Más que reinas de las fiestas: las mujeres reclaman más protagonismo en las tradiciones

En los últimos veinte años ha habido avances, pero siguen ocupando papeles secundarios

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Celebración de 2018 del Alarde de Irún
Celebración de 2018 del Alarde de Irún.

Podría parecer que las fiestas regionales son solo una excusa para el esparcimiento, para bailar la canción del verano en las verbenas y para ensalzar desmedidamente los iconos locales. Sin embargo, si se miran con atención, también nos dicen muchas otras cosas sobre nuestra sociedad, como, por ejemplo, sobre la incorporación de las mujeres a los espacios públicos.

El 1 de julio de 1996, la periodista Cristina Angulo firmaba una crónica sobre el Alarde de Irún que, más que la descripción de una fiesta, era una crónica de sucesos. La periodista hablaba de "insultos, empujones e intentos mayores de agresión contra las mujeres del colectivo de Mujeres de la Comarca del Bidasoa que intentaron desfilar"; hablaba también de que "la gente, en las aceras, intentó desafiar el cordón policial para quitar chaquetas y boinas a las mujeres"; de que "recibieron además impactos de huevos"; y de que "permanecieron toda una hora refugiadas en los arcos del Ayuntamiento".

¿Qué ocurrió aquel año? El Alarde de Irún es un desfile que conmemora la victoria de las milicias forales sobre el ejército francés en 1522 y que solo permitía la presencia de mujeres como cantineras y no como soldados, reservándoles un papel secundario. Sin embargo, en 1996, unas cincuenta mujeres se plantaron en la plaza de Urdanibia vestidas de soldado para participar en el desfile y se armó la marimorena.

Después de un par de años especialmente agitados, incluyendo heridos en la edición de 1997 y la intervención de la Justicia (aquí se puede consultar la cronología del conflicto, que se vivió de forma parecida en Hondarribia), las mujeres se vieron obligadas a montar un desfile por su cuenta, que se celebraba el mismo día y contaba con la misma música, los mismos trajes y los mismos ritos, pero que, a diferencia del desfile tradicional, toleraba a las mujeres en igualdad de condiciones.

Esta historia podría parecer cosa del pasado si no fuese porque este 2018 se han cumplido veinte años celebrándose los dos desfiles paralelos. Es decir, si bien, por suerte, los episodios violentos sí son cosa del pasado, las mujeres siguen relegadas a un papel testimonial en el desfile principal, que congrega a 8.000 participantes, mientras que su desfile, con unos 1.500 participantes, tiene que celebrarse aún al margen. Es más, el Ayuntamiento solo recibe de manera oficial a los integrantes del desfile masculino, ignorando a quienes participan en el desfile igualitario.

Maribel Castelló, que pertenece a la junta del Alarde igualitario, opina en conversación telefónica que "las fiestas populares suelen ser una representación del poder de cada uno en la sociedad. Y las instituciones, en vez garantizar la igualdad en el uso del espacio público y adoptar un papel activo a la hora de corregir las desigualdades, está dando a entender que hay dos categorías". Castelló valora que, en este caso, la sociedad va por delante de las instituciones municipales: "Seremos el Alarde del futuro y a ver cómo sostienen lo de no recibirnos", concluye.

La historia anterior, como decíamos, podría parecer una triste herencia del pasado, de no ser porque cada verano conocemos casos parecidos. Este año se ha hablado mucho de las fiestas de la localidad riojana de Cervera del Río Alhama, donde tradicionalmente los jóvenes solteros eran los únicos que participaban en La Gaita, un baile que se realiza en las fiestas de Santa Ana y de San Gil.

Algunas chicas del pueblo se sumaron el año pasado al baile de San Gil, lo que desembocó en su suspensión, por decisión de las cofradías organizadoras. Sin embargo, en las fiestas de Santa Ana de este año, que se celebraron del 25 al 27 de julio, las chicas sí que bailaron finalmente, aunque no con el grupo masculino de danzantes, sino detrás de los dulzaineros, ocupando otra vez un espacio secundario. Y, mientras que los danzantes masculinos acabaron en la calle de La Gaita y don Manuel Montero López, las chicas lo hicieron en la carretera, según esta noticia del diario La Rioja.

Las cofradías de esta localidad riojana apelan a "la tradición" para justificar su resistencia a una Gaita mixta. El presidente de la Cofradía de San Gil, por ejemplo, aseguraba a Efe que no tenían "fuerza moral" para cambiar la tradición. El presidente de la Cofradía de Santa Ana, por su parte, afirmaba que su junta "no se ve con potestad" para cambiar algo que se viene celebrando desde hace 400 años.

Estrella Santana, alcaldesa de Cervera del Río Alhama, explica por teléfono a Verne que los grupos de baile pertenecen a las cofradías y que tienen sus propias normas, por lo que "el Ayuntamiento tampoco puede entrar directamente". De hecho, el Ayuntamiento no ha mostrado una postura conjunta sobre la polémica. "Mi opinión personal —nos dice la alcaldesa— es que, como dice nuestra Constitución, no puede haber discriminación por sexo, y ninguna tradición puede estar por encima de esa norma. Y, por otro lado, también creo que el hecho de que una costumbre lleve mucho tiempo no significa que sea correcta".

Los roles de género

Que tradicionalmente las mujeres no desfilasen o no bailasen en las fiestas tampoco significa que no participaran en ellas. El investigador Enrique Antuña, profesor de la Universidad de Oviedo, recuerda que, tradicionalmente, las fiestas regionales han reproducido los roles clásicos de género. Por un lado, "la tarea de organizar la fiesta suele recaer sobre colectivos —sociedades, comisiones, hermandades, cofradías, peñas...— cuya composición ha mostrado históricamente una clara tendencia a la preeminencia, cuando no a la exclusividad, masculina", escribe en su investigación De reinas a majorettes: representaciones de la mujer en el ritual festivo de la España contemporánea.

Mientras, las mujeres quedaban relegadas a la preparación de la indumentaria para procesionistas y danzadores, así como de la escenografía festiva (colgaduras, banderas, carrozas, etcétera). "Aunque estén empapadas de la excepcionalidad del tiempo festivo, la cocina, la labor textil y las actividades a medio camino entre la artesanía y las manualidades se acomodan bien al repertorio de habilidades tradicionalmente reconocidas como propias de las mujeres", escribe Antuña.

Como ha ocurrido en tantas otras esferas de la sociedad, la mujer ha ido ganando terreno en el mundo de las fiestas. Está, por ejemplo, el caso de otra localidad riojana, Nieva de Cameros, donde las mujeres han participado por primera vez este año en un baile tradicionalmente masculino sin mayores problemas. Y también las fiestas regionales han experimentado avances en diversidad, como en la localidad extremeña de Almendral, donde una vecina trans fue elegida dama de honor en sus fiestas de 2014.

Una mujer con un protagonismo excepcional en las fiestas españolas fue Núria Martínez, la primera en participar como festera, hace veinte años, en el desfile del ejército cristiano en las fiestas de Moros y Cristianos de Alcoi, que tradicionalmente restringía esta posibilidad a los hombres. La crónica de aquella participación, firmada en 1998 por Lucía Gadea, recuerda que, poco después de empezar el desfile por la calle de San Nicolás, "su presencia dio pie a una pitada entre el público que quería evidenciar su rechazo a la participación de la mujer en la fiesta".

Hemos preguntado a Fonèvol, una asociación que lleva 15 años batallando para que las mujeres tengan los mismos derechos que los hombres en las fiestas de Alcoi, sobre cómo han evolucionado las cosas desde aquella primera participación de Núria Martínez en un desfile. "No puede hablarse de una inclusión plena, ya que solo un 3,3% de los festeros de pleno derecho son mujeres. Todavía hoy, algunas filaes (comparsas) rechazan la admisión de mujeres o las derivan a papeles secundarios", nos explica Hermínia Blanquer, vocal de Fonèvol.

Según nos cuenta, el papel tradicional de las mujeres en los Moros y Cristianos alcoyanos, además de preparar los trajes y aplaudir al paso de los hombres, se ha limitado más bien a funciones de acompañamiento. La consecuencia de la ausencia de mujeres en las filaes (comparsas) es que "no puedan disfrutar de los locales sociales de estas, ni de las actividades y celebraciones que se llevan a cabo durante todo el año", nos dice Hermínia. Otra consecuencia es que las mujeres, por lo general, "carecen del derecho a participar en las votaciones ni a tomar decisiones sobre la fiesta".

Esto tampoco significa que no haya habido progresos. Para Hermínia, "en los últimos cuatro años se han producido muchos avances como la participación de las mujeres en actos en los que nunca habíamos podido participar y un cambio en la mentalidad de una buena parte de la sociedad de nuestra ciudad, lo que nos da esperanza y fuerzas para seguir". Eso sí, también reconoce que necesitan "la implicación incondicional de las instituciones públicas, que siguen financiando esta discriminación".

La investigadora alcoyana Verónica Gisbert dedicó un trabajo a las fiestas de su ciudad, titulado Ni moras ni cristianas: género y poder en las fiestas de Moros y Cristianos de Alcoi. En él, recogía las palabras que una vecina había escuchado en boca de un vecino: "Desde mi punto de vista no me gusta una mujer ahí igual que no me gustaría ver a un hombre de Fallera Mayor, con la misma comparación no es machismo ni feminismo".

Mencionar a las falleras nos sirve para recordar otro de los papeles tradicionales que ha ocupado la mujer en las fiestas regionales: el de reinas de las fiestas. Mucha gente ha cuestionado este papel, como el profesor Gil-Manuel Hernàndez i Martí, quien publicó un artículo titulado "La reina fantasma" en el que analizaba el papel de las mujeres en las Fallas valencianas, y detectaba "un discurso y una praxis" sobre las mujeres falleras "capaz de elevarlas a la categoría de reinas simbólicas de la fiesta, pero a cambio de apartarlas del control efectivo de esta". Este profesor de la Universitat de València sintetiza esta visión con la siguiente frase: "Tal y como se concibe estructuralmente la fiesta fallera contemporánea, las falleras reinan, pero no gobiernan".

Las fiestas regionales, por tanto, son un buen prisma para analizar la incorporación de la mujer a espacios públicos tradicionalmente vedados para ellas. Y, como hemos visto, en los últimos años se han producido ciertos avances, aunque las mujeres que desfilan en el Alarde de Irún aún lo hacen al margen, las mujeres que bailan en Cervera han tenido que hacerlo por detrás de los dulzaineros y las mujeres que forman parte de las filaes alcoyanas solo llegan al 3,3%. "¿A qué se debe esta incorporación tan lenta?", preguntamos a Hermínia Blanquer, de Fonèvol. "Las tradiciones y las fiestas reflejan las relaciones que existen en la sociedad y las personas que se encuentran en situaciones de poder son reacias a compartir sus privilegios", nos responde.

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