La vida que no conocerán nuestros nietos: crónica de la desaparición de un pueblo

Emigré y cuando volví a mi pueblo en la provincia de León se había quedado deshabitado

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El año de mi nacimiento, en 1947, vivían en Farballes unas veinte personas. Pero con el paso del tiempo todos los vecinos se acabaron marchando. En todo este tiempo no han aguantado ni los muros de la iglesia: ahora solo queda la espadaña de la torre, aunque sin su campana.

Esa campana cuyo lenguaje ya casi nadie comprende. Pocos saben que había un toque concreto para cuando se celebraba una misa, otro para cuando había un entierro, otro para cuando se declaraba un incendio y otro para cuando el pueblo sufría una invasión. Este último nunca llegué a escucharlo, pero sí que oíamos, cada día a la una, el toque que nos indicaba la hora de comer cuando estábamos desperdigados, generalmente por los campos.

Como digo, solo queda la espadaña de la torre y un par de casas, porque todo lo demás sucumbió al calendario o a los saqueos. Y he escrito Cómo nace y muere un pueblo, un libro que rescata del olvido la historia de Farballes, por aquello que decía Cicerón: "No saber lo que sucedió antes de nosotros es como ser incesantemente niños".

Ser niño en el pueblo

La infancia en el pueblo no era sencilla. En mis primeros años no había luz eléctrica ni agua corriente. No había nada más que la naturaleza misma, como en una tribu antigua. Los cuatro niños del pueblo teníamos que recorrer cuatro veces al día el kilómetro que nos separaba de Benazolve para ir a la escuela.

Desde los cinco hasta a los 14 años siempre tuve al mismo maestro, que ya lo había sido de mi madre. Se llamaba don Manuel. Era buen profesional, aunque siempre tenía su vara de mimbre al alcance de la mano.

Entonces había una escuela para los niños y otra para las niñas. A ellas les enseñaban las tareas del hogar en horario de clase. Aunque ambas escuelas estaban adosadas, no nos permitían jugar juntos.

En clase nos calentábamos con una estufa de leña que solo repartía calor tímidamente a su alrededor. Aquellos techos tan altos y los cristales en mal estado hacían que la escuela se llenara de humo y el frío siguiese ahí. Pero no pasaba nada, porque nos habíamos acostumbrado a pasar el tiempo correteando por las calles y los alrededores del pueblo.

Lo que más nos gustaba para divertirnos era pescar ranas y cangrejos, bañarnos en el río o en la balsa del Monte Isla, trepar árboles para coger frutas o nidos, resbalar por el hielo en invierno... siempre teníamos arañazos en las piernas.

Las chicas, por su parte, preferían jugar a la comba, a las tabas, a la gallina ciega, al corro, intercambiar estampas... Nada que ver con lo que hacen los niños ahora para divertirse.

Ezequiel Pellitero

Mi marcha del pueblo

Aguanté allí hasta que tuve 24 años. Era obvio que en el pueblo no tendría muchas posibilidades, sobre todo culturales, las que más anhelaba, así que emigré a Alemania y me establecí en una ciudad a 20 kilómetros de Frankfurt. Curiosamente es la misma distancia que separa Farballes de León.

El viaje lo organizaba el Instituto de Migración y allí trabajé para una fábrica de neumáticos. Con uno de mis primeros sueldos me compré una cámara de fotos Voigtländer que aún conservo y con la que registré la decadencia de Farballes.

A veces pienso en las escenas que me gustaría haber registrado. Por ejemplo, aquellos oficios de los que apenas queda constancia. Las tenderas, aquellas señoras que transportaban kilos de lienzos sobre sus cabezas. El pellejero, que recogía las pieles de conejos, corderos, terneros y continuaba su camino hacia otro pueblo. Los traperos, que se instalaban en la plaza u otro lugar estratégico para comprar y vender lana, trapos, chatarra y lo que saliera. Los barrileros, que vendían y reparaban barriles o botas para el vino.

Solo pasé un año en Alemania, porque dominar el alemán y posicionarse en la sociedad no fue sencillo. Así que me marché a Cataluña, donde trabajé en Dragados y Construcciones como encargado de obras en Barcelona, en Manresa, en Terrassa, en Mataró, en Lérida, en Igualada, en Hospitalet, en Badalona, etcétera. Trabajé en construcciones que alojarían a mucha gente mientras mi pueblo se iba quedando vacío.

Precisamente, después de cuatro años en Cataluña regresé al pueblo y fue cuando me lo encontré vacío. En marzo de 1974, la última vecina, doña Julia Morán, había trasladado su residencia al pueblo de Villalobar. Poco antes lo habían hecho mis padres, Martín Pellitero y Sicilia Miguélez, que fijaron su residencia en el vecino pueblo de Benazolve. Farballes ya era un pueblo fantasma.

Era consciente de que la gente se estaba marchando, pero tampoco esperaba encontrármelo así. Sentí mucha impotencia: no me podía creer que la historia de un pueblo cayera en el mismo silencio que me rodeaba. Es entonces cuando me prometí que escribiría un libro.

Solo dos meses después de la despoblación, en mayo de 1974, el departamento de Patrimonio Diocesano de León recuperó los bienes que quedaban en la iglesia. A partir de entonces, las puertas de la Iglesia de Farballes quedaron abiertas, condenando al templo a un abandono total. De ahí que solo quede la torre de la espadaña, sin su campana, y un montón de escombros. ¡Con qué facilidad y brevedad se destruye aquello que con fervor y esfuerzo costó tanto construir!

Entre los bienes que se recuperaron en la iglesia hay una capa de origen filipino, bordada en oro y seda. Es el testimonio de una migración muy anterior, la de los españoles que viajaron a Filipinas cuando era una colonia. Esa capa aún se conserva en el Museo Catedralicio de León.

Ezequiel Pellitero

Memorias de la vida rural

Mis fotografías me sirven para mantener vivo el recuerdo. Por ejemplo, conservo la de una cueva que había en el lado norte del pueblo, a 200 metros de mi casa. No es solo una fotografía, es también una historia.

Durante la Guerra Civil se escondieron en ella dos hombres hasta que un camión con una bandera española se los llevó detenidos. Por lo visto, uno de los detenidos logró escapar, pero el otro no corrió la misma suerte.

A mi familia también le tocó directamente aquella guerra aunque de una manera menos trágica. Mi abuela Josefa se había quedado viuda por la muerte de mi abuelo Ezequiel a causa de una infección. A los pocos meses, su único hijo fue reclutado para luchar en uno de los frentes. Ella se quedó sola para atender a los hijos pequeños, los ganados, las cosechas sin recoger... El papel de la mujer en el campo jamás recibirá el reconocimiento que se merece.

Ahora muchos campesinos tienen sus cosechas aseguradas y existen métodos más o menos científicos para prevenir los temporales. Pero entonces no había nada de eso. Y la gente podía perderlo todo en un suspiro, como en aquellas tormentas que cayeron hacia 1962, en plena faena de recolección: desaparecieron muchos carros, trillos, trillas, parvas y cereales dispuestos para la trilla.

Las tronadas despertaban gran temor. De ahí que, como prevención, la mentalidad popular desarrollara supersticiones. Por ejemplo, los rezos a Santa Bárbara: Santa Bárbara bendita / que en cielo estás escrita / con papel y agua bendita / guarda pan / guarda vino / guarda gente del peligro. Santa Bárbara doncella / líbranos de la centella/ y del rayo mal airado, líbranos si morimos sin pecado. Ahora, por suerte, se aseguran las cosechas.

La tragedia también podía llegar en la forma de la muerte de un animal usado para la labranza. Podía ser durante un parto, por una enfermedad, por la pelea entre animales o por un accidente. Recuerdo, por ejemplo, el caso del señor Polito, cuando su pareja de bueyes se precipitó a un pozo en un paraje conocido como los Millones de Farballes. Algo así podía dejar a una familia completamente indefensa.

La solución se encontraba en la solidaridad de todo un pueblo. Primero, se recogían los restos del animal, si es que se podía. Y luego una sociedad ofrecía a la familia un precio razonable. En caso de que hubiese acuerdo, se cerraba con un apretón de manos. Entonces, si el animal era apto para el consumo, se troceaba en tantas porciones como familias formaban la sociedad. Si no lo era, se tasaba igualmente y se calculaba la cantidad que debía pagar cada socio.

Ahora vivo en León y a veces regreso al pueblo con mis nietos. De hecho, vuelve a haber una casa habitada porque dos pastores se han instalado en ella. E incluso han instalado placas solares. Es de lo poco que queda en pie, junto a la espadaña. Pero la vida de antes no ha regresado al pueblo.

Como digo, a veces llevo a mis nietos al pueblo. Los dos niños son muy pequeños, pero las dos niñas se sorprenden al encontrarse con tanta paz, entre tanto silencio. Se lo pasan en grande. Y a mí me gusta porque vivo con miedo a que algún día los niños olviden que las patatas salen de la tierra.

Me gusta observar las enormes cuevas, bodegas donde pisábamos la uva y elaborábamos aquel codiciado vino que se vendía en la ciudad, en las comarcas montañosas donde no había posibilidad de producirlo, e incluso en Asturias. Ahí siguen esas gigantescas galerías subterráneas, escondidas y estáticas entre la naturaleza, guardando el misterioso recuerdo de quienes las excavaron con herramientas rudimentarias.

Para mí es necesario regresar a Farballes: pisar la tierra en la que jugaba de crío me invita a la reflexión. Es bonito recordar cosas a la sombra de los árboles de mi infancia. Es curioso: el pueblo ha desaparecido, nosotros nos hemos hecho viejos, pero esos árboles siguen ahí, dando sombra a nuestros pensamientos.

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