos te miren con una sonrisa irónica y con cara de "aquí no gastamos de eso, chaval. Pero puedo hablarte de lo que quieras. Por ejemplo, de toros. De aquella tarde gloriosa de El Litri en Las Ventas, cuando yo era un chaval y acudía al tendido de sol con mi abuelo". De hecho, es muy probable que no solo ponga cara de contártelo, sino que, de hecho, te lo cuente.

Pero ese desprecio por lo digital podría ser la consecuencia de una injusticia histórica: que nunca hayamos reconocido el papel de los bares de viejos en el desarrollo de las apps de vanguardia. A continuación, narraré una escena que prueba la modernidad radical de los bares de viejos.

Tres jóvenes estadounidenses acabaron su carrera y vinieron a España de turismo. Los tres ocuparon la mesa de un bar y se quedaron embelesados con la atmósfera del local, sintiendo la misma fascinación con la que habían recorrido los principales museos de la ciudad. Y no es extraño, porque las barras de los bares españoles exhiben alimentos que parecen piezas de un Museo de Historia Natural. Los churros, los cacahuetes, los altramuces, los zarajos y los torreznos son alimentos que cuesta integrar en un eslabón concreto de la pirámide alimentaria, son fósiles, vestigios de una era antigua. Después de aquella visita al bar, los tres estadounidenses regresaron a su país, dispuestos a comerse el mundo en las empresas de Silicon Valley que les habían contratado. Y vaya si lo lograron.

El primero, que se quedó especialmente asombrado con las fotos desdibujadas de los platos combinados, puso en marcha una herramienta llamada Instagram.

El segundo, a quien se le quedó grabada aquella foto aérea de un pueblo castellano, decidió crear Google Maps.

Y el tercero reparó en un algoritmo prodigioso: la cantidad de cabezas de gamba que se acumulaban directamente sobre el suelo indicaban la popularidad del local. Entonces, decidió crear un sistema de puntuación de locales al que llamó Trip Advisor, cambiando las cabezas de gamba por estrellas, porque le parecieron más higiénicas.

Vaaaaaale. Reconozco que la historia no es más que una invención repleta de exageraciones. Por eso, ahora, me dispongo a contar una historia que se ajusta completamente a la realidad y que nadie, jamás, podrá refutar.

Dos economistas alemanes ocuparon una mesa en un bar de viejos. Para romper el hielo, bromearon con la cantidad de industrias secundarias que se mantenían gracias a aquel bar: los fabricantes de trofeos deportivos, los fabricantes de tapetes para cartas, los fabricantes de palillos... Un tiempo después, los economistas alemanes regresaron a sus respectivas universidades y publicaron sus conclusiones en un paper titulado: "En los bares de viejos españoles se producen los intercambios económicos perfectos". A continuación, reproduzco algunos de los párrafos más aplaudidos de la publicación:

Los bares de viejos cumplen una fantasía que, sin mucho éxito, han intentado reproducir economistas de todo signo ideológico. Ante un grupo grande de jóvenes, el camarero nunca llevará la cuenta, pero, llegado el momento de pagar, el camarero sacará un lápiz del bolsillo, dibujará unos números sobre un mantel de papel, y realizará un cálculo que extrañamente termina por beneficiar a todas las partes. Camarero y clientes acaban igual de satisfechos. No es una suma: es un conjuro ritual que garantiza la felicidad en cualquier intercambio y cuya receta solo conocen estos camareros.

Otro párrafo del estudio:

En los bares de viejos, además, se cumple la fantasía de la meritocracia. En el ámbito empresarial, se da por hecho que los logros personales nunca serán satisfechos, a no ser que se activen palancas o enchufes. Sin embargo, en estos bares, se cumple siempre un sistema de ascensos inalterable. En la primera caña, te pondrán como tapa unas aceitunillas o unas patatas fritas de bolsa. En la segunda, te servirán unas alitas de pollo o unas patatas con alioli. En la tercera, la tapa será de tortilla de patata o algún guiso. Y, a la cuarta, el camarero incluso te llamará por tu nombre y acertará con la tapa que secretamente estás deseando. Ese momento equivaldría, a nivel empresarial, a que el CEO de tu empresa te llamara personalmente para felicitarte por tu última venta.

Y otro más:

Todos los países construyen sus mitos laborales. En los países soviéticos se ensalzó la figura de Alekséi Stajánov, un esforzado minero ruso que extrajo más carbón que nadie, y que aún hoy se recuerda con el uso de uno de los adjetivos predilectos por los comentaristas deportivos: "estajanovista". En los países de ascendencia capitalista, por su parte, se cantan las hazañas del inmigrante que llegó con un abrigo raído y una maleta llena de sueños, y que acabó forrándose. En España, el gran mito laboral deberían ser los dueños de los bares de viejos, que comparten una característica con los mitos anteriores: son personas a las que jamás podrás imaginar de vacaciones.

Vaaaaaale. Esta historia también es un invent. En realidad, este artículo pretende ser un homenaje a los bares de viejos tras el estreno de El bar, la película de Álex de la Iglesia. Y si hay algo que no necesita exageraciones es la sensación de familiaridad que los clientes experimentan en esos bares.

Solo se conoce un momento incómodo en los bares de viejos. Son los segundos durante los que atraviesas la puerta y los parroquianos se te quedan mirando. Es un instante de desnudez donde brotan las mismas miradas que recibían los forasteros al cruzar las puertas batientes de un saloon del Oeste. El sonido de la tragaperras, en ese momento, se confunde con la banda sonora de El bueno, el feo y el malo. Pero esa sensacion dura lo que tardas en llegar a la barra. Entonces, te das cuenta de que no estás en un western, sino en una serie española de los noventa.

Porque llegas a la barra, levantas la cabeza y te encuentras a una entrañabilísima pareja cuyos miembros invariablemente se parecen a Beatriz Carvajal y a Cesáreo Estébanez. Y si alejas la vista de la barra y recorres el escenario te darás cuenta de que Beatriz y Cesáreo han consagrado su vida a reproducir a escala los salones de nuestras casas.

-Los platos del menú se adscriben a la única escuela gastronómica que conocieron las familias españolas hasta hace poco: la escuela de Simone Ortega. Todo lo que se salga de ahí, será invocar magia negra.

-Beatriz y Cesáreo han decorado las alacenas con fotos de sus nietos, aunque compartan espacio con las botellas de Fundador y de Veterano, en una insólita convivencia que haría llorar a los impulsores del programa educativo finlandés Kiva.

-La cocinera estirará el cuello desde la cocina para comprobar si te ha gustado la comida, y pasará una tarde horrible si no te ve rebañar el plato (no digamos ya si te dejas una albóndiga).

-Para conjurar el fantasma de caramelizaciones y deconstrucciones, la televisión del local solo emitirá programas que reafirmen sus convicciones gastronómicas. Por ejemplo, un cocinero vasco recomendará en los micrófonos de España Directo sus platos favoritos para Cuaresma.

-Los bares de viejos son una reserva lingüística. Si el sol y sombra se inventase ahora, le pondrían nombre de cóctel: Love in the shadows. Si el Belmonte naciera ahora, se llamaría Belmondo. Si el trifásico naciera ahora, se le llamaría Hat-trick. Las cartas de los bares se estudiarán en el futuro como ahora se estudia la piedra Rosetta.

Sí, los bares de viejos han logrado una reproducción a escala de los salones donde hemos crecido. Pero, retomando la tesis inicial de este artículo, también han logrado una reproducción a escala de Internet. Si en las primeras líneas ha quedado clarísimamente demostrado que el origen de las apps de vanguardia está en los bares de viejos, también lo está el futuro de Twitter.

Sí, así es. Hay una metáfora, generalmente usada en tono despectivo, que compara Twitter con la barra de un bar. Sin embargo, quizás por el carácter aguerrido y estajanovista de sus dueños, los bares de viejos están resistiendo mejor los ataques contra la libertad de expresión. Es cuestión de días que los primeros tuiteros empiecen a cruzar las puertas de los bares gritando su última broma sobre Carrero Blanco.

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