Jauja, Babia y otros lugares de la España imaginaria que existen en realidad

Este es el viaje de lo literario a lo literal del particular 'Atlas' de Julio Llamazares

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Se puede estar en Babia, así, como despistado, y se puede estar en Babia realmente, es decir, en una zona de hermosos valles verdes al norte de León. Esto puede ser Jauja, donde no se trabaja y solo se comen dulces, pero esto también puede ser Jauja, el pueblo de Córdoba donde sí se trabaja y se come cada día lo que toca. Se puede ir uno por los cerros de Úbeda, perdiendo el hilo de su discurso hasta perder de vista lo que se iba a decir, o se puede ir uno por los cerros de la verdadera Úbeda, que son unos verdaderos cerros de verdadera tierra y que están, claro, en la verdadera Úbeda.

Este viaje de lo literario a lo literal es el que hizo el escritor Julio Llamazares para configurar su Atlas de la España Imaginaria (Nórdica), un título que viene a unirse a otros tantos que podría decirse configuran una moda de los atlas curiosos (del Atlas de las Islas Remotas, publicados por Nórdica y Capitán Swing, a los Atlas de las ciudades Perdidas o de los Lugares Malditos, publicados por GeoPlaneta). Llamazares escribió estas crónicas en su día para La Vanguardia y ahora las recopila junto con las muy imaginarias ilustraciones de David de las Heras y las, por el contrario, muy reales y profundas fotografías de Navia. Hay en este libro un sonado contraste entre las entelequias de la mente y la España de piedra y tierra, de carne y hueso.

Estos son los lugares que, entre la ficción y la realidad, se reseñan en el atlas.

Jauja

En el paso La tierra de Jauja, de Lope de Rueda y publicado en 1.547, a la gente le pagaban por dormir, se castigaba a los trabajadores, las calles estaban pavimentadas de yemas de huevo y corrían ríos de leche y miel. La verdadera Jauja es un pueblo de unos 1.000 habitantes, situado entre Córdoba y Sevilla, a la vera del río Genil, aunque hay otra en Perú, lo que podría probar que algunos de los que acompañaron al conquistador Pizarro venían de estas tierras. Aquí, en vez de dulces por doquier, lo que hay son olivares y huertas muy pródigas. Tal vez la cantidad y calidad de frutas, verduras y hortalizas que crecen en estas tierras dieran pie a la leyenda, aunque muchas veces no han servido para mantener la economía del pueblo, que ha conocido la pobreza y la emigración. Ahora algo de turismo acude a conocer el origen del lugar imaginario.

Babia

Cuando León al noroeste linda con Asturias, bañada por el río Luna y presidida por la Peña Ubiña, llena de valles verdes, está Babia, la verdadera Babia. 1.500 babianos en 28 aldeas se diseminan por esta zona en el corazón de la cordillera Cantábrica, de donde salió la famosa colonia de limón Álvarez Gómez y las primeras mantequerías leonesas que llegaron a Madrid. Tierra, también, de ganaderos, la trashumancia les hizo dejar con frecuencia su hermosa y melancólica tierra. En las noches de invierno en Extremadura, los pastores babianos se quedaban abstraídos y ensimismados junto al fuego, pensando en su pequeña patria y todos los demás sabían que aquellos "estaban en Babia".

Entre Pinto y Valdemoro

No tan escondidos como el resto, es fácil ver Pinto y Valdemoro, separados por apenas seis kilómetros, cuando uno sale de Madrid por el sur. ¿Por qué esa separación entre estos dos lugares ha sido tomada como el epítome de la indefinición? Las explicaciones son diversas. La más extendida es la que habla de un bebedor que frecuentaba las tabernas de ambas localidades y gustaba saltar el riachuelo que media entre ellas hasta que un día, más bebido que de costumbre, se cayó en él: estaba entre Pinto y Valdemoro. Aunque nunca se produjera demasiado vino en aquellas tierras ni hubiera un riachuelo lo suficientemente caudaloso para sumergirse en él. Otra habla de una venta que había entre los pueblos en la que los reyes paraban a comer y descansar de camino a Aranjuez. Hoy en la zona, al borde de la carretera, abundan esos apéndices que le salen a las grandes ciudades cuando empiezan a disolverse en sus fronteras: gasolineras, chatarrerías, naves industriales o clubes con neones parpadeantes.

La ínsula de Barataria

Es el lugar en el que, según se narra en El Quijote, Sancho Panza ejerció de gobernador con muy mala fortuna: sus súbditos le tuvieron varios días sin comer por miedo a ser envenenado y pasando la noche en vela por culpa de los pleitos que le planteaban sus vecinos y los asedios de sus enemigos. A los siete días de suplicio, Sancho se montó en su asno y dimitió: no todo el mundo sirve para gobernar. En realidad se trata de Alcalá de Ebro, una localidad de cerca de trescientos habitantes situada en la provincia de Zaragoza. El río, en uno de sus meandros, rodea al pueblo casi completamente, y cuando crece y se desborda, lo convierte en una verdadera isla.

Las Batuecas

"Estar en Las Batuecas" describe un punto de extrañamiento similar al que describe "estar en Babia", aunque es un dicho bastante menos conocido y tiene un punto de misterio adicional. Hablamos de un valle aislado al sur de Salamanca, donde tan solo se encuentra un monasterio de carmelitas rodeado de paz y frondosa naturaleza: antiguamente se decía que los que vivían en Las Batuecas lo hacían en estado natural y primitivo, que adoraban al diablo y que andaban medio desnudos por allí. Los pastores no se atrevían a acercarse al valle e incluso se creía que lo habitaban personas que jamás habían contactado con la civilización, al modo de las tribus no contactadas del Amazonas. Además, el término batueco servía como término despectivo en Extremadura y Salamanca. Hoy encontramos, además de las leyendas, las pinturas neolíticas en las cuevas y abrigos del valle o el conjunto arquitectónico y etnográfico del pueblo de La Alberca.

Los cerros de Úbeda

Después de la batalla de las Navas de Tolosa, cuenta la tradición, las tropas moras supervivientes se refugiaron en la ciudad de Úbeda, que era la mayor y más fuerte de la zona. Hasta allí les siguieron los ejércitos cristianos, poniendo cerco a la ciudad que acabo tomada y destruida. Esta vez los árabes se batieron en retirada hacia Granada, cuando el rey Alfonso VIII reparó en que no había estado entre los suyos uno de sus mejores alféreces, Álvar Fáñez, el Mozo. Una vez localizado se dice que este alegó que se había perdido por los cerros de Úbeda. Al parecer no había sido por cobardía o despiste, sino por el influjo de una nativa que le cautivó hasta hacerle abandonar la disciplina militar. Esta es la interpretación más divulgada, aunque existen otras. Por ejemplo, la que cuenta de un alcalde que se perdía en sus locuciones al pensar en su amada, que vivía en aquella zona, o porque los citados cerros se ramifican por muchos lugares y cambian de nombre, por lo que es fácil perderse. Hoy en día los cerros siguen allí, llenos de olivos que, en efecto, pueden hacer que el viajero se pierda con facilidad.

Fuenteovejuna

"¿Quién mató al comendador? / Fuenteovejuna, señor", dice la obra homónima de Lope de Vega. En el año 1476 alguien mató al comendador Fernán Gómez de Guzmán, al que se le achacaban todo tipo de abusos, y todo el pueblo respondió en solidaridad: los oprimidos unidos contra los opresores. Hoy en día, la verdadera villa cordobesa de Fuente Obejuna sigue orgullosa de su fama y representan bianualmente la obra en la Plaza Mayor. Cabeza de un municipio donde hay otros 14 pueblos blancos (uno se llama El Provenir de la Industria), en Fuente Obejuna son los principales suministradores de cerdo ibérico para las fábricas de embutidos y jamones de Córdoba, Huelva o Salamanca. Sin embargo, el éxodo a la ciudad en la segunda mitad del s. XX ha mermado la zona, provocado el decaimiento de la actividad agrícola y dejado a la población perdida en medio de las dehesas y lejos de cualquier núcleo importante. Pero quedan los versos: "¿Y quién es Fuenteovejuna? / El pueblo, todos a una".

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