Soy estudiante y comparto casa con 160 abuelos

He aprendido a disfrutar las pláticas casuales, las comidas y otras cosas que no sabía que me gustaban

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Soy holandés, tengo 27 años, estudio comunicación en la Universidad de Ciencias Aplicadas de Han en Arnhem (Países Bajos) y vivo en una residencia en Holanda con seis estudiantes y 160 adultos mayores que superan los 65 años. Llegué a Humanitas, que así se llama la residencia, en marzo de este año, después de ver un anuncio en el periódico de la Universidad. Un amigo ya había vivido ahí, así que conocía la dinámica. Los estudiantes que vivieran ahí tendrían una sola misión: ser buenos vecinos. A cambio podrían ocupar una habitación sin costo alguno. La idea me pareció increíble, así que envié mi carta de motivos y esperé la respuesta de la institución.

Este programa empezó en 2012, cuando Gea Sijpkes, director de la institución, decidió crear un ambiente cálido para los residentes de Humanitas. Él quería que tuvieran nuevas experiencias e historias, pues no se puede evitar el dolor y las discapacidades que llegan con la edad, pero sí se puede mejorar la calidad de vida de las personas. Esta idea de mezclar a jóvenes con personas mayores no es nueva. Según la International Association of Homes and Services for the Ageing hay programas similares en Lyon (Francia), Cleveland (Estados Unidos) y Barcelona.

Afortunadamente una semana después me llamaron para entrevistarme y dos semanas más tarde me convertí en uno de los seis estudiantes que residen en Humanitas. Han pasado apenas seis meses desde que me mudé ahí, pero en este corto tiempo he vivido cosas que jamás hubieran sucedido en una residencia estudiantil normal. Me he dado cuenta de que las cosas pequeñas que vivimos diariamente son las que cuentan. He aprendido a prestar atención a las cosas pequeñas que normalmente pasamos por alto.

Algo que se me ha quedado grabado en la mente es que la muerte no necesariamente es algo malo. Aquí te dicen mucho que disfrutes cada momento de tu vida y tienen razón, es necesario hacerlo porque cuando tengas más de 80 o 90 años podrás estar tranquilo de que hiciste todo lo que querías y eso nadie te lo puede quitar.

La paciencia es una de las cualidades que más he desarrollado aquí. Muchas veces, en la vida diaria, actúas tan rápido que el sentido y el sabor de lo que estás haciendo desaparece. En esta residencia, sin embargo, el tiempo transcurre más lento y tienes que aprender a vivir con ello. Caminas más lento, hablas más lento y todo fluye a otro ritmo.

Otra cosa que me parece importante es que he cambiado mi percepción sobre los adultos mayores. Antes de llegar a Humanitas, veía a las personas mayores con cierta tristeza y equivocadamente las compadecía. Pensaba que tenían muchas restricciones, que no podían hacer muchas cosas. Ahora, al vivir aquí mi visión ha cambiado. Los veo y lo único que percibo son posibilidades.

Por esto último, ahora me involucro más con ellos y en Humanitas no es complicado. Aquí los estudiantes estamos repartidos en los pisos del edificio. De esta manera, todos tenemos contacto con los abuelos que viven en la residencia. Nada es obligatorio y no hay horarios establecidos para convivir, se trata de realizar tus actividades diarias e integrar a los demás. Puedes visitarlos en su vivienda (cada uno tiene baño, cocina y cama propia) y jugar o simplemente platicar. Si hacemos fiestas siempre los invitamos y rara vez dicen que no. Les encantan.

No hacer distinciones y tratarlos como iguales es otro aspecto básico que pongo en práctica todos los días. Y es que a las personas mayores no les gusta que los taches de viejos, porque ser mayores no los hace ser menos personas. Harry, por ejemplo, es un hombre de 90 años que ama jugar al ping pong de cerveza y disfruta mucho cocinar con Patrick, otro compañero. El siempre dice que aunque su cuerpo se vea de cierta edad, su mente y su corazón siempre serán jóvenes. Eso es evidente.

Yo vivo y estudio aquí (Países Bajos), pero mis abuelos viven en Turquía, específicamente en el área kurda. Los conocí hace 10 años y jamás los volví a ver. Claro que me gustaría volver a encontrarlos, pero mientras eso pasa, aprendí que una persona ajena a mi familia también puede convertirse en una abuela. En mi caso, esa persona es Marty Weulink, una mujer de 90 años que ya me considera su nieto. Los momentos con ella han sido los mejores aquí. Jamás imaginé que comer sopa con una mujer que investiga sobre mis orígenes en Google usando el iPad que yo le enseñé a utilizar me hiciera tan feliz. Ella es mi otra abuela, la de Holanda.

Texto redactado por Abril Mulato a partir de entrevistas con Soers Doman.

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