El viaje de una pera: por qué hay alimentos que hacen miles de kilómetros antes de llegar al supermercado

Estos productos siguen siendo baratos para el bolsillo, pero costosos para el medio ambiente

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Montaje de Anabel Bueno a partir de imágenes de Getty
Montaje de Anabel Bueno a partir de imágenes de Getty

La pera envasada y cortada en dados que llegó a manos del usuario del foro Reddit Jan Levinson llevaba más de 20.000 kilómetros de viaje antes de entrar en su boca: fue recolectada en Argentina, envasada en Tailandia y llevada a los Estados Unidos para su consumo. Entre las más de 400 respuestas que lleva el post que este usuario escribió en Reddit, sorprenido de que esta fruta "haya cruzado dos veces el Pacífico", muchos usuarios se preguntan: ¿cómo es posible que, después de un viaje que muchos humanos no harán en toda su vida, ese producto cueste menos de dos dólares? ¿Cómo puede resultar más rentable que cultivar la pera en su sitio de consumo? ¿Cuál es el impacto que tiene para el medio ambiente?

Aunque el caso de esta pera (de la marca estadounidense Dole) es llamativo, en los supermercados españoles encontramos decenas de productos similares. En una visita a dos establecimientos de dos grandes cadenas diferentes (DIA y Carrefour) hemos encontrado pimientos y alcachofas en conserva procedentes de Perú, envasados en Francia y vendidos en España o legumbres procedentes de Estados Unidos, importadas a España y distribuidas desde aquí también a Portugal. También es común en las frutas y hortalizas: naranjas sudafricanas, uvas chilenas…

Lentejas de marca blanca DIA, importadas de Estados Unidos por la empresa española Legumbres Luengo para España y Portugal

Muchos de estos productos realizan viajes de miles de kilómetros y, sin embargo, su precio es similar al de muchos alimentos cultivados y procesados en España. Este fenómeno se produce “debido a la logística internacional de las empresas”, según explica a Verne por teléfono Eduard Àlvarez, profesor de Estudios de Economía y Empresa de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC). “Desde que empezó el proceso de globalización, hay empresas denominadas transnacionales que minimizan costes llevando cada parte del proceso de producción al país donde le resulta más barata”, explica.

Este tipo de producción “cuenta con una serie de elementos asociados que permiten costes muy reducidos”, cuenta a Verne Damián Copena, profesor del departamento de Economía de la Universidad de Oviedo. Entre ellos, Copena enumera: “La diferencia de los salarios o condiciones laborales, así también como legislaciones ambientales poco exigentes, que permiten precios de producción más reducidos”. Copena fue uno de los investigadores que en 2014 trabajaron en el informe Alimentos kilométricos, de la ONG Amigos de la Tierra, sobre las emisiones de CO2 producidas por los alimentos importados por los españoles. Según este informe, los alimentos importados en España recorren, de media, más de 5.000 kilómetros.

Motivos por los que viaja un alimento

Además de los factores que minimizan directamente el coste del producto, como la mano de obra o el precio de la explotación del terreno, hay varios motivos por los que una empresa puede querer trasladar un alimento de un país a otro antes de llegar a su destino. Uno son los aranceles, impuestos que algunos países ponen a otros por la entrada de ciertos productos. Es el caso, por ejemplo, del aceite español en Estados Unidos: el gobierno de Trump aprobó en octubre de 2019 un arancel del 25% al aceite de oliva de origen español. Para tratar de esquivarlo, algunas empresas españolas han empezado a importar aceite de otros países, envasarlo en España y venderlo a Estados Unidos.

Otro de los motivos por los que los alimentos se desplazan miles de kilómetros es por logística. Al igual que muchas aerolíneas hacen transbordos de pasajeros en viajes intercontinentales para abaratar costes, ocurre algo similar con el transporte de mercancías. En Europa, por ejemplo, ocurre con el llamado “efecto Róterdam”: el puerto de Róterdam (Países Bajos), uno de los más importantes de Europa, sirve como puerta de entrada de muchas mercancías al continente. Independientemente de su destino, pasarán primero por este puerto.

Los costes ambientales no se reflejan en el precio

Estos alimentos pueden resultar económicos para el bolsillo, pero no significa que sean baratos. Damián Copena explica que en el precio no se tienen en cuenta todos los costes sociales y ambientales de la producción del producto, lo que en Economía se conoce como externalidad. “Se podría decir que son más baratos en términos monetarios (porque no se contabilizan todos los costes) a costa de desplazar costes ambientales y sociales a otros lugares y a otras personas, incluido a las generaciones futuras”, explica.

Copena pone como ejemplo de costes que no se reflejan en el precio de mercado el impacto ambiental asociado al transporte –”en un contexto de cambio climático tan acusado como el que tenemos actualmente”, puntualiza–, la pérdida de fertilidad del suelo, la contaminación del agua o la pérdida de biodiversidad.

Desde el punto de vista medioambiental, estos costes externos se reflejan en la huella ecológica de los alimentos. Esta, según la define la ONG WWF en su informe bianual Planeta vivo (2018), “mide la demanda humana sobre la naturaleza”, y abarca desde los terrenos necesarios para abastecernos a las emisiones que se producen en el proceso. Según este informe, “la mayor contribución a la huella ecológica proviene de las emisiones de carbono por la quema de combustibles fósiles”.

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Huella Ecológica del consumo entre 1961 y 2014, del informe 'Planeta Vivo' de WWF. La huella de carbono se calcula en hectáreas según la superficie de bosque requerida para neutralizar las emisiones que no absorben los océanos. Haz clic en la imagen para ampliar.

David Pérez Neira, economista y otro de los investigadores que ha trabajado en el informe de Alimentos Kilométricos, explica a Verne algunas de las medidas que podrían tomarse para reducir el impacto de estos productos viajeros. Una de ellas es “incentivar la producción ecológica, que ponga el énfasis en el cuidado de la tierra”, así como “promover políticas que favorezcan cambios en este ámbito, que igualen los precios entre lo local y lo importado”.

Para los usuarios, considera que es necesario “una mayor concienciación y un cambio de hábitos”. Sin embargo, aclara que “no hay que caer en la simplificación de que lo local es bueno solo por ser local”, sino que depende del resto de costes socioeconómicos y ambientales. Copena coincide: “Es muy relevante apoyar a las producciones locales, de temporada y que utilicen técnicas de producción sostenibles”, cuenta. “De este modo estaremos favoreciendo la construcción de un modelo agroalimentario más sostenible y justo”.

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