De la sangre de dragón al marrón momia: 9 colores con historia

Las novias no siempre se casaron de blanco

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Muchos cuadros de los siglos XVIII y XIX tienen restos de momias egipcias. Hay un pigmento rojo cuyo origen se creía que era la mezcla de sangre de dragón y elefante. Las novias no siempre se casaron de blanco. Estas son algunas de las historias que recoge la periodista Kassia St Clair en Las vidas secretas del color, donde explica el origen de 75 tonos diferentes. Desde el blanco ayabalde hasta el negro noche cerrada, pasando por tonos de amarillo, naranja, rosa, rojo, púrpura, azul y verde. Nos detenemos en nueve de ellos.

1. Las novias se casan de blanco, pero solo desde 1840

Las novias no siempre se han casado de blanco: “En Occidente, los vestidos de novia eran por lo general de colores diversos hasta que, en 1840, la reina Victoria llevó uno de satén color marfil con encaje inglés. Muchas novias siguieron con entusiasmo su ejemplo”. En este artículo de Time se explica que en época de esta reina, el color más popular era el rojo.

No fue la primera reina en casarse de blanco (ya lo había hecho María Estuardo en 1558), pero se popularizó gracias a ella. “El número de septiembre de 1889 de la revista Harper’s Bazaar recomendaba ‘el blanco marfil y lampás (un tejido de lana) para las bodas celebradas en otoño”. St Clair relaciona la elección de la reina Victoria con la popularidad cada vez creciente del marfil: “Cuando las cacerías de elefantes se convirtieron en un símbolo de estatus, el prestigio del marfil no hizo sino aumentar. El color se benefició de la asociación”.

La reina Victoria y el príncipe Alberto tras su boda, en un grabado de 1840

2. ¿De qué color es el color carne?

En mayo de 2010 se celebró una cena de Estado en la Casa Blanca en honor del presidente de la India. “La primer dama, Michelle Obama, escogió para la ocasión un vestido en tonos crema y dorado del diseñador Naeem Kahn”, nacido en Bombay. Los medios hablaron del “color carne” y de un vestido “nude” (desnudo en inglés). Fueron muchos quienes, como la periodista de Jezebel Dodai Stewart, se preguntaron: ¿Nude? ¿Para quién?”. Este nombre asume que se habla “de un tono de piel caucásico”.

Hay alternativas: arena, champán, biscuit, melocotón y beis, por ejemplo. Pero, como escribe St Clair, “el problema no es el color ni tampoco la palabra en sí, sino el etnocentrismo que se oculta detrás”, y recuerda que la mayoría de las tiritas, las medias y los sujetadores aún se siguen fabricando como si todos tuviéramos el mismo tono de piel. “Sabemos que ‘nude’ es un espectro de color y no un tono específico. Ya va siendo hora de que el mundo que nos rodea lo refleje también”.

El vestido 'nude' de Michelle Obama. O mejor champán. O arena. O beis. Brendan Smialowski / Getty Images

3. El amarillo de Van Gogh

En agosto de 1888, Vincent Van Gogh estaba pintando una serie de cuadros con girasoles con los que quería cubrir las paredes de su estudio. Lo hacía “con el entusiasmo de un marsellés ante una bullabesa”, recoge St Clair, y confiando en que serían una sinfonía de “amarillos duros y ásperos”. Esos amarillos los logró gracias a un pigmento relativamente nuevo, el amarillo de cromo, que “debía sus orígenes al descubrimiento en 1762 de un cristal de color escarlata anaranjado en la mina de oro Beresof, en pleno corazón de Siberia”. De este mineral, la crocoíta, se extrajo un elemento nuevo, el cromo, con el que se comenzaron a elaborar pigmentos en 1808.

Por desgracia, el amarillo de cromo se vuelve marrón con los años y algunos estudios muestran que los pétalos de flores del pintor holandés se han oscurecido “debido a la reacción del amarillo de cromo con otros pigmentos si le da el sol. Al parecer, los girasoles de Van Gogh se están marchitando, justo como ocurrió con los originales en el mundo real”.

Estos girasoles de Van Gogh están en la Neue Pinakothek de Munich. Getty Images

4. El rosa no siempre fue el color de las niñas (ni el azul el de los niños)

De este tema ya hablamos en Verne, pero no está de más recordarlo: “La estricta línea divisoria del rosa para las niñas y el azul para los niños solo se remonta a mediados del siglo XX. En un artículo sobre ropa de bebé publicado en el New York Times en 1893, la regla establecida era poner siempre rosa a los niños y azul a las niñas”. En 1918, un folleto decía que el rosa era “un color más decidido y fuerte”, mientras que el azul era “más delicado y melindroso”.

St Clair recuerda que el rosa es “un rojo desvaído, algo que en tiempos de militares de casaca roja y cardenales de sotana en el mismo tono, hacía que fuera el color más masculino de los dos, mientras que el azul era el color del manto de la Virgen María”. También hay que tener en cuenta que los niños de menos de dos años solían vestir de blanco, que era “fácil de lavar en lejía”.

Una de las imágenes de 'The Pink & Blue Project', de la fotógrafa JeongMee Yong

5. ¿Por qué Ferrari va de rojo?

El periódico francés Le Matin propuso un reto en la primera página de su edición del 31 de enero de 1907: “¿Hay alguien dispuesto a ir este verano de Pekín a París en automóvil?”. Uno de los cinco equipos que se presentó fue el del príncipe Borghese, “un orgulloso aristócrata” romano que “insistió en que su vehículo fuera de fabricación italiana”. Fue un 40-HP Itala fabricado en Turín “y que pintaron de un estridente color rojo amapola”.

Los 19.000 kilómetros de carrera pasaron por la Gran Muralla China, el desierto del Gobi y los Urales. Pero Borghese estaba tan seguro de su victoria “que se alejó varios cientos de kilómetros del recorrido para que él y sus pasajeros pudieran asistir a un banquete celebrado en su honor en San Petersburgo”. Cuando llegarón a París, el rojo ya era más bien “del color de la tierra”, pero "en honor a su victoria, el tono original de su vehículo se convirtió en el color oficial de las carreras en Italia y más tarde en el adoptado por Enzo Ferrari para sus coches: rosso corsa, rojo de carreras”.

Kimi Raikkonen en el Gran Premio de España de 2017. Lluis Gené / Getty Images

6. Sangre de dragón

En el siglo XVI muchos aún creían que este pigmento procedía de la mezcla de la sangre de dragones y elefantes de la India, cuando morían juntos tras un enfrentamiento. “El pigmento existe”, aclara St Clair, aunque su origen es más prosaico: “Se trata de una resina de un rojo sanguinoliento que se suele extraer con frecuencia -aunque no siempre- de árboles del género Dracanea”. Sin un pasado tan interesante y aquejado del problema de que oscurecía con la luz y se tardaba en secar mezclado con óleo, los pintores lo dejaron de lado en el siglo XIX.

Sangre de dragón en incienso en polvo (izquierda) y en pigmento (derecha). Andy Dingley / Wikimedia

7. Azul ultramar

La mayor parte del lapislázuli que se usaba para confeccionar el pigmento del azul ultramar en Occidente antes del siglo XVIII procedía “de una única fuente: las minas de Sar-e-Sang”, en Afganistán. La extracción, el proceso y el transporte hacían que este pigmento fuera especialmente caro, sobre todo en el norte de Europa, hasta el punto de que a muchos artistas les salía a cuenta viajar a Venecia, primera escala en el continente, para comprarlo.

El pigmento era muy apreciado porque no incorporaba matices verdes, como otros azules: “El ultramar es verdaderamente azul, en ocasiones rayando en violeta, y es extremadamente duradero”. En 1828, un químico francés desarrolló una alternativa sintética, mucho más barata, pero “los artistas se quejaban de que era demasiado plano” y “le faltaba la profundidad, variedad e interés del pigmento verdadero”. El artista francés del siglo XX Yves Klein estaba de acuerdo y “trabajó con un químico durante más de un año para desarrollar un tipo de resina que, cuando se mezclaba con el pigmento sintético” lograba un tono de azul, patentado como International Klein Blue, que lograba “alcanzar la claridad y lustre del original”, y que convirtió en el centro de muchas de sus obras.

'Monocrómo azul sin título IKB 100', de Yves Klein. yvesklein.com

8. El verde sospechoso de haber matado a Napoleón

En la década de 1980 se extendió el rumor de que los británicos habían envenenado a Napoléon, confinado en la isla de Santa Helena. ¿Cómo? Usando el papel de su habitación, con un diseño pintado con verde de Scheele.

Este verde fue desarrollado por el sueco Carl Wilhem Scheele en 1775: estaba estudiando el arsénico y descubrió por casualidad el arsénico de cobre, de un verde que se puso de moda en las siguientes décadas. “Para 1858, se estimaba que había unas 100 millas cuadradas (259 kilómetros cuadrados) de papel pintado decorado con verdes de arsenato de cobre en los hogares, hoteles y salas de espera de hospitales y estaciones de tren del Reino Unido”.

Hasta que comenzaron las muertes sospechosas, como la de Matilda Scheurer, una joven de 19 años que llevaba 18 meses trabajando en la confección de flores artificiales. En 1871, un artículo del British Medical Journal apuntaba que un trozo de papel de 38 centímetros cuadrados “contenía suficiente arsénico como para envenenar a dos personas adultas”.

De todas formas, en 2008 se analizaron muestras de cabello de Napoleón en diferentes etapas de su vida y se descubrió que los niveles de arsénico eran muy altos para los estándares actuales, pero eran normales en la época y habían permanecido relativamente estables a lo largo de toda su vida.

Diseño de papel opinado de John Henry Dearle para la empresa de William Morris (siglo XIX). Historical Picture Archive / Getty Images

9. Restos de momia

La palabra persa para betún era mum o mumiya, por lo que se creía que todas las momias contenían esta sustancia, aunque no era así. El betún y, por extensión, las momias, “se habían venido utilizando como medicina desde el siglo I d. C.”. Se aplicaba en la piel o se bebía mezclado con un líquido, recomendándose para multitud de dolencias, desde detener las hemorragias hasta la epilepsia.

“Como las boticas también solían vender pigmentos, no es tan sorprendente que el rico polvo marrón acabara asimismo en las paletas de los artistas”, a veces llamado marrón de Egipto o caput mortum (cabeza de muerto). Lo usaron artistas como Eugène Delacroix, Martin Drölling y el pintor prerrafaelita Edward Burne-Jones, que creía que el nombre era metafórico hasta que un domingo de 1881 “un amigo le relató que acababa de ver cómo sacaban una [momia] en el almacén de un comerciante de pigmentos”. Burne-Jones se espantó tanto al oírlo que fue a su estudio, cogió su tubo de esta pintura e insistió en enterrarlo “como es debido”. A principios del siglo XX la demanda ya era escasísima y dejó de fabricarse paulatinamente.

'El último sueño de Arturo en Avalon', obra para la que Edward Burne-Jones probablemente usó el pigmento de momia. Wikimedia

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