Doy charlas en colegios para que nadie repita lo que yo hice: matar a un hombre al volante

Pensaba que el único problema de conducir borracho eran los alcoholímetros hasta que provoqué el accidente

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Aquel día había empezado como otro cualquiera. Después de mis clases universitarias, jugué un rato al fútbol con mis amigos. Y, después, acudimos a una fiesta. Normalmente, cuando bebía, me quedaba en casa de un amigo a dormir. Pero aquella noche mi amigo no salió, así que decidí volver a casa en mi propio coche.

Mi único miedo, entonces, era tropezarme con un control de alcoholemia. Jamás se me pasó por la cabeza que un guardia civil podría despertarme en una habitación de hospital diciéndome que había conducido en dirección contraria, que había causado un accidente y que había matado a otra persona.

Yo solo tenía un esguince, y la otra persona, un hombre que se dirigía tranquilamente a su trabajo, estaba muerta.

Del momento en que me lo dijeron, solo recuerdo que empecé a gritar. Y tampoco tengo un recuerdo muy consistente de las semanas que siguieron al accidente y en las que estuve en libertad provisional. Sencillamente, era incapaz de procesar lo que había hecho. Mi vida se detuvo hasta que, pasados dos meses, mi psicóloga me convenció para que retomara la universidad.

Mis compañeros de la universidad me apoyaron desde el principio. Pero, por dentro, no dejaba de preguntarme: después de lo que he hecho, ¿merezco el apoyo de los demás?

Solo unos días después de haberme incorporado a la universidad, el juez decidió mandarme a la cárcel. Del momento de mi ingreso, recuerdo a mis padres llorando a las puertas del juzgado mientras me alejaba en un coche patrulla. Las vueltas de la vida son increíbles. Como estudiante, en mis clases de Derecho Penitenciario, había visitado aquella misma cárcel. Y jamás sospeché que volvería como interno.

Los ocho meses que estuve en la cárcel fueron difíciles. No puedo decir que la decisión fuese injusta, porque era consciente del daño que había causado. Pero aún no me había recuperado del trauma, por lo que, aunque los psicólogos del centro me ayudaron, las noches en la cárcel se me hicieron eternas. Se me agolpaban las preguntas: ¿me cambiaría por la otra persona? Han pasado años desde el accidente y aún no me veo capaz de responder a eso. De lo que no me cabe duda es que mi muerte habría sido más justa que la suya.

No conozco a los familiares de la víctima. Me consta que carecía de mujer e hijos. Pero eso no alivia el dolor causado a sus parientes y amigos. En un primer momento, quise ponerme en contacto con ellos, pero las personas de mi entorno me recomendaron que no lo hiciera. Me explicaron que el duelo es algo muy personal y que tocaba respetarlo. Por eso, he escrito una carta a sus familiares, aunque todavía no se la he enviado. Espero hacerlo algún día. En ella, les cuento:

-Que no sé si mi carta les llega demasiado pronto o demasiado tarde.

-Que no busco su perdón, porque en una situación así yo no sería capaz de perdonar.

-Que estoy profundamente arrepentido y que jamás pensé que podría ocurrir algo así.

-Y que estoy haciendo todo lo posible para evitar más muertes injustas en la carretera.

En una situación como la mía, hay dos maneras de actuar. La primera, cumplir la condena e intentar sepultar lo ocurrido en el pasado. La segunda, intentar que mi testimonio sirva para algo.

Pocos meses después de salir de prisión, me ofrecí a la Dirección General de Tráfico y a las asociaciones de víctimas, por si querían contar con mi testimonio en labores de concienciación. Me daba miedo que los familiares de las víctimas no quisieran verme a su lado. Al fin y al cabo, entendería perfectamente que solo me vieran como un niñato que, por coger el coche borracho después de una fiesta, acabó destrozando a una familia.

Pero los familiares de las víctimas me recibieron muy bien y me dieron una auténtica lección de humanidad. Una madre, incluso, llegó a decirme que llevaba tiempo esperando a que alguien se ofreciera a hacer lo mismo que yo. Así que ahora colaboro con ellos en las charlas que la asociación Stop Accidentes organiza en los institutos.

Nuestras charlas suelen ofrecerse a chavales de entre 14 y 18 años. Es una buena edad para hacerlo, porque es cuando empiezan a montar en coche con amigos, pero todavía no se ponen al volante. Siempre se muestran interesados y se conmocionan con nuestros testimonios. Sin embargo, tengo la sensación de que la educación vial debería comenzar mucho antes y con más intensidad, ya en los colegios.

Cuando, en los informativos, escuchamos noticias sobre las muertes en carretera, apenas prestamos atención. Son cifras que tenemos asumidas, como si tuviese que cubrirse un cupo de víctimas cada vez que salimos o volvemos de vacaciones. Y no, eso no es así. La mayoría de accidentes no son cuestión de mala suerte, sino de conductas imprudentes de determinados conductores. Deberíamos reflexionar sobre los dramas que hay detrás de cada cifra y sobre sus causas.

Desde entonces, no ha pasado un solo día en el que no piense en el accidente. Pero tampoco quiero olvidarlo ni esconderlo, porque forma parte de la persona que soy ahora. Aunque me gustaría, ya que no puedo cambiar las cosas. Así que solo me queda transformarlas en algo de lo que podamos aprender.

Texto redactado por Álvaro Llorca a partir de entrevistas con José L. El nombre de José no es real. En la actualidad, se encuentra a la espera de juicio por el accidente.

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