Cuando el futuro no era feo

'Blade Runner' conjuga el horror de una sociedad deshumanizada con un paisaje visual arrebatadoramente bello

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Una escena de 'Blade Runner 2049'
Una escena de 'Blade Runner 2049'

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Como buena hija de mi tiempo, uno de mis lugares comunes favoritos en cualquier historia es, al igual que decía Rainer Maria Rilke, Schöne ist nichts als das Schrecklichen Anfang, es decir, lo bello como comienzo de lo terrible. Algo muy propio de las últimas décadas del siglo XX, cuando tantos creadores abrazaron la idea de un futuro que nos traería diferentes movidas a cada cual más tremenda. Sin embargo, una no puede negar que, por aterradores que resultaran aquellos escenarios, son una auténtica maravilla visual.

Con la intención de recuperar ese espíritu y provocarte un stendhalazo, esta semana ha llegado a los cines Blade Runner 2049, treinta y cinco años después del estreno de la Blade Runner original. Treinta y cinco años son muchos comparados con los cuatro que llegaban a vivir aquellos modelos Nexus 6 que huían por todo Los Ángeles intentando encontrar, si no la forma de conseguir más tiempo, al menos respuestas. Puede que sin saber a qué preguntas. Algo con lo que llenar el vacío que la Mayor Motoko intentaba desentrañar mientras buceaba en Ghost in the Shell (1995), heredera directa de la cinta de Ridley Scott.

'Ghost in the Shell' (1995). Cuando ser un ciborg no te salva de la depresión

Es posible que fuera la empatía que todos acabamos sintiendo por Roy, ese ser más humano que un humano, parte del por qué a pesar de su escaso éxito inicial, se ha vuelto a mirar una y otra vez a Blade Runner a lo largo de los años. Puede que no guste a todos o que algunos no hayan sido capaces de verla entera, pero pocos te dirán que no hay algo hipnótico en la sucesión de imágenes, casi onírica y en su estética neo noir futurista. Algo de lo que en gran medida era responsable Moebius, y Jodorowsky, aunque este último fuera responsable de destrozar aquel Dune que acabaría diseminado en tantos proyectos. Y también de darnos mucha risa años después, hablando de todo ese dinero que luego se metía en el bolsillo en Jodorowsky’s Dune (Premio del Público en Sitges 2013), el documental del chileno Frank Pavich que reflejaba los porqués del fracaso de aquella película que nunca se llegó a filmar pero a la que se le debe tanto.

Y es que Blade Runner es muy probablemente el mayor exponente de esa época en la que, a la hora de imaginar con un futuro distópico, era muy fácil conjugar el horror de una sociedad reaccionaria y deshumanizada con un paisaje visual arrebatadoramente bello. Figuras vestidas con ropa que podría resultar de una increíble mamarrachez de no estar rodeadas por ese aire perpetuo de fatalidad, caminando por calles llenas de humo, casi en total oscuridad, con los rostros enmarcados por cientos de luces de neón. Un poco como las grandes capitales de Asia a día de hoy.

Gente guapa, al fin y al cabo, a la que le llueve encima todo el rato. Porque en los 80, excepto para George Miller, en el futuro llovía todo el rato. Blade Runner 2049 llega en un momento en el que muchos de los escenarios que se planteaban se acercan más a nuestra realidad cotidiana pero que se alejan bastante de esa belleza trágica (aunque no siempre). Las calles llenas de humo tienen bastante poco de thriller mórbido y sensual.

Y es que ya incluso desde antes de que se anunciase que los Juegos Olímpicos de 2020 tendrían lugar en la ciudad de Tokio, —igual que ya ocurría en su versión postapocalíptica en Akira (1988)— cabe preguntarse hasta qué punto ese futuro tantas veces repetido, homenajeado y romantizado se ha convertido en gran medida en nuestro presente.

Yo, particularmente, no puedo evitar sentirme decepcionada ante la fealdad de nuestras propias realidades distópicas, desprovistas de la elegancia que se presuponía a ese abominable futuro que le aguardaba a la humanidad. Las que sí que refleja uno de los tres cortos que sirven de precuela a la película de Villeneuve, Blade Runner Black Out 2022, dirigida por Shinichiro Watanabe, autor al que si no conoces estás de suerte, ya que acaban de subir dos de sus obras más aclamadas a Netflix.

Quizá 2049 nos traiga nuevas perspectivas ante las que estremecernos (para bien y para mal). Puede que las dudas sobre el yo sean las de siempre­ — que son, al fin y al cabo, tan viejas como el mundo—. Pero por si acaso, y como algunos temen, 2049 acaba siendo un despliegue visual vacío de contenido, si uno quiere soñar con las atrocidades que nos aguarda nuestro futuro más inmediato siempre puede recurrir a la siempre socorrida posibilidad de un mañana poblado de roboces. Y a lo que los humanos podríamos hacer con ellos.

Incluso podemos asomarnos a los horrores cósmicos que habitan el mar profundo, donde uno aún puede llenarse de un pavor inconmensurable. Y maravillarse ante tanta elegancia. Cualquier cosa, al fin y al cabo, que nos ayude a distraernos de lo feo y mezquino que ha acabado siendo el futuro.

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