Protestar con los pies: la caminata de Caty y Juan Antonio en defensa de la España rural

"Buena parte de la historia ha sido escrita con los pies de los ciudadanos", afirmaba Rebecca Solnit

  • Comentar
  • Imprimir
Juan Antonio y Caty
Juan Antonio y Caty.

Un día de verano en el pequeño pueblo de Pedrajas, a 12 kilómetros de Soria, Caty Gálvez (79 años) y su marido, Juan Antonio Suárez (85 años) supieron que varias plataformas ciudadanas habían convocado una protesta en Aranda de Duero (Burgos) para exigir la finalización de la Autovía A-11, también conocida como Autopista del Duero porque sigue el recorrido del río, en obras desde hace 26 años.

La protesta estaría precedida por una marcha lenta de vehículos el 25 de agosto. Caty y Juan Antonio tenían las ganas, pero también dos carencias: sin coche y sin carné de conducir, no parecía que pudieran unirse. Sí tenían, en cambio, unas piernas acostumbradas a caminar. Se miraron y ella dijo: "¿Qué? ¡Aúpa! Pues venga". Él se dejó llevar por su inagotable compañera de caminatas.

"Aquello no suponía más que estar cuatro días fuera del hospicio de los viejos y dijimos: "¡Vamos a escapar!", cuenta Juan Antonio a Verne por teléfono, entre carcajadas. La caminata de 115 kilómetros no ha sido más que "un paseíto". Han hecho el camino de Santiago cuatro veces, han ido desde Finisterre hasta Roma y han ido varias veces de Barcelona a Soria y de Soria a Madrid.

Con ese bagaje, caminar desde Soria hasta Aranda de Duero no les impresionaba lo más mínimo. Para ellos, la decisión de llegar a pie estaba lejos de cualquier ambición: "Pues que no tenemos coches; así de fácil. No creíamos que pudiera ampliarse tanto la noticia: dos personas que van a un sitio y punto", dice él.

Por el camino, les seguían varios periodistas y al llegar a Aranda eran ya una especie de héroes y símbolo de la protesta organizada por Soria ¡Ya!, Plataforma de Aranda de Duero por las Infraestructuras y Plataforma A11 Pasos. Les pidieron que dijeran unas palabras al llegar. "Pregunté qué pecado habíamos cometido para que nos tuvieran con este castigo", dice.

Caty es de Ceuta y Juan Antonio es de Soria y, aunque ambos residen en Cataluña, su implicación con Soria es inagotable. Aunque no tengan coche ni carné, ellos reclaman una autopista porque piensan en los jóvenes y las generaciones futuras. "Si se puede plantar un árbol, el fruto no lo cogeremos los mayores, pero ¿y si vamos viendo que se instalan empresas? Dicen que no vienen porque no hay infraestructuras", asegura él.

Juan Antonio compara la situación de Soria con El disputado voto del Señor Cayo, la novela de Miguel Delibes en la que los candidatos se acuerdan del pueblo olvidado para ir a pedir el voto. Y también con Cenicienta: "Soria es la Cenicienta. Es la que hace y la que se traga la suciedad para que otros presuman. Contribuimos para que se hagan cosas que nosotros no tenemos".

Habla él desde el teléfono de Caty porque ella ha respondido y ha echado a correr: está preparando, junto con las vecinas del pueblo, un belén con materiales reciclados, como cada año, y teme que se les eche la Navidad encima. El matrimonio reside en Cataluña, pero pasa largas temporadas en Pedrajas (Soria), "hasta que el frío nos echa".

La revolución empieza en los pies

Caty y Juan Antonio no saben por qué su acto tuvo tanta repercusión. Para ellos, no se trata más que de dos personas entre la masa, haciendo algo a lo que además están acostumbrados. Caminar nos parece simple, necesario para ir de un lado a otro, y a menudo obviamos su potencial.

Pero la misma herramienta que nos permite ir a la nevera a ver qué hay o salir a pasear por placer, ha sido una herramienta de protesta que ha alterado el devenir histórico de lugares como París (donde caminante y revolución siempre fueron de la mano), Buenos Aires (donde madres de desaparecidos empezaron a caminar en 1977 y aún se reúnen semanalmente) o Armenia, el caso más reciente de una revolución iniciada a pie.

En marzo 2018, Nikol Pashinyan, diputado de un partido de la oposición, inició la campaña "Da un paso, rechaza a Serzh", una protesta con la que pretendía forzar la dimisión del primer ministro, Serzh Sargsyan. Caminó desde Gyumri, la segunda ciudad de Armenia, hasta Ereván, la capital, a lo largo de 117 kilómetros.

Tal fue la cantidad de gente que se iba uniendo a la marcha a su paso y que le esperaba en Ereván, que lo que empezó como una caminata contra la corrupción acabó forzando la dimisión de Sargsyan. A la marcha se había unido hasta un perro que Pashinyan, convertido en primer ministro, acabó adoptando.

Como recuerda Rebecca Solint en Wanderlust. Una historia del caminar (Capitán Swing), "buena parte de la historia ha sido escrita con los pies de los ciudadanos". En un momento en el que impera la inmediatez, cabe preguntarse si caminar no se estará convirtiendo en un acto revolucionario, en parte, por la lentitud que conlleva.

Anna María Iglesias, que ha publicado recientemente el libro La revolución de las flâneuses (Wunderkammer), cree que hay otro componente más importante: la consciencia. "Caminar como acto reivindicativo no puede ser un acto automático o inconsciente", cuenta a Verne por correo electrónico.

"Caminar siempre ha estado asociado a las manifestaciones y a las reivindicaciones, unas reivindicaciones que, desde la lucha feminista hasta la lucha por los derechos sociales, pasa por apropiarse del espacio", añade Iglesias. Lo que hace que caminar sea efectivo como herramienta de protesta política es, a su modo de ver, el hecho de que se "camine transgrediendo límites y barreras".

Que caminar en compañía conduce a una especie de comunión entre los caminantes que comparten creencias y reivindicaciones es una idea en la que coinciden tanto Solnit como Robert Moor, autor de En los senderos (Capitán Swing). Solnit habla de "la rara y mágica posibilidad de una especie de comunión popular" que además "hace desaparecer el miedo individual y desdibuja las individualidades".

Solnit considera que lo que dota de una fuerza especial a la caminata como acto reivindicativo es el sentido de comunidad cuando varios caminan juntos con el mismo fin. Sin embargo, algunas personas solitarias también han conseguido, si no cambiar el mundo con los pies, al menos llamar la atención sobre sus reivindicaciones y servir como inspiración.

'La revuelta de la España vaciada' a pie

El 31 de marzo de este año, plataformas como Teruel Existe y Soria ¡Ya! convocaron "La revuelta de la España vaciada", que congregó a decenas de miles de personas procedentes del medio rural en Madrid. Caty reconoce que, de haberse enterado a tiempo, ella y su marido habrían ido andando. "Pero ya les he dicho que si hacen otra, que me apunten, que vamos caminando", añade. No fueron ellos, pero sí lo hizo otro soriano.

Raimundo Martínez (67), alcalde de Torrubia de Soria, decidió aprovechar la protesta para insistir en la causa local que lleva años reivindicando. Y lo hizo caminando, en compañía de la burra que le prestó un amigo, desde su pueblo hasta Calatayud, un trayecto de 53 kilómetros. Después de haber acaparado la atención de los medios, devolvió la burra y tomó el AVE hasta Madrid.

"Lo que me llevó a ir a pie es que llevo años con la reivindicación de que se apruebe una línea de autobuses Soria-Calatayud, porque no tenemos ninguna conexión. Como coincidió que se celebraba la manifestación, y al no tener otro medio, opté por ir andando y después en AVE", ha explicado Martínez a Verne por teléfono.

La presencia de la burra Margarita, que le llevaba el equipaje y la comida, era más bien simbólica, y con ella Raimundo quería "manifestar que nos estamos quedando sin nada y que al final vamos a volver a usar animales para poder desplazarnos". El eco de su gesta aún resuena: "Este verano, sorianos que viven fuera me están llamando para tomar una cerveza y felicitarme. Siento una satisfacción que da ganas de seguir".

Otras caminantes solitarias han conseguido poner el foco en sus causas, como en el caso de dos ancianas estadounidenses. A Mildred Normal la conocían como Peregrina de la Paz y Abuela de Forrest Gump. Cuando reclutaron a su marido durante la Segunda Guerra Mundial, intentó que se declarara objetor de conciencia. Como no lo consiguió, decidió dejarle. Salió a pasear por el bosque y vivió una especie de epifanía que la llevó a decidir que se dedicaría a caminar en nombre de la paz.

Después de convertirse en la primera mujer que cruzó el Sendero de los Apalaches en solitario, recorrió más de 40.00 kilómetros por Estados Unidos durante casi 30 años con la única intención de divulgar su mensaje. Como ella, la activista Doris Haddok (Granny D) caminó durante más de un año para exigir una reforma financiera. Cuando llegó a su destino, había cumplido 90 años.

Caty, Juan Antonio y Raimundo son conscientes de que ni siquiera han conseguido lo que reivindicaban, pero el aliento de quienes luchan por lo mismo que ellos les ha dado fuerzas para intentarlo cuando vuelva a presentarse la ocasión. Los tres han conseguido llamar la atención sobre cuestiones que durante años no importaban fuera de su región. Y los tres comparten una ambición: inspirar a los jóvenes a luchar por lo que un día debería ser suyo.

* También puedes seguirnos en Instagram y Flipboard. ¡No te pierdas lo mejor de Verne!

  • Comentar
  • Imprimir

Comentar Normas

O conéctate con:

Lo más visto en Verne