La vida empuja a la lengua: de señora a señoro

'Señoro' tiene un sentido despectivo, señala a los varones que tratan de forma condescendiente a las mujeres

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Señoro señoreando
Señoro señoreando.

El escritor José Agustín Goytisolo le daba en un poema este aviso a su hija Julia: "Tú no puedes volver atrás, porque la vida ya te empuja". A su manera, las palabras también son empujadas por la vida, obligadas a adaptarse a las realidades y necesidades de un tiempo y un lugar. Hay cambios obvios: no existe una palabra para escáner hasta que este no se inventa, y dejan de emplearse las voces télex o béstola porque tales herramientas han sido desplazadas por el correo electrónico y por el arado mecánico, respectivamente. Pero hay otros cambios más sutiles; está la palabra que se ha ido haciendo al devenir de los tiempos, a las reclamaciones y modas que han ido apeteciendo a los hablantes.

La palabra "señor" reúne mucho de lo que le exigimos a una lengua cuando queremos adaptarla a nuestras necesidades. Desde sus primeros usos en castellano hasta el actual "señoro" que empieza a difundirse desde redes sociales, "señor" es una muestra de todo lo que somos capaces de hacer los hablantes con el idioma.

Como la mayoría de las voces de nuestra lengua, "señor" es herencia del latín. Viene de senex, que significaba "viejo"; de senex derivaba el comparativo senior-es, o sea, "más viejo(s)".

La estructura de poder vigente en la Antigüedad reforzaba la idea de que los jefes de familia, los mayores de cada casa, eran las cabezas visibles del grupo. Por eso el mayor, el más viejo, pasó a ser también el más respetable; señor va a ser no solo o no forzosamente el más viejo sino el importante, el tratado con deferencia. En ese punto se encontraba la palabra cuando la heredamos en castellano y aquí empezó la cadena de empujones a la que la hemos sometido.

La evolución a 'señoro'

Primer cambio: creamos un femenino. Por llamativo que parezca, en los textos castellanos más antiguos 'señor' valía para hombre y para mujer. En el siglo XIV leemos que un enamorado quiere cumplir "el mandado de aquesta mi señor" (Libro de Buen Amor), sin a y aludiendo, obviamente, a su amada.

No había ningún sexismo lingüístico en este hecho, sino el esquema que traía la palabra desde su origen; como era un comparativo, no conocía la terminación femenina; de hecho hoy seguimos sin tenerla en la mayoría de los comparativos latinos, no decimos mayora o peora (sí "superiora" porque, como señora, se ha convertido en sustantivo). El nuevo femenino, ya general al final de la Edad Media, se hizo añadiendo una marca, la a, a una palabra que acaba en consonante (como en andaluz, andaluza).

Segundo cambio: señor prestigia, pero también insulta. El uso respetuoso era el común; se podía aludir al "señor duque" o hablar de "mi señor". Pero desde el siglo XVII, el empleo de "señor" acompañado de formas insultantes se hizo frecuente: señor gandul, señora ladrona. Las formas "seor" y "so", con sonidos perdidos por el desgaste, vienen de señor y de ahí que digamos "so gandul" o "so lenta" (de hecho, posiblemente zopenco sea un "so penco", por poco trabajador). La contradicción de nuestro Julio Iglesias, que es un truhan y es un señor, resume bien la doble posibilidad del significado de señor... y lo sabes.

Igual que señor tiene su correlato insultante en so, señora lo tiene en... señora, que puede ser palabra sentida como una forma de cargar de años y de olvido a la mujer: el impecable debate en tres partes entre Elvira Lindo y Álex de la Iglesia cuando este aludía despectivamente a las señoras mayores nos da una muestra de ello.

Tercer cambio: le creamos una familia a "señor". Los sufijos del español nos han dado a señoritas y a señoritos, pero también a señoronas, señoritingos y otras especies. Y aquí también se ha pasado del respeto a los empleos más dudosos: el señorito era el hijo del señor y hoy es el inútil que no trabaja y vive de otros; la señorita era la señora no casada, pero hoy la palabra se ha restringido para la seño del cole, y se prefiere no usar señorita porque implica hacer una distinción de estado civil que no se practica en el masculino. Por su parte, señorones y señoronas hay en la lengua desde el siglo XVII y se convirtieron en palabra común del español cuando aparecieron como personajes en las novelas del XIX.

Cuarto cambio: el nuevo masculino "señoro". La anonimia de Internet hace complejo discernir quién empezó este uso, que hoy se localiza en redes sociales y en canales de mucha agilidad comunicativa. "Señoro" tiene un sentido despectivo, señala a los varones que tratan de forma condescendiente a las mujeres o dudan de la legitimidad del movimiento feminista.

Gramaticalmente, a los señoros les han puesto una marca explícita de género masculino, la o. Como señor es una palabra que ya es masculina, se trata de una especie de doble masculino que subraya peyorativamente el machismo de algunas actitudes:

De momento, el uso parece similar a otros juegos humorísticos con el género que se han hecho alguna vez y que no han pasado de ser empleos esporádicos fundados en las posibilidades del idioma. Por ejemplo, la terminación femenina –isa es rara, pero se da en varias palabras del español, como papisa y poetisa. Pues bien, en algunas ocasiones se ha usado en masculino poetiso, como "señoro", con sentido ofensivo. Pablo Neruda hablaba en sus memorias de un poetiso uruguayo que lo perseguía y criticaba, y llamó a Octavio Paz pululante poetiso en su Canto general. Tal vez a señoro le ocurra como a poetiso y se quede en ocurrencia inspirada que alguien tuvo, o quizá se extienda como le pasó a otras creaciones.

Tendemos a pensar que la lengua es como el tiempo, que cambia por ciclos que no dominamos y que actúa por caprichos fuera de nuestro control. Y se trata de lo contrario: la lengua no existe sino dentro de nosotros, y es lo que es porque queremos, acordamos y aceptamos que sea así. También está en las palabras para Julia: su destino está en los demás, su futuro es su propia vida. El límite para la lengua no está en el diccionario sino en nosotros.

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