Escribir y tomar té

El otoño trae algunas de las mejores cosas de la vida

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[Este artículo pertenece a La Carta de Verne, nuestra newsletter que llega todos los domingos. Si quieres empezar a recibirla, apúntate aquí]. Por fin ha entrado el otoño. O eso es lo que todos hemos pensado cuando esta semana han empezado a caer del cielo algunas gotas, tímidas en un primer momento, y que de repente se convertían en un tremendo chaparrón autumnal (¿sabíais que autumnal es sinónimo de otoñal? Yo me acabo de enterar y me parece precioso). El caso es que apetece dejar lo que estés haciendo un segundo; maravillarse un poco con todo ese proceso meteorológico que se desencadena en un brevísimo espacio de tiempo y que a mí siempre me recuerda a esta canción de Yann Tiersen.

Se acaban los pantalones cortos y las uvas pero empiezan una de las mejores cosas de la vida: el boniato. Al horno, al microondas o si nos sentimos exóticos, con mantequilla de miso, como proponía esta semana Mónica Escudero en la web de El Comidista. Muy pronto, casi ya, una podrá ir a comprar castañas asadas y disfrutar del proceso de ponerse las manos como un deshollinador.

También ir preparándose un té, ahora que el tiempo permite tomárselo sin que nos dé un sofoco, llevárselo hasta el escritorio y ponerse al día la correspondencia, si una se siente inclinada a continuar con las tradiciones decimonónicas. Puede que, volvámonos locos, escribir una nota a mano e incluso lacrarla, un proceso que despojado de todo su pragmatismo y que solo persiste como forma artística inequívocamente hipnótica.

Si una se encuentra demasiado perezosa para escribir cartas puede consultar las de Van Gogh (gracias, Internet), o calzarse (por fin) las botas y el sombrero y decidir salir la calle para acudir a eventos como este Jane Austen en otoño, organizado por El salón de té de Jane Austen como parte de la celebración del bicentenario de la escritora que mejor ha radiografiado la dicotomía entre el individuo y la sociedad en la que debe buscar un hueco.

De otras mujeres escritoras se ha hablado esta semana a raíz del Congreso Capital del Columnismo celebrado en León esta semana. Lamentablemente no por las bondades del congreso en sí, sino porque en el avance del cartel que se daba a conocer a finales de septiembre figuraban doce nombres. Todos masculinos.

Los ponentes del Congreso Capital del Columnismo debaten sobre el futuro del periodismo.

La organización lo achacaba a un descuido y afirmaba con rotundidad que los nombres femeninos se agazapaban detrás de ese “¡y muchos más!”. Finalmente, el cartel quedó conformado por veinticinco nombres: cinco mujeres y veinte varones. Esa misma mañana el hashtag oficial del evento #Leocolumnas quedaba inundado por mujeres periodistas y lectores que se quejaban por la falta de representación femenina a pesar de tratarse de casi el 50% del sector según el último estudio anual de la Federación de Asociaciones de la Prensa de España (donde también se señalaba que solo el 21% de las mujeres participa en los consejos de administración de los grandes medios españoles).

Se aprovechaba también el hashtag para recomendar féminas que escriben columnas, quedando servidora especialmente complacida al dar con la fabulosa Elena Álvarez Mellado, que escribe artículos sobre lengua tan estupendos como este. Sobre los porqués de semejante parquedad de nombres femeninos, hablaba la periodista Delia Rodríguez con mucho tino.

No obstante, no parece que nadie haya tomado nota sobre lo ocurrido, porque justo el día que se inauguraba el mencionado congreso ocurría esto.

Pero es domingo y aunque sea otoño no queremos ponernos tan pochos. Aún queda espacio en lo que queda del día para resolver algún misterio. Puede que para refugiarse del incipiente frío tomando un chocolate caliente, como el que según el hilo de Ana Vega preparaban a mansalva en la Real Cocina del Palacio Real de Madrid, que acaba de ser abierta al público.

O sentarse en una butaca a leer. O a releer, como es mi caso, que he vuelto a visitar A sangre fría, un poco porque el asesinato sin motivo aparente de la familia Clutter también ocurre en otoño y porque es estupendo adentrarse en la maldad y el frío estando calentita y cómoda en tu casa. Si es posible en pijama.

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