¿El rojo me hace más sexy? Cómo nos afecta la ropa que llevamos

La ropa no solo influye en quien nos ve: los efectos más importantes son los que tiene sobre nosotros mismos

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Cuando hablamos de los efectos de la ropa que llevamos, solemos pensar en cómo afectará a los demás: qué llevar a una entrevista de trabajo o cómo parecer más guapo. Ese tipo de cosas.

Pero, como explica Karen J. Pine, autora de Mind What You Wear: The Psychology of Fashion, la psicología ha prestado poca atención a cómo la ropa influye en quien la lleva. Estos son algunos de los estudios que se han acercado al tema:

Los sombreros de frutas y la confianza

La psicóloga Emily Balcetis llevó a cabo un divertido pero cruel experimento entre sus alumnos. Les pidió que recorrieran un camino transitado dentro del campus de la universidad. Algunos lo hicieron con su ropa habitual y otros se vieron obligados a vestirse como Carmen Miranda. Este disfraz incluía un vestido de hierba, un sujetador de cocos y un sombrero de frutas tropicales.

Después les preguntó cuánto creían que medía el trayecto recorrido. Los disfrazados de Miranda tenían la impresión de que habían caminado mucho más que quienes llevaban su propia ropa. Pero hubo unos cuantos a quienes el trayecto les pareció más corto que a nadie: quienes se habían presentado voluntarios para disfrazarse. El tiempo pasa volando cuando te diviertes.

De hecho, cuando estamos a gusto con lo que llevamos, ya sea un disfraz de Carmen Miranda o un traje gris, nos sentimos con más confianza. Este es el motivo principal para escoger la ropa que nos ponemos, según una encuesta entre 400 personas realizada por Karen J. Pine.

Después de la sensación de confianza, vienen la comodidad y la expresión de la personalidad. La moda y el aspecto profesional son los siguientes motivos. Solo entonces se menciona “llamar la atención”, “parecer sexy” y “mostrar mi cuerpo”. Estas razones externas no son las mayoritarias a la hora de elegir lo que nos ponemos: nos vestimos, sobre todo, para nosotros mismos.

En este sentido, también conviene recordar un trabajo de Christoph-Simon Masuch y Kate Hefferson que recoge Pine en su libro. Estos dos psicólogos vieron que la gente con un estado de ánimo bajo tiende a usar la ropa para “camuflar el cuerpo” y a usarla como “un escudo protector”, optando por prendas más oscuras y discretas. Según Pine, esto podría ser contraproducente, al reforzar este sentimiento negativo.

La curiosa relación entre los bañadores y las matemáticas

La psicóloga Barbara Fredrickson puso a hombres y mujeres a hacer problemas de matemáticas. La mitad de ellos llevaba un jersey ancho y la otra mitad iba en bañador. Las mujeres en bañador obtuvieron peores resultados. En los hombres no se notó esta diferencia.

"Como los cuerpos de las mujeres están siendo evaluados continuamente por los demás -en especial por los hombres-, las mujeres acaban adoptando la perspectiva de los observadores sobre sus propios cuerpos. Miran su cuerpo como lo haría un hombre", escribe Pine. Y "cuando su cuerpo está siendo observado, las mujeres se preocupan por cómo los demás lo están evaluando", lo que contribuye a agotar sus recursos mentales.

¿Formal o informal?

Si te vistes con ropa más formal de la que sueles llevar, pensarás de forma más abstracta, probablemente debido al mayor sentimiento de poder, según un estudio de la Universidad de Columbia y de la Universidad Estatal de Nueva York.

Uno de los autores del trabajo explica en The Atlantic que esta forma de pensar propiciada por trajes y corbatas también ayudaría a no tomarnos las críticas de forma personal y a evitar las decisiones impulsivas. Teniendo en cuenta que en el trabajo vestimos cada vez de forma más cómoda, este investigador opina que la influencia de la ropa elegante podría incluso crecer en los próximos años, al reservarse para las ocasiones más especiales.

Los trajes no solo influyen en nuestro comportamiento, sino también en cómo nos vemos a nosotros mismos. Las investigadoras alemanas Bettina Hannover y Ulrich Kuhnen hallaron que cuando vestimos como para ir a una boda tendemos a describirnos con adjetivos formales (pulcro, certero, estratégico), mientras que cuando llevamos prendas informales usamos adjetivos más relajados (agradable, tolerante o incluso torpe).

En 'Mad Men' siempre van muy formalitos

El peligro de los uniformes

Hablando de ir a trabajar en traje, Pine recuerda en su libro el experimento de Philip Zimbardo. En 1971, este profesor de psicología reclutó a 24 estudiantes (otra vez alumnos), que fueron divididos aleatoriamente entre prisioneros y guardias en una prisión falsa montada en el sótano de la facultad de psicología de la Universidad de Stanford. Los participantes perdieron el control, aplicando medidas autoritarias y llegando a la tortura psicológica. El experimento se tuvo que cancelar al cabo de seis días.

Estos comportamientos fueron provocados por la estructura de poder que se creó, una estructura en la que también influía la ropa. Pine recuerda que los guardias y presos iban vestidos de forma similar a como lo harían en una cárcel de verdad. Y “cuando nos vestimos igual que los demás nos sentimos menos responsables de nuestras acciones”.

En otro experimento, Zimbardo les dijo a las mujeres participantes que debían provocar descargas eléctricas (que no sabían que eran falsas) a otra persona (compinchada), al estilo del famoso experimento sobre la obediencia de Stanley Milgram. La mitad de ellas llevaba una chapa con su nombre y la otra mitad vestía una túnica larga y capucha (sí, imitando al Ku Klux Klan). Además, el investigador se dirigía a ellas con un número en lugar de con un nombre. Las descargas que aplicaba este segundo grupo duraban, de media, el doble que las del primero. Según explica Zimbardo, el anonimato y los uniformes contribuían a la “desindividualización” de las participantes.

El efecto de los uniformes no es necesariamente negativo: en 1979 se replicó este estudio, pero con mujeres vestidas de enfermeras. Estas falsas enfermeras eran menos agresivas a la hora de administrar descargas que quienes no llevaban los uniformes.

Si quieres resolver un problema, ponte una bata blanca

Si te dan una bata blanca de laboratorio y te dicen que es de un médico, tu atención se verá incrementada. De hecho, cometerás la mitad de errores que si te dan la misma bata y te dicen que es de un pintor, según un estudio de la Universidad Northwestern, que muestra que la influencia de la ropa depende en gran medida de su significado simbólico, siempre y cuando este significado sea claro.

¿Significa eso que deberías llevar una bata blanca a los exámenes? No creo. Te mirarán raro. Pero en todo caso y tal y como apunta The New York Times, se trata de un ejemplo de “embodied cognition” (que a menudo se traduce por “cognición incorporada”). Otros experimentos en esta línea muestran que “la experiencia de lavarte las manos se asocia con la pureza moral y los juicios éticos” y que “si llevas una carpeta, te sentirás más importante”. Eso sí, hay que añadir que los autores del estudio hablan en el caso de la bata de “enclothed cognition”, cognición “en la ropa”.

En 'Anatomía de Grey' llevan batas de solucionar problemas

¿Y si voy de Superman?

Lo hizo Karen J. Pine con sus alumnos porque, al parecer, estudiar Psicología supone pasar por una serie de humillaciones constantes. Quienes respondieron a una serie de tests vistiendo una camiseta de Superman se consideraban superiores y más atractivos que sus compañeros, que vestían o bien su ropa normal o bien una camiseta azul lisa. Estos supermanes también aseguraron que podían levantar más peso (de media) que el resto. Pine no les obligó a hacer pesas, pero a lo mejor habría funcionado, como revela otro experimento, esta vez con ropa roja.

Si vas a hacer deporte, prueba con el rojo

Unos atletas vestidos de rojo levantaron de media más peso que quienes iban de azul, según un experimento publicado por el Journal of Sport and Exercise Psychology en 2013 (y por Scientific American en 2016). Eso sí, cuando los pusieron a practicar lucha, enfrentando a uno de rojo con otro de azul, el color no influyó en el resultado, como sabrán quienes hayan seguido los altibajos de la selección española de fútbol. Eso sí, los investigadores aclaran que la muestra era pequeña: 28 personas en total.

El rojo es sexy y el negro es agresivo

Los efectos de vestir de rojo se llevan estudiando desde los años 80, pero sobre todo desde el punto de vista de cómo nos ven los demás cuando llevamos este color. Pero en 2010 tres investigadores de la Universidad de Liverpool llevaron a cabo un estudio que reveló que los participantes consideraban más atractivos a quienes vestían de rojo, aunque no vieran la camiseta. Incluso calificaban de menos atractivos a los modelos vestidos con una camiseta blanca retocada para que pareciera roja. Por este motivo, los autores concluyeron que vestir de este color influye tanto en el observador como en quien lo lleva. Hace que nos sintamos más guapos.

En cuanto al negro, en 1988 se estudió su efecto en los jugadores de hockey sobre hielo. Los participantes vieron fragmentos de partidos en los que un equipo vestía de negro y otro de blanco, y consideraron al equipo de negro más agresivo. A otros participantes les pusieron camisetas negras o blancas y les preguntaron qué estrategias de juego seguirían. Los que iban de negro optaban por tácticas más agresivas. Es decir, el negro también influye tanto en quien lo lleva como en quien lo ve.

Las falsificaciones te convertirán en un tramposo

Los accesorios también tienen su peso. A los participantes de un estudio les dieron gafas de sol de marca y les pusieron una serie de tareas diseñadas para que pudieran hacer trampas en algún momento. Algunos optaron más a menudo por estas trampas. La diferencia: antes les habían dicho que sus gafas eran imitaciones (aunque no lo eran). No solo eso, también percibían el comportamiento ajeno como más deshonesto y menos ético. Es decir, es mejor llevar ropa barata que falsificaciones.

Ponte gafas para sentirte listo

El estereotipo del intelectual con gafas es tan efectivo que el mero hecho de ponernos gafas ya puede hacer que nos creamos más inteligentes, aunque obviamente seamos igual de listos (o de tontos) que antes. En 1982 los psicólogos Joan M. Kellerman y James D. Laird pusieron a varios estudiantes a completar una serie de tests. A la mitad de ellos les dieron gafas (sin graduar). Ninguno de ellos las llevaba habitualmente. Aunque las lentes no influyeron en los resultados reales, los participantes con gafas se describieron como más competentes, inteligentes y cultivados que el resto.

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