Soy apóstata y estoy ayudando a que otras 137 personas también lo sean

Apostatar en España es una lotería. Yo, al menos, tuve bastante suerte

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Foto cedida por Marta
Foto cedida por Marta

Probablemente hayáis escuchado el testimonio de alguna persona que haya sufrido lo indecible para apostatar. Yo ya me imaginaba trepando montañas, cruzando mares encrespados, soportando diluvios, sorteando laberintos y caminando sobre cristales. Pero, ¿sabéis qué? Mi apostasía fue bastante sencilla y me bastó con un poco de paciencia.

Aunque el verbo "apostatar" también pueda referirse al abandono de un partido político o a un simple cambio de opinión, lo normal es que en España nos refiramos al abandono de la fe católica, a la que muchas personas quedan atadas desde sus primeros días por medio del bautismo.

Que mi experiencia haya sido tan llevadera se debe, en parte, a la existencia de páginas como apostatar.org, en las que se explican los pasos a seguir y abundan los consejos. A continuación, expondré de manera sucinta cómo fue mi camino.

Primero, solicité mi partida bautismal en la parroquia donde me habían bautizado. Yo tuve suerte porque seguía viviendo en la misma ciudad de mi bautizo. Pero si te has cambiado de ciudad, puedes conseguirla por correo, al menos en teoría.

Para solicitar mi partida bautismal, y siguiendo uno de los consejos que encontré en las páginas web, dije que la necesitaba para casarme, no para apostatar. Lo hice porque algunos párrocos tratan de convencer personalmente a los apóstatas para que desistan. En mi caso, quise ahorrarme esa charla.

Segundo, acudí a una comisaría de Policía Nacional -sin cita previa y sin coste- para hacerme con una fotocopia compulsada del DNI.

Y, tercero, me descargué una de las solicitudes de apostasía que pueden encontrarse fácilmente en internet (aquí, por ejemplo). Y ya solo tuve que juntar los tres documentos (partida de bautismo, fotocopia compulsada y solicitud de apostasía) y entregarlos a mi diócesis (yo lo hice por correo certificado, para que quedara constancia). Pasada una semana, solo tuve que acercarme a la diócesis para firmar. Y un mes más tarde ya tenía entre mis manos mi certificado de apóstata.

Como podéis ver, fue un esfuerzo asumible. Y me parece importante que se sepa, porque tengo la impresión de que mucha gente deja de apostatar pensando que le aguardan esfuerzos sobrehumanos. Así que mi recomendación es que si quieres apostatar, no dejes de intentarlo.

Ahora bien, soy consciente de que la apostasía en España es una verdadera lotería. Mientras que en algunos países europeos, como Finlandia o Alemania, basta con rellenar unos formularios sencillos, la apostasía en nuestro país depende de la diócesis que te haya caído en suerte o en desgracia. Y, en ocasiones, dentro de una misma diócesis, los resultados son variopintos, como demuestra el caso de las 137 personas que acaban de presentar una apostasía colectiva en La Rioja y del que os hablaré más adelante.

¿Y todo para qué?

La apostasía, más que cualquier otra cosa, es un acto de coherencia personal. A menudo se dice que, con la apostasía, la Iglesia Católica deja de recibir financiación por parte del Estado. Pero no es cierto, porque la iglesia se guarda para sí misma las cifras de apóstatas.

También existe la falsa creencia de que la Iglesia recibe dinero público en función del número de bautismos que se celebran y del número de personas que en ese acto quedan registradas como católicas. Teniendo en cuenta que el número de bautizos ha caído un 31% entre 2008 y 2015, de ser cierto lo anterior, la Iglesia debería estar recibiendo cada vez menos dinero.

Pero no está ocurriendo necesariamente eso porque, en realidad, la Iglesia Católica recibe financiación pública de muchas fuentes. Una de las más importantes corresponde a la asignación tributaria. Es decir, se debe al tercio de españoles que cada año marca la casilla correspondiente de su declaración de la renta. Y esta cantidad se ha mantenido casi estable, en torno a los 250 millones de euros entre 2008 y 2015.

Pero aún hay mucho más: subvenciones de ministerios, comunidades autónomas y ayuntamientos; exenciones y bonificaciones tributarias; los conciertos educativos y sociosanitarios, y el mantenimiento que hacen las instituciones del patrimonio que posee la Iglesia. Es decir, que tu apostasía no va a influir directamente en los más de 11.000 millones de euros anuales que, según un cálculo reciente de Europa Laica, percibe la Iglesia por parte del Estado.

Esta cantidad de dinero, al depender de tantas fuentes, tampoco está directamente vinculada con el número de personas que se declaran católicas en las encuestas del CIS, que son las que habitualmente se manejan para determinar el número de católicos que hay en España.

En estas encuestas encontramos que ya hay más personas en España que no profesan ninguna religión que católicos practicantes. Sin embargo, aunque sin ser practicantes, hasta un 70% de los españoles se consideraba católico en febrero de 2016. Este artículo de El País lo resumía bien: "Mezclar cifras y religión suele generar más interrogantes de los que resuelve".

Y, ahora sí, os hablaré de las 137 personas que presentaron una apostasía colectiva en La Rioja. Es una de las apostasías colectivas más grandes -si no la que más- que se han hecho en España. Como se disponían a presentarla en la misma ciudad que yo, asesoré a algunos de ellos creyendo que mi experiencia les resultaría útil. Pero me equivocaba.

Después de entregar la documentación oportuna (al presentarla en persona no compulsaron la fotocopia del DNI), desde el Tribunal Eclesiástico de Calahorra y La Calzada les han remitido un escrito afirmando que sus solicitudes son insuficientes. Y que necesitan "una declaración oficial" de apostasía. Los aspirantes a apóstatas no tienen muy claro a qué se refieren con "oficial". Mientras, han pedido una reunión con el obispo para aclarar estos aspectos.

Pero, más allá de los requisitos formales, el escrito alude a criterios morales, afirmando que el rechazo total de la fe cristiana es el mayor pecado que puede cometer un cristiano. Y también afirma que, al tratarse de una decisión de extrema gravedad, se niegan a tramitarla como si se estuvieran dando de baja de los servicios deportivos municipales.

Las diferencias existentes entre mi caso y el de los 137 apóstatas demuestran la falta de un proceso estandarizado para abandonar la Iglesia católica. Y la situación es peor en algunas regiones, porque hay algunas diócesis que, según algunos testimonios de afectados, se niegan directamente a tramitar las apostasías.

Es posible que conozcas el testimonio de personas para quienes la apostasía ha sido un proceso complejo. Pero, en muchos otros casos, como el mío, solo ha requerido un poco de paciencia.

Y es importante que, pese a las trabas que existen en el proceso y que nos alejan de Europa, hablemos sobre la apostasía. Y que quienes estén interesados, al menos lo intenten. Primero, porque es una cuestión de libertad religiosa. Y, segundo, porque un gran número de apostasías nos invitaría a plantearnos si queremos que se destine tanto dinero público a la religión católica o si queremos emplearlo en otros fines más sociales.

Texto redactado por Álvaro Llorca a partir de entrevistas con Marta Sintes.

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