Cumplo 80 pero celebro mi 20º cumpleaños: mi vida como bisiesto

Vaya día para cumplir años: el 29 de febrero, a lo largo de la historia, se ha asociado a desgracias

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Foto cedida por José Manuel Ubarrechena
Foto cedida por José Manuel Ubarrechena

Durante mi infancia, los años bisiestos gozaban de mala prensa. Los periódicos antiguos, muy amigos del refranero, se llenaban de malos augurios: "Año bisiesto, entra el hambre en el cesto", "Año bisiesto, ni viña ni huerto", "'Año bisiesto, año siniestro", "Año bisestil, año vil", etcétera, etcétera, etcétera.

Y, claro, debido a las constantes alusiones a desgracias, a muertes, a pestes y a hundimientos de barcos, el haber nacido un 29 de febrero -una fecha que existe cada cuatro años para 'compensar' el calendario- me dejaba una sensación agridulce: "Pues vaya, en qué día he nacido yo", pensaba.

Otra de las desgracias para un niño bisiesto es, como habrán sospechado, la escasez de cumpleaños. Ahora hay niños bisiestos que, para no tener que esperar tanto tiempo, celebran sus cumpleaños el 28 de febrero o el 1 de marzo.

Pero, quizás por haber nacido en 1936, una época más austera, nunca tuve la necesidad de cambiar la fecha de mis celebraciones. Así que me conformaba con hacer fiestas una vez cada cuatro años.

Otro de los problemas es que cuesta mucho encontrar a otras personas que hayan nacido ese mismo día. Si las personas tienen una posibilidad entre 365 de haber nacido el 1 de marzo, por ejemplo, hay que multiplicar esa cifra por cuatro si hablamos del 29 de febrero. Por tanto, no es tan sencillo encontrar un hombro en el que llorar cuando falta mucho tiempo para que llegue tu cumpleaños.

Aunque en la actualidad ya no abundan las referencias a catástrofes en los periódicos, hay otro motivo para que el 29 de febrero no sea el día más simpático. Si tu salario se calcula sobre una base anual (pongamos unos 15.000 euros anuales), los años bisiestos trabajarás un día más por el mismo precio. Es decir, le estarás regalando un día de trabajo a tu empresa.

Efectivamente, mi fecha de nacimiento tiene muchas peculiaridades, y no todas buenas. Pero cuando nos acercábamos al año 1996 pensé: ¿por qué no convertir estas peculiaridades en motivo de orgullo?

Así pues, en 1996, a las puertas de mi decimoquinto cumpleaños oficial (60 años, en realidad), con la colaboración de Mikel Soro, decidí publicar un anuncio en el Diario Vasco convocando a otros bisiestos de San Sebastián para una celebración conjunta. Finalmente, aquel día nos reunimos en mi restaurante unas sesenta personas y nació oficialmente el Club de los Bisiestos.

Animado por el éxito de la primera convocatoria, me propuse captar bisiestos fuera de San Sebastián, para lo que imprimí miles de octavillas. Y con el objetivo de que nuestro club cruzara todas las fronteras, las imprimí en cinco idiomas (incluido el ruso).

Cuando algún conocido se marchaba fuera de España, le pedía que se llevara unas cuantas octavillas. Del mismo modo, en mi restaurante siempre había algunas a disposición de los turistas que llegaban a San Sebastián. Y así es como se extendió nuestro mensaje y el club creció hasta los 2.000 asociados.

Es más, así es como llegaron a entrevistarme en medios como Radio La Plata de Argentina o Radio Caracol de Colombia. Incluso en una ocasión, cuando mis hijos cenaban en un restaurante brasileño, se encontraron con que mi imagen aparecía en la televisión.

Merchandising del club

Así que, tratándose de un club internacional, nos merecíamos nuestras tarjetas, nuestros calendarios y, por supuesto, nuestro himno, que como corresponde fue compuesto por dos bisiestos -Marián Conde y yo- y que empieza diciendo:

Amigos, yo quiero ser

bisiesto toda la vida,

porque cuando cumpla cien

seré un niño todavía.

Durante algunos años envié a nuestros asociados una felicitación navideña y una participación de lotería terminada en 29. Por desgracia, nunca nos tocó el gordo. Y es una pena, porque habría sido la mejor manera de echar por tierra de una vez las teorías que asocian a los años bisiestos con la mala suerte.

Quizás, el plato fuerte –nunca mejor dicho- de nuestro club sean las comidas en mi restaurante donostiarra. Un año bisiesto llegamos a juntar a 300 personas que llegaron de lugares muy variados. E incluso otro año llevamos la celebración a Granada.

De cara a este año, en el que cumplo oficialmente 20 años (que son 80 en realidad) hemos alcanzado un par de hitos.

El primero es que el cupón de la ONCE del 29 de febrero hará mención a nuestro club:

El cupón de este año, con el nombre del Club

Y el segundo es que, después de la comida, habrá un cóctel en el hotel María Cristina, el más importante de la ciudad, donde suelen alojarse las estrellas del festival de cine. Incluso contaremos con la participación de una marca de ginebra que ha querido sumarse a la fiesta.

Ya que hemos celebrado menos cumpleaños de los que nos correspondían, al menos habrá que hacerlo a lo grande, ¿no?

A lo largo de la historia, el 29 de febrero ha sido un día asociado a las desgracias. Deberíamos cambiar eso y convertirlo en un día de fiesta. Por ejemplo, podríamos nombrarlo Día de la amistad y de la alegría.

Y así rendir homenaje a los bisiestos, porque, bien mirado, somos únicos en el mundo y en el universo, patrimonio de la humanidad, capricho de los césares (ya que Julio César fue quien puso los días bisiestos en el calendario), imprescindibles para que funcione el calendario, especiales porque cumplimos cada cuatro años y olímpicos porque vamos de la mano con los Juegos Olímpicos. ¿Acaso no son motivos suficientes?

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