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Batalla de los dioses antiguos y modernos por la atención de los humanos

'American Gods' estrena el 11 de marzo su segunda temporada en Amazon Prime Video

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¿Puede haber dioses sin humanos que los adoren? Odín, Ostara y Anubis se enfrentan a su propia decadencia ante un nuevo mundo que deposita su fe en otros aspectos de la vida: Internet, la Bolsa, el entretenimiento, las redes sociales o la globalización.

Bajo esta premisa, Neil Gaiman publicaba en 2001 American Gods, en la que aprovechaba la multicuturalidad de la sociedad estadounidense para hacer un recorrido a través los mitos y personajes del folclor árabe, eslavo, africano o nórdico. En su texto, esos antiguos dioses sobreviven camuflados en la sociedad, como taxistas o prostitutas.

Libran una batalla por recuperar el esplendor perdido en un escenario ajeno al habitual, entre los paisajes del Estados Unidos profundo. Es lo que David Barnett, escritor y periodista de The Guardian, definió como "el retrato de la pesadilla americana". La serie de Amazon Prime Video American Gods ha adaptado la trama de Gaiman y ya ha estrenado segunda temporada.

¿Nos hemos olvidado de los dioses antiguos?

La diferencia entre nuevos y viejos dioses es el contexto en el que reinan entre nosotros. "Un mito es un relato memorable y tradicional que cuenta la actuación paradigmática de seres extraordinarios (dioses y héroes) en un tiempo prestigioso y lejano", apuntaba en 2012 el escritor y helenista Carlos García Gual.

Los nuevos dioses, en cambio, no vienen acompañados de una parábola ambientada en el pasado, sino que responden a las necesidades de una sociedad que piensa en el aquí y ahora en la llamada cultura de la inmediatez.

En cambio, ¿acaso las afroditas, prometeos y hércules cuyas aventuras sustentaron la cultura occidental no siguen presentes a través de esos nuevos dioses? Sus arquetipos permanecen la forma de estrellas como Lady Gaga y Beyoncé y personajes de ficción como los superhéroes del cómic y el cine.

Lo que nos recuerda American Gods es que todas las sociedades necesitan creer en dioses. La universalidad de este hecho hace pensar a la ciencia que la religión está inscrita en el cerebro humano gracias a la selección natural y que cumple alguna función que ayudó en su día a los creyentes a sobrevivir, apuntaba Materia en un artículo de 2016.

Algunos estudios sugieren que la existencia de un orden supremo y la posibilidad de influir en él a través de ritos sirve a los individuos para reducir el estrés que genera no saber qué sucederá en el futuro.

Pero, a menudo, creer en dioses es un acto social. Jesse Bering, psicólogo de la Universidad Queens de Belfast, opina que creer en que seres supremos o nuestros ancestros muertos nos vigilan sirvió en las sociedades del paleolítico para fortalecer la cooperación en los grupos de cazadores recolectores. El miedo al castigo divino nos hizo más respetuosos con las normas sociales.

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