Por qué quedamos a tomar un par de cañas y nos liamos

El alcohol no nos deja pensar más allá de la próxima cerveza

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Nos ha pasado a todos: salimos de casa con la idea de tomarnos un par de cañas y retirarnos pronto. No queremos sufrir la resaca del día siguiente en la oficina o a lo mejor tenemos planes para la mañana. Pero nos liamos. Y acabamos llegando tarde al trabajo e intentando que no se note que nos duele la cabeza y que solo hemos dormido cuatro horas. ¿Por qué nos olvidamos tan pronto de nuestro propósito inicial y nos dejamos liar tan fácilmente?

(Una aclaración previa: todo esto tiene sentido si cuando decimos la frase “yo solo iba a tomar unas cañas y me liaron” estamos siendo sinceros. Porque una explicación muy sencilla a este misterio es que, simplemente, sabíamos a lo que íbamos y salimos liados de casa).

Falta mucho para mañana

El alcohol hace que nos resulte muy difícil pensar más allá de la próxima cerveza. Beber tiene efectos en todo el cerebro, pero los primeros “se dan en la corteza prefrontal, que es nuestro director ejecutivo”, explica a Verne Fernando Cadaveira, catedrático de Psicobiología de la Universidad de Santiago de Compostela. Esta región del cerebro planifica, toma decisiones, valora las posibilidades de éxito de nuestras acciones, evalúa riesgos y beneficios… Cuando bebemos, su actividad es mucho menor, por lo que “tomamos decisiones haciendo valoraciones a corto plazo”.

Es decir, cuando llevamos tres cervezas, perdemos de vista la cada vez más probable resaca del día siguiente y estamos más interesados en la gratificación instantánea que supone pedir otra ronda y seguir con nuestros amigos.

Además, explica Cadaveira, el alcohol tiene efectos euforizantes y desinhibidores, por lo que nos anima a hacer cosas que en otras circunstancias no haríamos. Y también hace que nos dejamos llevar más por el grupo que nos acompaña. ¿Otra? Venga, pues otra.

Cómo evitarlo

El alcohol “afecta sobre todo a los comportamientos marcados por un conflicto interno”, explican Roy F. Baumeister y John Tierney en Willpower: Rediscovering the Greatest Human Strength. Ejemplo: cuando parte de ti quiere irse a casa a dormir, pero la otra prefiere tomarse una cerveza más.

Baumeister compara este conflicto a la imagen típica de un ángel y un demonio dando consejos, “pero no hay mucha pelea después de unos cuantos tragos”. Para entonces el ángel ya se ha ido a casa, refunfuñando y protestando porque nadie le hace caso nunca. “Hay que intervenir antes”.

Walter Mischel apunta en The Marshmallow Test algunas claves para reforzar nuestros propósitos previos y nuestra fuerza de voluntad. Una de ellas consiste en hacer más cercanas en nuestra mente las consecuencias de nuestras acciones. Antes de pedir otra cerveza, tenemos que imaginar la resaca del día siguiente de la forma más lúcida que a esas alturas podamos.

También recomienda emplear las estrategias if-then (si… entonces). Él pone como ejemplo “si me acerco a la nevera, entonces no abriré la puerta”. Se puede extrapolar y nos podemos poner normas como “si el reloj marca las once, me iré a casa” o “si ya me he tomado tres, no pediré una cuarta”. El problema es que estas estrategias solo se convierten en automáticas después de mucha práctica, por lo que si vamos de cañas con poca frecuencia, es posible que no sean todo lo útiles que queremos.

Otra opción es intentar vernos desde fuera, “como haría una mosca en la pared”. Esto sirve para “suspender temporalmente la visión ensimismada que habitualmente tenemos de nosotros mismos y del mundo”, en un cambio de perspectiva nos ayuda a reevaluar nuestra experiencia y a juzgar qué preferimos (o qué debemos) hacer.

Cuándo evitarlo

Esto no siempre funciona, pero en opinión de Cadaveira, “no pasa nada” por dejarnos ir de vez en cuando. Eso sí, hablamos de “personas sanas con un consumo esporádico”. Cadaveira se remite a las recomendaciones de la OMS, que aconseja no exceder las seis unidades de alcohol (para los hombres) y las cuatro (para las mujeres) en una sesión de menos de dos horas.

Cadaveira recuerda que se trata de un límite que en caso de superarse podría indicar una conducta de riesgo, pero que siempre es relativo. “Para un conductor de autobús escolar o para un cirujano, el consumo moderado es cero. Si es importante cómo tomas las decisiones, no hay que beber porque por poco alcohol que bebas, es posible tomar demasiados riesgos”. También recuerda que puede ser preocupante el hecho de "ser incapaz de controlar tu consumo de forma reiterada".

Y apunta que el patrón de consumo adulto no es por lo general tan peligroso como el juvenil de alcohol, que está muy concentrado en el fin de semana y que es instrumental, es decir, dirigido únicamente a “coger el punto”. A partir de los 21 o 22 años, empezamos a beber de otra forma: "Ya no se concentra toda la bebida en dos horas y se pasa a una gestión del ocio más adulta y se prefiere, por ejemplo, una copa de vino o el gintonic con todos sus vegetales”.

En resumen, podemos ir de cañas y liarnos de vez en cuando: “Hay que gestionar el ocio y las pequeñas disrupciones, porque si no, la vida no es equilibrada”, resume Cadaveira. De hecho, el propio Mischel recuerda en su libro que “una vida con demasiada gratificación aplazada puede ser tan triste como una que no tenga la suficiente”.

En realidad, el reto no es saber cuándo irse a dormir, sino, sobre todo, saber cuándo vale la pena pedir otra cerveza, aunque sea a costa de una resaca.

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