Por qué el Erasmus ha supuesto un antes y un después en mi vida

Este año de estudios en el extranjero está lleno de mitos, pero algunos son falsos

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La experiencia Erasmus empieza mucho antes de pisar el país de destino. Arranca cuando te acercas a la oficina de relaciones internacionales, echas un ojo a las posibilidades y sientes ese chute de adrenalina. Yo acabé en Lyon, aunque el escenario no es tan importante. Lo que lo hace especial es la gente que te acompaña durante ese tiempo.

Al principio las cosas no fueron fáciles. Mis primeros tres meses los pasé en una residencia donde tuvimos que malvivir con unos baños compartidos dignos de una buena inspección higiénico-sanitaria, dos microondas para cien personas, una mesa para dos donde tenían que comer 25 y ausencia de agua caliente según la hora. Después de mil anuncios, timos, y a pesar de una cama con chinches y un gato que al principio orinaba sobre mis apuntes, no podría haber tenido más suerte al encontrar mi piso compartido con dos franceses increíbles y esa bolita de pelo, mi amor francés del Erasmus.

Esos primeros meses también estuvieron llenos de planes, caras nuevas, sitios que descubrir, infinitas noches que jamás olvidaremos y otras tantas que, por suerte o por desgracia, nunca llegaremos a recordar. Éramos libres, felices, acababa de empezar nuestro año, y todo lo demás era secundario. No recuerdo un momento de mi vida en el que me riera más de los problemas o, como yo los llamo ahora, anécdotas.

El Erasmus está lleno de mitos. El primero desde luego es LA FIESTA, que es totalmente cierto. Si te lo planteas puedes salir prácticamente todos los días de la semana. Y es lo que haces durante el primer mes. Luego ya la cosa se calma bastante, empiezas las prácticas, las clases, llega una cierta rutina y solo sales los fines de semana. O lo intentas. En junio el curso termina y el círculo se cierra donde comenzó, de fiesta. Papá, mamá, lo del alcohol también es cierto. Sin considerarme para nada el estereotipo (he ido a cuatro fiestas Erasmus en todo el año) he de reconocer que este es el año en el que más cerveza he bebido, con diferencia.

Pero no todo es la fiesta. Cuando dices que eres Erasmus, mucha gente te mira como un parásito social que se gasta el dinero de sus padres en fiesta y alcohol. De ahí viene el segundo mito: LOS ERASMUS NO HACEN NADA. Puedo asegurar que este año he aprendido más que en cualquier otro año de carrera. Académica y personalmente. Vine a Francia en mi 5º año de Medicina con el francés que había aprendido hacía ya siete años en el cole y sintiéndome aún una niña incapaz de dirigirse a un paciente. Ahora mantengo cualquier tipo de conversación prácticamente sin limitaciones y he sabido llevar mis propios pacientes en urgencias. Lo mismo pasa cuando te toca lavar o cocinar. Hace 10 meses casi quemo mi cocina haciéndome un huevo frito y ahora hago unas croquetas que poco tienen que envidiar a las de mi madre (y ojo, que son las mejores del mundo).

Otro mito es que el Erasmus es un año de VIAJES. Desde luego, si sabes aprovechar el tiempo libre y organizarte económicamente, puedes viajar mucho. ¿La razón? El espíritu y la gente de la que te rodeas. Todo el mundo tiene ganas de comerse el mundo ese año pero le falta el dinero y es la combinación perfecta para hacer viajes de última hora, encontrar el ofertón, comer por un euro en la calle más cara de París, o no preocuparse del alojamiento.

Tampoco hay que olvidarse del ORGASMUS. El mito de las relaciones a distancia, de los líos de una noche o de los amores del Erasmus. Es probablemente uno de los años en el que más gente vas a conocer de tu vida, y en el que más gente tiene ganas de conocerte. En mi caso, conozco parejas que se han roto antes, durante y después. Parejas que han aguantado perfectamente y otras que lo han hecho con sus más y sus menos. Esos que decidieron no separarse, vinieron juntos y forman la pareja más bonita que conozco. Esa que se formó aquí y decidieron volverse juntos. O esa que se formó en la distancia. Por otro lado, también está aquel que durmió en casas ajenas durante una semana y aquel que se vuelve igual que vino. Al final, es un año de relaciones intensas, efímeras o duraderas, y únicas.

Si aún hay alguien que piense que las BECAS te solucionan económicamente el Erasmus he de decir que ese es otro falso mito. O al menos en países como Francia. A mí me correspondían 400 euros al mes, pero tras los recortes han reducido el importe a la mitad. Mi convenio duraba diez meses y solo nos pagaron cinco. Solo con el alquiler de mi piso llegaba casi a los 400. Así que podéis haceros una idea de lo que me ayudó la beca del Ministerio. Es una pena que siendo un programa europeo, haya tanta diferencia entre países (algunos italianos recibían 500 euros al mes durante toda su estancia mientras que otros no pasaban de los 280) y, sobre todo, que haya tanta gente que no tenga la posibilidad de hacerlo por motivos económicos. Debería ser factible para todo el mundo porque es otra forma de educación en idiomas, experiencia y valores en los jóvenes.

Y ahora que ya se me empiezan a colar frases en pasado, voy dándome cuenta de que esto empieza a terminarse. Todo el mundo me había contado lo rápido que se pasa el año pero jamás me habría imaginado que fuera para tanto.

Una de las cosas que más me han cambiado ha sido darme cuenta de lo enormemente grande que es el mundo. En 24 horas he llegado a tener conversaciones con gente de todo el mundo, desde Alemania hasta Australia pasando por Madagascar. Y es algo que rompe tus esquemas. Conversaciones que te permiten una reflexión y un autoaprendizaje por el que, en este tiempo de globalización, de migraciones, de desigualdades, de facilidades e impedimentos, deberíamos pasar todos.

Este año también sirve para valorar lo que tienes en casa. A veces es necesario alejarse un tiempo para descubrir qué es lo que realmente te rodea, qué quieres mantener y de qué quieres desprenderte cuando intentas integrar tu yo de ahora en tu vida anterior. Has vuelto y lo has compartido con toda esa gente que te ha entendido, o no, pero no importa porque os habéis reído igual que siempre. No es fácil , pero has entendido que por mucho que las cosas cambien, casa siempre es casa, y es algo que te guardará la espalda por muy lejos que vayas. 

Pero esto no termina a final de mes. Me llevo de vuelta una verdadera familia, lo más bonito que me ha dado Lyon. Aunque algunos se me queden lejos, sé que seguirán formando parte de ella, porque cuando pasas lo que has pasado, la primera noche, los viajes, las llamadas a las tres de la mañana cuando no podías dormir, los “esto no ha pasado” o los “qué pasó anoche”, las cenas improvisadas, las conversaciones filosóficas, los abrazos que te han dado la vida más de una vez y esas risas, sobre todo esas... Cuando has pasado todo eso, ya da igual lo que venga.

Y lo más importante de todo, me llevo a mí. Me llevo a mí prometiéndome que jamás dejaré de ser Erasmus, algo que solo quienes lo hemos hecho somos capaces de entender.

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