Barcelona es la ciudad con alquileres más caros, pero eso no es lo peor de buscar piso

La cosa no va de dónde quieres vivir, sino de qué puedes permitirte tener

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Sabes que estás jodida cuando ni siquiera vives en la capital y el mercado inmobiliario de tu ciudad está aún peor. Esta es una idea que mis amigos madrileños se resisten a comprarme porque, claro, que la cosa esté un poco mejor que aquí en Barcelona, tampoco quiere decir que esté bien en Madrid [puedes comprobarlo en Coqueto, mejor ver donde estamos contando la odisea de buscar piso en esta ciudad]. Sin embargo, basta mirar en el portal de alquileres Idealista para sentirse más esperanzado con los 567 pisos por 700 euros (o menos) que se ofertan ahora mismo en la ciudad de Madrid que con los 103 de Barcelona.

Los informes también me dan la razón. Por citar uno, el informe anual del portal inmobiliario Fotocasa sobre la vivienda en alquiler situó, a principios de este año, a Barcelona como la ciudad española más cara. Aunque vayamos por partes porque, cuando buscas piso en la ciudad condal, tu primer problema no es ni mucho menos el precio... Es conseguir que te cojan el teléfono en las inmobiliarias, y ya ni hablemos de conseguir cita para ver el piso en cuestión. Me refiero a tener que adoptar una disciplina militar para lograrlo.

Para qué ver la tele pudiendo mirar un armario

No exagero. Peinar Idealista se convirtió en lo primero y en lo último que hice al día durante todo el pasado invierno. Antes de desayunar, antes de levantarme de la cama siquiera. Nada más sonar el despertador, con la voz aún ronca, empezaba a llamar a la lista de teléfonos que me había dejado preparada en la mesita la noche anterior. De todos modos, para cuando alguien me contestaba, ya me había dado tiempo de sobra a despejarme.

Aunque eso tampoco fue suficiente... Recibir las ofertas en el móvil en tiempo real es básico. Con tanta demanda, los segundos cuentan como en las marcas de unos Juegos Olímpicos. Las inmobiliarias saben que basta con mostrar un solo día los pisos y, si cuando llamas ya no queda hueco, apuntan tus datos para volver a contactarte en el caso de que una primera ronda de visitas no fuera fructífera. Una llamada que es tan probable que se produzca como que se te aparezca la Virgen de Montserrat y que, de todos modos, solo puede significar que hay alguna pega grave de por medio.

Solo al verme inmersa en esta situación entendí por qué hay gente cuerda en mi ciudad dispuesta a dar dos meses de fianza, el mes en curso, el 10% de la anualidad, más los gastos del contrato por vivir en un piso con la cama en el pasillo. La cosa no va de dónde quieras tú vivir sino de qué es lo que consigues dentro de lo que se te permite tener.

La solución para los que se pierden fácilmente

Realmente, ni siquiera cuánto estás dispuesto a pagar es completamente una decisión tuya. La gran prueba del algodón a superar para que te den un piso es demostrar que tus ingresos mensuales son tres veces superiores al del precio del alquiler. Lo que se traducía en que yo, siendo una persona adulta completamente integrada en el sistema, trabajando a jornada completa, con contrato fijo y siendo más que mileurista solo podía optar a un piso en toda Barcelona según los anuncios de Idealista en el mes de febrero. Un bajo interior de 20 metros cuadrados, sin cama pero con sofá y una única ventana ubicada en el baño. Todo por el módico precio de 450 euros.

La alternativa para los que no puedan demostrar ser solventes, según estos estándares, es abonar seis meses de fianza del tirón. Cuando le dije a mi madre que me iba a vivir con mi novio, empecé a recibir felicitaciones de toda la familia como si acabara de anunciar que me casaba pero, por muy enamorado que se esté, todavía no he conocido a nadie en esta ciudad que se mude con su pareja por sentar la cabeza. Yo, al menos, siempre he sido consciente de que vivir sola no era una opción a mi disposición.

La estantería que le está haciendo la competencia a las paredes

Habiendo aumentado nuestras posibilidades y, después de llorarle un poco a la agente que ya quería ponerme en espera solo 40 minutos después de la publicación del anuncio, conseguimos ver los 34 metros cuadrados en los que vivimos hoy. Un estudio en el Raval, el último objetivo de la gentrificación barcelonesa, que compartimos con una familia de arañas, cucarachas y una plaga de moho en el baño. La última planta de una finca sin ascensor del año 36, que a veces nos hace plantearnos si no se construiría como se pudo en plena Guerra Civil, y que pagamos con 700 euros mensuales y nuestra renuncia a la intimidad y el espacio personal.

Habrá quien piense que lo que nos pasa es que queremos vivir céntricos pero resulta muy curioso cómo, ahora mismo en Barcelona, alejarse del centro y su periferia no implica necesariamente una bajada de precios compensatoria. Sí conlleva ganar en espacio y comodidad, por lo que el gran dilema, más que pagar más o menos, se encuentra entre mudarte demasiado lejos del lugar en el que haces vida o cocinar en un armario empotrado. Nosotros elegimos la segunda, aferrándonos como a un clavo ardiendo a la puerta corredera que separa “la habitación” del resto de la estancia. Aunque ninguna de las dos opciones te exime de un constante sentimiento de fracaso.

No la limpies, escóndela.

Es por eso por lo que, a pesar de no estar buscando, sigo mirando regularmente las ofertas. Es como el final de El principito. Hay noches en las que me asomo a la ventana del navegador y me parece que, aunque las estadísticas oficiales del INCASÒL sitúen el promedio del alquiler en 845 euros, ya va habiendo más anuncios por debajo de ese precio y son como cascabeles que tintinean anunciando el pinchazo de la burbuja. Sin embargo, luego me meto en uno de esos anuncios y veo que, en realidad, se trata de un local con cédula de habitabilidad y cortinas tapando los escaparates y soy consciente de que siguen siendo risas.

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