En la universidad nos hicieron pasar 24 horas sin internet y hemos vivido para contarlo

Spoiler: nadie perdió a sus amigos

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Un estudio de Apple asegura que desbloqueamos nuestros iPhones una media de 80 veces al día. Es decir, que si pasamos 16 horas despiertos, lo consultamos una vez cada doce minutos. Y Facebook nos dice que pasamos casi cuatro horas diarias metidos en nuestros smartphones. Montserrat Doval y Susana Domínguez, profesoras de la Universidad de Vigo, sometieron a un ayuno digital a 150 alumnos de primero de los grados de Comunicación Audiovisual y Publicidad. 24 horas sin redes sociales. Sus alumnos entregaron informes sobre su experiencia, en los que describían sus ataques de pánico y sus ansiedades por una incomunicación tan prolongada. Es broma, a nadie se le vino el mundo encima. Pero mejor que lo cuenten ellos directamente. Aquí están algunos fragmentos de esos informes:

María Lamela (18 años)

Cedida por María

El sábado por la mañana, a las diez y media, mi hermana pequeña vino a despertarme. La primera cosa que hice, casi como un acto involuntario, fue comprobar que mi teléfono estaba en la mesilla de noche para saber lo que había pasado en el mundo mientras dormía. Pero el teléfono no estaba allí. Así que, por primera vez en mucho tiempo, fui directamente a almorzar con mi hermana. Y desde ese momento ya empecé a darme cuenta de que, tal vez, no fuera tan negativo desconectarse de vez en cuando. Siempre me quejo de lo rápido que crece mi hermana, sobre todo ahora que solo la veo los fines de semana: parece que solo lleva un mes en mi vida, pero ya tiene seis años. El sábado por la mañana le dediqué todo mi tiempo, sin ningún tipo de interferencias, y me hizo sentir muy bien verla jugar, tan feliz con el mero hecho de pasar la mañana en mi compañía.

Más tarde, fuimos a comer a casa de mis abuelos. Pese a que todos los fines de semana suelo ayudar a mi abuela a poner la mesa, esta vez fue diferente, porque solo le hacía caso a ella, nada interrumpía nuestra comunicación. Muchas veces nos creemos capaces de escuchar a las personas mientras hablamos con otras por WhatsApp, pero en realidad sobrevaloramos nuestra capacidad de atención. El resto de la comida fue más o menos igual que siempre, ya que no suelo tener el teléfono cerca. Me encanta escuchar las historias de mi abuelo y sus opiniones sobre el presente, porque Twitter no ofrece la posibilidad de conocer la opinión de las personas mayores.

Por la tarde fui a ensayar, como cada sábado, y al terminar fui a tomar algo con los amigos para hablar sobre temas que no tengan que ver con la música. Me di cuenta de que es posible quedar y hacer planes sin tener que preguntar cada diez minutos a las personas si ya han salido de casa, si van a llegar tarde o si finalmente van a venir.

Ya por la noche, al llegar a casa, volví a estar con mi hermana, jugando y escuchando lo mucho que había aprendido en la escuela, ayudándole con los deberes que le habían mandado para el fin de semana. Y también le acompañé a dormir, porque sé que le encanta que le haga compañía en la cama hasta que cae rendida y se le cierran los ojos.

A las doce de la noche llegó el momento de coger el teléfono de nuevo, y al encenderlo me encontré con que tenía gran cantidad de mensajes e interacciones en las redes sociales, pero realmente ninguna era tan importante como lo que nos perdemos fuera de las pantallas.

En lugar de acabar con una reflexión, lo haré con una invitación: dejemos de preocuparnos tanto por lo que sucede en nuestras redes sociales y por lo que sucede a las 400 personas a las que seguimos y centrémonos en disfrutar de todo aquello que nos realiza como personas. Estamos más preocupados por que nuestros amigos de Facebook piensen que somos felices que por serlo realmente. De vez en cuando, hay que dejar de compartir todos los buenos tiempos en los medios digitales y preocuparse por lo que realmente importa: vivirlos.

Diego Díaz López (21 años)

Cedida por Diego

Las primeras diez horas de ayuno digital fueron pan comido: me las pasé durmiendo. Las cosas, lógicamente, se complicaron al despertar. Me resultó extraño no poder hablar con mis amigos, como hacemos todas las mañanas. No dejaba de preguntarme qué estarían diciendo y haciendo en Lugo. Para calmar mi curiosidad, pasé el resto de la mañana realizando tareas pendientes de la universidad y resumiendo apuntes para los exámenes.

La tarde se me hizo amena dado que fui a ver jugar al equipo con el cual entreno. Esas horas suelo pasarlas desconectado, así que tampoco eché de menos el móvil. Pero, de vuelta en casa, el resto de la tarde fue un espejo de la mañana algo rara. Me resultaba rarísimo estar solo en el piso y no charlar con nadie, por lo que salí a conocer un poco más de Pontevedra. Me dirigí a la parte sur de la ciudad, la cual no conocía. Me fijé en que había muchas tiendas distintas a las de mi barrio y parques en los que poder estar un rato tranquilo.

De noche, como de costumbre, salí a correr. Creo que no fue la mejor idea del día dado que suelo hacerlo con pulsómetro, para controlar el ritmo, y con el móvil, para escuchar música que haga el ejercicio más llevadero. Finalmente, después de cenar, me puse a ver la tele, que es una cosa que nunca hago. Y no encontré ningún canal que emitiera algo que me interesara, más allá de las noticias. Por lo cual me fui a la cama y leí un rato para quedarme dormido.

Creo que la impaciencia se ha apoderado de nosotros y que necesitamos que todo nos llegue al momento. Hasta un simple mensaje de texto tiene que ser contestado casi al instante. Gracias a esta experiencia me he dado cuenta de que aproveché más la jornada sin la tecnología, porque normalmente nos quita horas del día. En realidad, en el día a día no necesitaría usar tanto el móvil, y sí que me vendría bien salir de casa un poco más. Aunque sí eché dos cosas de menos. La primera, la música que suelo escuchar tanto por las mañanas como al ir a correr. Y, la segunda, no poder ver alguna serie o película al acostarme. Por lo demás, creo que fue un gran día.

Paula Robleda Simón (19 años)

Cedida por Paula

Durante mi ayuno digital tuve que afrontar algunas cuestiones prácticas. El primer problema, por ejemplo, fue el despertador. Tuve que buscar concienzudamente por casa para encontrar uno que no fuese el del móvil. Otro de los problemas que me encontré fue la ausencia de Google Maps: puede parecer una tontería, pero hemos perdido bastante la capacidad de ubicarnos de la forma antigua. Es decir, buscando el nombre de las calles o preguntando a los transeúntes. Da la impresión que les molestas: somos cada vez más individualistas y, por lo tanto, en gran parte egoístas.

Una de mis actividades favoritas es ir en un bus, tren u otro transporte público, o incluso por la calle, e inventar la vida que puede tener la gente a la que veo. Sé que mucha gente tiene esta costumbre pero, cada vez más, solo se ve a gente pendiente de sus pantallas, por lo que se hace aburrido inventarles una vida, seguramente monótona y mediocre. Eso sí, gracias a las nuevas tecnologías es más fácil descubrir a una persona interesante, despierta. Por ejemplo, encontrándote a alguien leyendo un buen libro en vez de jugando al Candy Crush.

Personalmente, yo ya había hecho este experimento bastantes veces, a propósito o por algún fallo en el móvil u ordenador. Y siempre he llegado a la misma conclusión: soy muchísimo más productiva cuando solo dedico mi tiempo a hacer aquello que me llena o que debo hacer (estudiar, por ejemplo). A veces, cuando estoy con el móvil, un minuto acaba convertido en dos horas perdidas entre publicaciones de Instagram y demás.

Otra de las virtudes de estar sin aparatos electrónicos es tener más tiempo para reflexionar, pensar en aquello que te preocupa y de lo que has estado huyendo refugiándote en el móvil. En una palabra, llegar a ti misma, reencontrarte. Puede sonar excesivamente filosófico, pero es algo que debería hacer todo el mundo. Pararse a meditar. Cuanto más te conozcas a ti misma, mejor sabrás enfrentarte a conflictos internos y con otras personas, ya que todos compartimos ciertos sentimientos y comportamientos. Te ayuda también a ser más empático, más observador. Y sí, todo esto se puede conseguir con un día para ti y las personas que te rodean.

Cada vez más somos conscientes de que, sin retroceder, hay que hacer un uso más responsable de las tecnologías y de nuestro tiempo, que se va rápido y hay que aprovecharlo. Por lo tanto, creo que seguiré haciendo mucho más tiempo este experimento y retándome a mí misma a dejar un poco más el vicio del móvil.

Jordi López Berga (38 años)

Ya no recordaba la sensación de estudiar sin estar revisando el Facebook cada 20 minutos. Es cierto que estudiar "conectado" tiene sus ventajas. Pero, en mi caso, me gustó recuperar la sensación de estudiar con papeles, impresos con previsión, claro.

Pasadas las horas de estudio tocaba seguir en ayunas... Recibí la visita de amigos y fuimos a pasear por Pontevedra y a comer a un restaurante. Una vez en la mesa, me fijé en la cantidad de veces que mis amigos consultaban el teléfono. Incluso de manera enfermiza, llegaban a revisarlo cada cuatro minutos, en algún caso. Mis amigas también lo revisaban de vez en cuando, pero con menos insistencia que los chicos. De hacerlo, era para distraer a los más revoltosos de sus hijos.

Tocaba ver el partido de fútbol del Barcelona con los mismos amigos, esos que revisaban el móvil cada poco tiempo, Pero entonces aguantaron un poco más: exactamente 45 minutos. 45 minutos casi sin apartar la vista de la televisión. Eso sí, al señalar el árbitro el final del primer tiempo, todos echaron mano del teléfono. Durante la segunda parte se repitió el mismo procedimiento.

Mi conclusión después del ayuno es que dependemos de las nuevas tecnologías y que cada vez son más invasivas. Cada vez nos da la sensación que estamos en contacto con un número mayor de gente, pero la realidad es que en muchos casos no son relaciones muy cercanas. A mi parecer va unido al ritmo de la economía o del sistema. Cada vez más cosas, aunque no se disfruten tanto como se podría.

Rut Cruz Rodríguez (19 años)

Cedida por Rut

Antes de empezar con mi ayuno digital tuve que fijar la hora y el sitio en el que quedaría con mis amigos aquella tarde, puesto que normalmente nos avisamos con unos minutos de antelación e informamos de los posibles retrasos por Whatsapp.

Una vez hube apartado mi móvil y mi ordenador de la habitación, cogí el libro que estaba leyendo. Como imaginé, se me hizo un poco cuesta arriba al principio, dado que sentía la imperiosa necesidad de revisar una y otra vez mis redes sociales. Sin embargo, intenté calmar mis deseos pensando en que tan sólo faltaban dos horas para salir de casa.

Proseguí la lectura hasta las cinco, cuando salí con el coche para ver a mis amigos. Algunos comentaron lo que les había explicado sobre mi ayuno. Pensaban que no sería capaz de estar tanto tiempo desconectada. Pero se equivocaron. Dimos un agradable paseo, aunque les odié un poco cada vez que sacaban sus móviles y desconectaban de nuestras conversaciones. En parte me molestó por la envidia de que ellos pudiesen utilizar sus móviles y yo no.

El resto de la tarde fue bastante tranquila. Con el paso de las horas, ya casi había obviado la ausencia de la tecnología. Hasta que, por la noche, llegó el momento más duro de la prueba. Tengo la mala costumbre de ponerme a ver series en el ordenador a la hora de ir a dormir. No sabía qué hacer para conciliar el sueño, pues no soy de las personas a las que leer les ayuda a dormir. Todo lo contario: la lectura a veces me engancha hasta tal punto que se me hace demasiado tarde y a la mañana siguiente me encuentro fatigada. Así que, ese día, cambié las series por la televisión hasta las 00.30, cuando ya estaba suficientemente cansada para dormirme.

A la mañana siguiente ni eché en falta el móvil, porque, como hago a menudo, me puse a escuchar música y me abstraje del mundo. Después de comer, cuando llegó la hora de coger el móvil de nuevo, no sabía cómo sentirme. Por un lado, me sentía ansiosa por ver quiénes me habían escrito en ese tiempo. Pero había otro sentimiento en mí que era indescriptible. Me había dado cuenta de que, por mucho que lo intentásemos, seguiríamos usando las tecnologías el resto de nuestras vidas.

Creo que es imposible vivir desconectado cuando todo lo que te rodea (puestos de trabajo, estudios, amistades...) está informatizado. Y a veces me aterra pensar que quizás el ser humano, con el paso de los años, se vuelva cada vez mas antisocial. Recobremos aunque sea los valores del amor, la amistad y la familia y aparquemos el móvil estando rodeados de nuestros allegados. Quizás suene algo cursi, pero deberíamos atender y cuidar mucho más a aquellos que queremos, porque el día en el que nos falten, nos arrepentiremos de no haberlo hecho.

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