No hay nada más inocente que un placer culpable

Por qué muchos no nos atrevemos a confesar que nos gusta Britney Spears

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Es posible que solo dos o tres personas en todo el planeta sepan que Toxic, de Britney Spears, es una de mis canciones favoritas. Eso sí, es la única que me gusta de Britney Spears, como aclaro siempre enseguida. Esto es una excepción. Solo es un placer culpable.

Los placeres culpables son aquellos que por lo general no nos atrevemos a confesar en público, a pesar de que suelen ser productos culturales muy exitosos. O quizás por eso. Todos tenemos los nuestros: puede ser Aquí no hay quien viva, Sálvame, El diario de Bridget Jones, los programas de subastas o de reformas de pisos o cualquier cosa relacionada con las Kardashian (o con las Campos), por poner algunos ejemplos.

Como recordaba el crítico Chuck Klosterman en la revista Esquire, el término da a entender que deberíamos sentirnos al menos un poco mal por tener estas preferencias. Nos permitimos ver Gran Hermano VIP, pero sabemos que deberíamos estar leyendo -o, mejor, releyendo- Los hermanos Karamazov.

Sin embargo, el término también sugiere complicidad. Al fin y al cabo, lo usamos cuando los estamos confesando, confiando en encontrar a alguien con ese mismo placer culpable o con alguno aún peor. A menudo esta confesión sucede en redes sociales, como cuando el programa de Radio 3 Hoy empieza todo pidió a sus oyentes que confesaran sus conciertos culpables.

Por lo general, intentamos mostrar una imagen que consideramos positiva a nuestros amigos y seguidores, por lo que es fácil que hablemos de lo mucho que disfrutamos Breaking Bad, pero quizás no tanto de lo bien que nos lo pasamos con Mujeres y hombres y viceversa.

No es algo que solo pase en redes, aunque estos medios nos faciliten el trámite, como explica a Verne la psicóloga Jara Pérez. “La imagen que damos a los demás no es inocente, siempre buscamos algo a cambio. Por ejemplo, si conoces a alguien que te encanta y resulta que esta persona es una entendida de la música barroca inglesa, a lo mejor vas a esperar un par de semanas para contarle que para limpiar la casa los sábados pones Camela a todo trapo”.

En definitiva, parece como si en ocasiones le diéramos más importancia al estatus que a nuestra satisfacción personal, a pesar de que el estatus es “una ilusión cultural que tiene momentos y responde a modas”, como explica a Verne la psicóloga Amaya Terrón.

De hecho, con el paso del tiempo a menudo cambia la consideración que tienen muchos productos culturales. Por ejemplo, la nostalgia ha llevado a reivindicar la música de los Hombres G, Raphael y ABBA, entre otros muchos. Los contenidos culturales que nos parecen prestigiosos pueden cambiar también según el grupo de personas con las que nos relacionemos. Es decir, podemos pasar años privándonos de algo solo por el qué dirán, para años más tarde tener que defenderlo.

Pero, claro, el estatus también es fuente de satisfacción personal: nos gusta que los demás nos tengan en consideración. “No tienen por qué estar reñidos -apunta Jara Pérez-. Podemos disfrutar de todas esas cosas que consideramos horteras en nuestra intimidad si no tenemos la necesidad de comentarlas con nadie. Puede ser ese nuestro recodo de placer, nuestro momento íntimo y disfrutarlo sin necesidad de hacerlo público”.

¿Hay que dejar de poner excusas?

A menudo ocurre que nos buscamos excusas para disfrutar de lo que se supone que no nos debería gustar, en una especie de intelectualización del placer culpable. Por ejemplo, cuando algunos se enfrentan a estas obras asegurando que lo hacen de modo irónico, con la idea de que algo “es tan malo que es bueno”.

Es similar a lo que Susan Sontag llamaba en 1964 la mirada Camp, esa forma de ver con ironía productos culturales fallidos que se presentan como muy serios. Sontag escribía que la experiencia del Camp está basada en el descubrimiento de que la alta cultura no tiene el monopolio del buen gusto y que hay un “buen gusto del mal gusto”. Puede consistir, por ejemplo, en disfrutar las pelis de Chuck Norris porque su defensa de los valores estadounidenses es tan sentida que parece autoparódica y también porque Norris, con todos sus excesos ochenteros, se ha convertido en un icono pop.

También vemos a veces todo lo contrario: la reivindicación de este placer culpable como forma, precisamente, de dar cierta imagen, aunque en este caso sea la de alguien sin prejuicios clasistas. Ya no se trata de disfrutar de Luis Fonsi con ironía, sino de defender que es tan bueno (o mejor) que Radiohead.

Postureo e inseguridad

Es muy difícil que simplemente se disfruten estas películas o canciones sin intentar justificarlas. ¿Por qué nos gusta la canción del verano? Pues igual solo porque es pegadiza y tiene ritmo. No tenemos control sobre nuestras preferencias, como recuerda Amaya Terrón. Y, además, puede que nos guste Mahler y también Gente de Zona.

De todas formas y como escribe también Klosterman, parece que no importa tanto qué nos gusta cómo por qué nos gusta. Las únicas personas inseguras son quienes creen que hay un buen gusto universal, añade. Coincide Terrón: “Lo que hay debajo del postureo es inseguridad”.

El problema de estas justificaciones es que a menudo ponen aún más en evidencia lo culpables que nos sentimos. Parece como si viéramos Fast & Furious pero al mismo tiempo quisiéramos dejar claro que podríamos estar viendo otra cosa. Otra cosa que se considera mejor. O como si defendiéramos nuestro buen gusto hasta el punto de que somos capaces de encontrar valores superiores en una obra que todo el mundo considera inferior.

O volviendo a Toxic, Britney Spears vendió 16 millones de copias de In the Zone, el disco que incluía esta canción. ¿Tiene sentido este postureo? ¿Por qué me resisto a disfrutar de esta canción en público, a pesar de que millones de personas llevan haciéndolo sin complejos desde 2003?

Placeres a escondidas

Por otro lado, el hecho de sentirnos culpables por estos placeres tiene sus ventajas. Esta culpa podría hacer que el placer fuera aún más placentero. Ahora que estoy a solas, ahora que nadie me ve, me voy a quitar toda la presión de encima y voy a disfrutar, yo qué sé, de Ocho apellidos vascos.

Jara Pérez coincide: cuando disfrutamos de algo a escondidas nos estamos permitiendo algo que teníamos muchas ganas de hacer, pero que tememos mostrarle al mundo. “Ese creo que es el verdadero placer, el permitirse ser como te apetece en ese momento y tragarte 15 capítulos seguidos de Gossip Girl o la discografía de Britney Spears sin tener que darle explicaciones a nadie”.

Sí, es verdad, podríamos estar leyendo a Unamuno o, ya puestos, probando la teoría de cuerdas, pero también necesitamos estos ratos de descanso. Todos. Como apunta Jara Pérez, “se tiende a pensar que los intelectuales no consumen contenidos basura y eso es totalmente falso. Son contenidos diferentes para momentos diferentes”. Y “si tienes motivación para hacerle un hueco a esos contenidos, hay sitio para todo”.

Además, es que Toxic es un temazo.

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