¿Cómo lo hace la gente que duerme en transporte público para despertarse cuando llega su parada?

Es posible, solo hace falta cierto entrenamiento, pero se trata de un sueño de baja calidad

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Es posible que este señor no lo lograra
Es posible que este señor no lo lograra.

Cualquiera que vaya en metro o en autobús se encuentra a menudo con una escena similar a esta: una persona sentada y dormida, con la cabeza apoyada en la ventana, abrazada a su mochila y con la boca entreabierta. El tren se para y abre los ojos casi como si alguien le hubiera dado un codazo. Mira a los lados, se despereza, se levanta y se baja con toda la tranquilidad del mundo.

¿Cómo lo hace? ¿Es algún superpoder? ¿Pasó años en una academia de artes marciales en la cima de una montaña de Japón aprendiendo esta técnica ancestral? ¿O es todo mentira y en realidad se ha pasado de parada y está intentando disimular?

1. Para echar estas cabezaditas hay que entrenar

“Normalmente es por entrenamiento -explica a Verne el doctor Juan Antonio Pareja Grande, director de la Unidad del Sueño de la clínica Quirón-. Es como cuando tienes que madrugar para coger un avión y te despiertas incluso antes de que suene el despertador”. Pareja añade que “tenemos una serie de relojes internos que no siempre se conocen muy bien” y compara esta facilidad para ajustar el tiempo que estamos durmiendo con el llamado “GPS cerebral”.

El especialista en Medicina del Sueño Eduard Estivill matiza que “no hay ningún estudio científico” que demuestre si funciona y cómo funciona esta capacidad y, aunque también pone el mismo ejemplo del despertador, aconseja, por si acaso, “no dejar de poner la alarma”. Eso sí, coincide en que “parece como si el cerebro aprendiera a ‘programarse’ para una hora determinada”, aunque aclara que se trata de una "apreciación personal".

2. Intentando compensar

Lo que se intenta con estas pequeñas siestas es compensar lo que nos puede faltar de sueño de la noche anterior. Es decir, en ese momento no necesitamos dormir varias horas, lo que hace más sencillo que no acabemos a kilómetros de nuestro destino.

“El sueño se regula de forma homeostática -explica el doctor Pareja-, de forma similar al hambre o a la sed”. Es decir, “se tiende al equilibrio” y a mantener constante la cantidad y calidad del sueño a lo largo del día. Si necesitamos dormir ocho horas, no dormiremos 15 solo porque podamos. La cabezadita en el autobús sería comparable a comer algo a media mañana o a media tarde: “Tienes algo de hambre y te comes un pincho de tortilla, pero no te apetece una paella”.

Aun así, también cabe recordar que “tenemos necesidades de sueño diferentes”. Hay gente a quien le basta con cuatro horas y otros que necesitan nueve, por lo que “el ajuste no será el mismo”. Por ejemplo, si necesitamos ocho horas y dormimos tres, es posible que caigamos en un sueño profundo y, entonces sí, nos pasemos de parada.

3. Una mala siesta

Cuando dormimos en transporte público, el sueño es muy fragmentado. Como explica el doctor Pareja, estas personas van despertándose y oyen los avisos de parada o miran por dónde van antes de volver a cerrar los ojos.

A esto hay que añadir los ritmos cronobiológicos: nuestro organismo está ajustado a dormir de noche y a estar despierto durante el día, por lo que nos resulta difícil dormir bien con la luz y el ruido del metro o del autobús.

La parte negativa es que estas cabezadas no nos ayudan a descansar de forma adecuada. Y eso a pesar de que según explica el doctor Estivill, “los últimos conocimientos sobre la siesta indican que 7 minutos de sueño (sin contar lo que tardamos en dormirnos) pueden ser reparadores”. El problema es que "cuando realizamos estos microsueños (así se llaman a estas pequeñas siestas en el metro o en el bus) dormimos en un sueño muy superficial, que es un estado de semivigilia y que si no llega a los 15 o 20 minutos" no es suficiente.

“Lo suyo sería una siesta reglamentaria”, añade el doctor Pareja. Es decir, “cómodos y en silencio”. Dormir en el metro “es el equivalente a comer corriendo” y se trata de “un sueño de baja calidad, muy superficial”.

De hecho, Estivill recuerda que estas pequeñas siestas las suelen hacer “personas que van cortas de sueño y esto sí es una patología". Los españoles dormimos poco, apunta: "45 minutos menos que el resto de los europeos”. Y el autobús o el vagón de un tren no es el mejor sitio para recuperar algunos de esos minutos.

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