Acción mutante

Muchas películas tratan los peligros de corregir los renglones torcidos de Dios

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Hace dos lunes, el periodista y escritor Miguel Ángel Delgado hablaba en el siempre magnífico Efecto Doppler de Radio 3 sobre uno de los avances en materia de ingeniería genética más importante de las últimas décadas: el de CRISPR / Cas9, o lo que es lo mismo, repeticiones palindrómicas cortas agrupadas y regularmente interespaciadas basadas en la enzima endonucleasa Cas9.

Echa el freno, Madaleno.

Tratando de resumirlo mucho, se ha descubierto que ciertas bacterias poseen un sistema ancestral para defenderse del ataque de los virus —si no recuerdas cómo funciona un virus, acuérdate aquí, y de paso acuérdate de por qué no vacunarse es una idea tirando a regular—. Así, cuando una bacteria es agredida por el virus, para evitar que infecte todo el material genético de la bacteria, esta segrega la proteína Cas9, que corta la secuencia afectada y reconstruye los segmentos de la cadena de ADN, como cuando en las antiguos rollos de película se cortaba un trozo de cinta de celuloide para retirar un fragmento y luego se pegaban los extremos.

Se reconstruye el ADN y nadie del público se ha enterado de nada.

Para rizar el rizo, se ha demostrado que si una vez cortada la cadena de ADN se mete “en medio” del corte una molécula con secuencias complementarias y además se introduce en estas secuencias elementos que no estaban presentes en el genoma original, el sistema CRISPR-Cas9 es capaz de utilizar esta molécula con cambios como molde para reparar el corte, modificando así todo su genoma.

Movidas científicas tochas.

Los estudios sobre CRISPR/Cas9 —que recibieron en 2015 el Premio Princesa de Asturias de Investigación Científica y Técnica— no habrían sido posible sin el trabajo previo de un equipo de investigadores liderado por Francis Mojica, profesor de la Universidad de Alicante. De hecho, fue él mismo el que llamó a estos fragmentos genéticos CRISPR, término adoptado por toda la comunidad científica a nivel mundial. A pesar de todo, al estudio del equipo de Mujica le fue denegada la financiación durante varios años.

Tanto Francis como las investigadoras Emmanuelle Charpentier y Jennifer Doudna están en las quinielas del Nobel por haber abierto la puerta a una auténtica revolución en el ámbito de la Medicina. Y aunque las cosas del laboratorio van despacio, esta técnica de corta-pega ya está comenzando a usarse para curar afecciones crónicas o genéticas e incluso para corregir el genoma de embriones humanos con el objetivo de eliminar ciertas enfermedades hereditarias. Aunque claro, si hablamos de manipulación genética, es imposible no dejarnos seducir por cierta sensación de distopía asociada a los horrores de la ciencia. 

No puedo dejar de pensar en el diseño del oso de 'Annihilation'

Annihilation, disponible en Netflix, no es ni de lejos la primera obra en tratar los peligros de corregir los renglones torcidos de Dios —ahí tenemos La isla del doctor Moreau, Splice o Hanna en el lado de “la manipulación monstruosa” y Gattaca o Minority Report en el de la selección genética como nueva forma de discriminación—.

Sin embargo, además de por ofrecernos un relato de horror y ciencia ficción de corte existencialista bastante interesante en el que casi todo el reparto lo componen mujeres, la cinta llama la atención por los orígenes de su director, Alex Garland.

Y es que Garland, escritor, director y guionista ha dedicado parte de su carrera a hablar precisamente sobre los peligros de llevar los avances científicos y técnicos a un punto de no retorno (Ex machina, director y guionista; Dredd, 28 días después, guionista). Su propio abuelo, Sir Peter Garland, recibió junto a Frank Macfarlane Burnet el Nobel de Medicina en 1960 por el descubrimiento de la tolerancia inmunológica adquirida. Garland descubrió que si injertabas células extrañas en embriones de ratón, cuando estos crecían aceptaban trasplantes de piel del mismo donante, lo cual constituyó un avance enorme en el campo de los trasplantes de órganos en seres humanos y salvó, por tanto, millones de vidas.

De hecho, las artes han abordado también en múltiples ocasiones la idea de la manipulación genética como una herramienta positiva que podría incluso salvar a la humanidad de un futuro terrible. Así ocurría por ejemplo en la novela Guerra Mundial Z de Max Brooks o en Soy Leyenda, de Richard Matheson en la que el que parece ser único superviviente de una pandemia a nivel mundial trata de encontrar una cura para la misma mientras lucha día a día por no volverse loco. Todo eso por no hablar de la posibilidad de mejorar la especie humana y acabar convertidos en auténticos superhéroes mutantes.

“¿Qué sois ahora? ¡MUTANTES, MUTANTES, MUTANTES!”

¿Tiene entonces límites la ciencia o nuestro miedo se basa en un miedo atávico al progreso? Los interesados en estas cuestiones disfrutarán con la lectura de Contra natura: Sobre la idea de crear seres humanos de Phillip Ball pero, en cualquier caso, lo que está claro es que aunque a veces nos asuste, la ciencia no se hace sola. Y hay que hacerla.

¡Viva la ciencia!

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