Cuando los refugiados éramos nosotros

Son muchos los que están comparando en las redes sociales la situación actual de los refugiados sirios con la que vivieron los españoles durante la Guerra Civil

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Miles de refugiados están llegando a las costas europeas: 50.000 de ellos, sólo en julio. Una gran parte procede de Siria: huyen de una guerra que comenzó en 2011. Son muchos los que están comparando en redes la situación de estos refugiados con la que vivimos los españoles durante la Guerra Civil.

 

76 años separan estas fotos. La superior es de estos días, con refugiados que huyen de la guerra, en Macedonia. La...

Posted by Antonio Manfredi on Lunes, 24 de agosto de 2015
 

Según recoge Alicia Alted en La voz de los vencidos: el exilio republicano de 1939, unos 465.000 españoles huyeron del conflicto cruzando la frontera con Francia. Aunque muchos consiguieron regresar en la década de los 40, el exilio permanente causado por la Guerra Civil se estima en unas 220.000 personas.

Esta es una de las fotos compartidas en redes: son 106 inmigrantes ilegales llegando a Venezuela. Y son españoles. La fotografía fue portada del diario venezolano Agencia Comercial y en 2001 se utilizó en mil carteles editados por el gobierno de Canarias con la leyenda ‘Nosotros también fuimos extranjeros’.

Tomás Bárbulo explicó en El País la historia de esta imagen, que comenzó el 16 de abril de 1949: “Un centenar de personas se deslizaron por el muelle de Las Palmas y embarcaron en varias falúas. La mayoría eran campesinos de Gran Canaria que ganaban 20 pesetas por trabajar de sol a sol y que habían tenido que vender sus cabras para pagar las 4.000 pesetas del billete, una pequeña fortuna para la época”.

Habían pasado varios días escondidos en casas particulares. “Juan Azcona, uno de los organizadores del viaje, ha declarado que alojó en su vivienda a más de 20. Si le hubieran aplicado la actual Ley de Extranjería habría pasado una buena temporada a la sombra por tráfico de personas".

Los pasajeros de las falúas subieron a La Elvira al sur de Fuerteventura, donde fueron interceptados por la Guardia Civil, que les ordenó que se detuvieran “en nombre de España”. “¡Que se entregue tu madre!', les respondió una voz en la oscuridad”. Un golpe de viento les ayudó a escapar.

Pasaron casi todo el tiempo del viaje en la bodega. “Hacían sus necesidades tras unos tablones. Vomitaban unos sobre otros y pronto se llenaron de piojos. El ácido de los vómitos y el salitre del mar desgastaron sus ropas, que se convirtieron en harapos”. Se alimentaron “de patatas podridas, garbanzos con gorgojos y gofio picado. El agua estaba racionada”. Al amanecer del 22 de mayo, tras 36 días de viaje, alcanzaron el puerto de Carúpano, en Venezuela. Allí fueron registrados como inmigrantes voluntarios y trasladados a un centro de Caracas.

Como recuerda Bárbulo en su artículo: “Cuando aquellas 106 personas desembarcaron en Latinoamérica, España estaba hundida en la miseria y machacada por la represión franquista, mientras que Venezuela era una nación emergente. Aunque la diferencia entre ambos estados era menor de la que hoy existe, por ejemplo, entre Nigeria y nuestro país, los españoles experimentaban el mismo efecto salida que empuja a los inmigrantes subsaharianos que llegan a las islas”.

La foto de La Elvira no es la única que se ha rescatado para recordar que durante una época nosotros fuimos los que tuvimos que huir. El periodista Toño Fraguas recordaba esta fotografía del Stanbrook, enlazando a un artículo de El Mundo que recogía su periplo.

Como relata Paul Preston en El holocausto español, “decenas de miles de hombres, mujeres y niños republicanos huyeron de Madrid el 28 de marzo de 1939, perseguidos por los falangistas” y en dirección a Valencia y Alicante, “donde les habían prometido que habría barcos que los llevarían al exilio. En realidad, tal cosa no era posible”.

Los buques británicos de vapor Stanbrook, Maritime, Ronwyn y African Trader, junto con algunos pesqueros, fueron los últimos en zarpar, llevándose “a un total de 5.146 pasajeros”. El barco con más gente era el Stanbrook, que partió de Alicante con 2.638 refugiados. “La cubierta estaba ocupada hasta el último rincón, al igual que las bodegas, por lo que la línea de flotación estaba muy por debajo del agua”.

El buque llegó a Orán, Argelia, donde “las autoridades francesas le negaron el permiso para desembarcar a sus pasajeros”. Sólo cedieron “cuando hubo riesgo de enfermedades infecciosas, y finalmente trasladaron a los refugiados a campos de internamiento”.

Después de que estos barcos partieran, siguieron llegando refugiados republicanos a Valencia. “Desesperados, muchos se suicidaron, o tirándose al agua o pegándose un tiro”. Los barcos cercanos se marchaban o cambiaban el rumbo, “temerosos de que la armada rebelde los interceptara”. Londres y París no querían intervenir, pero México “se ofreció a acoger a todos los refugiados”. Franco se negó, “declarando que eran prisioneros de guerra y debían hacer frente a las consecuencias”.

No fue la única vez que el Gobierno mexicano hizo un ofrecimiento similar. El 1 de julio de 1940, Lázaro Cárdenas, presidente de México, afirmó que su país “estaba dispuesto a aceptar a todos los refugiados españoles que en ese momento había en Francia”, escribe Preston. Además, informó al Gobierno francés de que “hasta que pudieran ultimarse las condiciones del transporte, todos los republicanos españoles estaban bajo la protección diplomática de México”.

Esta iniciativa “ayudó a miles de republicanos hasta diciembre de 1942, cuando la ocupación alemana de la Francia de Vichy" llevó a que se interrumpieran las relaciones diplomáticas entre ambos países.

La huida a México ya había comenzado en 1937, con los 463 niños que viajaron al país desde Burdeos a bordo del Mexique. A pesar de que el gobierno mexicano hablaba de “niños huérfanos españoles”, Alted recoge en su libro que “gran parte de los que fueron en la expedición tenían padres, con cuyo consentimiento no se contó en algunos casos”.

El barco llegó a Veracruz el 7 de junio. Al día siguiente fueron recibidos por el presidente Cárdenas en la ciudad de México, de donde fueron a Morelia. “Los primeros meses de la estancia en la escuela fueron caóticos. La indisciplina reinaba por doquier y en sus salidas por la ciudad de Morelia algunos niños protagonizaron incidentes, como, por ejemplo, el apedreamiento de iglesias”. Un niño murió accidentalmente, electrocutado.

En diciembre de 1938 se intentó repatriar a los que habían cumplido los 16 años que tuvieran “obligaciones premilitares y militares que cumplir”, pero “la caída del frente catalán y el derrumbe del gobierno republicano" impidieron que esta repatriación se llevara a cabo.

Los niños se quedaron en el país americano, “con sus lazos familiares rotos, en un país que no acababan de sentir como suyo y, en ocasiones, con un sentimiento de frustración por las circunstancias que habían condicionado de tal manera sus vidas”, escribe Alted, que recogía en 2002 el testimonio de Leonor Ortega Sánchez, que tenía entonces 6 años: “Yo vine a México porque me trajeron, no vine por mi voluntad. Yo no sabía. Oía la palabra ‘México’, pero como si me dijeran ‘Tombuctú’". Ortega Sánchez aseguraba sentirse "dividida totalmente porque allí la gente no me acepta como mexicana”, pero si decidiera volver a España, “lo más seguro es que ya estaría deseando venirme”.

La actitud del presidente mexicano Cárdenas hacia la República española había provocado críticas en los sectores más conservadores del país, que temían la radicalización de la política gubernamental, y de muchos trabajadores mexicanos, que no querían que “los recién llegados pudieran ejercer una competencia desleal en el mercado de trabajo, pues en esos momentos el país sufría un grave problema de desempleo”.

De hecho, se intentaron sentar unas bases para filtrar a los emigrantes y asegurar que llegaban con recursos propios y no se asentaban en las ciudades, en especial en la capital. Aun así, la selección que se llevó a cabo “poco tuvo que ver con esos criterios” y el país acogió a “un número relativamente elevado de profesionales liberales, políticos e intelectuales, aunque también hubo campesinos y gentes de oficios diversos”, que acabaron asentándose mayoritariamente en la ciudad de México. Se calcula que llegaron entre 20.000 y 24.000 refugiados al país tras la guerra.

También llegaron refugiados a Argentina, Chile, Cuba, la Unión Soviética, Estados Unidos, la República Dominicana... Sin embargo, muchos se tuvieron que quedar en los campos franceses, donde la situación era difícil. Alted recoge el testimonio de José Ramón y Mena, que llegó al campo de Argelès en febrero de 1939: “No había ningún dispositivo sanitario, habían instalado unas bombas de agua a cincuenta metros del mar, en la arena, salitre puro, y todo eso produjo una hecatombe con una epidemia de disentería. La gente se moría como chinches. (...) Te tropezabas con profesores de universidad, te tropezabas con el profesor Puigvert, que era un famoso urólogo de Barcelona, o te tropezabas con un golfo que habías conocido en el barrio chino; en fin, allí estábamos todos mezclados”.

Alted también apunta que los exiliados españoles fueron un problema económico y político desde el primer momento para Francia, que no había previsto “ningún dispositivo para hacer frente a un éxodo como el que se produjo a principios de 1939”. Además, “una parte importante de la población francesa se mostraba contraria a la admisión de estos españoles por considerarlos un peligro político y una lacra social”. Por estos motivos, el país se mostró “especialmente interesado en fomentar la repatriación a España o la reemigración a terceros países”.

Muchos regresaron a España o se les obligó a regresar, sobre todo mujeres y niños, con lo que a finales de 1939 quedaban en Francia entre 140.000 y 180.000 refugiados. Los varones de entre 20 y 48 años tuvieron que trabajar para la autoridad militar francesa, ya fuera como mano de obra en la industria bélica o combatiendo. Unos 55.000 acabaron en las Compañías de Trabajadores Extranjeros y otros 6.000 en los Batallones de Marcha de Voluntarios Extranjeros o en la Legión, explica Alted, que recuerda que muchos de ellos “fueron hechos prisioneros junto a los franceses, enviados a Alemania e internados en stalags o campos de prisioneros”.

A ellos se les unirían los que “sobre todo a partir de 1943, serían hechos prisioneros por su participación en la Resistencia” y muchos de los que quedaron en campos de internamiento en la zona francesa ocupada por los alemanes. “El 20 de agosto de 1940, un tren de ganado partió de Angoulême con 927 refugiados españoles a bordo”, escribe Preston. Los refugiados creían que los llevaban a la zona no ocupada de Francia. “El viaje duró tres días con sus noches, que los refugiados pasaron de pie, sin comida ni agua. El 24 de agosto llegaron a Mathausen”.

En el tren viajaban 490 hombres, de los que 397 murieron en el campo. “A las mujeres y los niños los enviaron de vuelta a España, los habían subido al tren para que los civiles franceses no vieran que separaban a las familias”. Murieron más de 5.000 españoles en los campos de concentración nazis.

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