Y si todo esto se acaba en 2050, ¿qué?

Si el mundo, el mundo humano que conocemos, se fuera a acabar ahora, o sea, dentro de unos años, ¿no estaríamos viviendo de otra forma?

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Un amigo dice que le daría mucha tranquilidad y perspectiva que se confirme lo del fin del mundo. La frase la articula Jordi en un grupo de Whatsapp a propósito del colapso de la Tierra que la gente que sabe de colapsos y de tierras predicen para el año 2050. Si el mundo, el mundo humano que conocemos, se fuera a acabar ahora, o sea, dentro de unos años, ¿no estaríamos viviendo de otra forma? ¿Dejaríamos con más facilidad algunos trabajos? Los que pudieran, igual harían política de tierra quemada como el escritor Javier Pérez Andújar. Cada día que pasa sin trabajar dice que está “supercontento”.

Saber que culminamos con la extinción de la especie, por ejemplo, nos daría una nueva épica. El filósofo Jean Baudrillard dijo que el fin de la civilización era una suerte para la generación que estuviera ahí. Eso debe ser tan fascinante, dijo, como asistir a su inicio.

En el grupo todos nos visualizamos de viejos, como en la faceapp, y la gente empieza a decir la edad que tendrá cuando todo se esté yendo definitivamente a la mierda. Yo tendré 58. Jordi, por ejemplo, 70. En el episodio de Years & Years en el que empieza una guerra nuclear entre EEUU y China, la gente lo mira por televisión (aún hay televisiones) y se sujetan de los brazos, muertos de miedo. Un personaje de la serie abandona al marido, toma un coche y echa a correr en busca del amante, un refugiado que vive en un centro de internamiento. Supongo que la perspectiva de un final te da cierto apresuramiento a pasar los últimos años con la, o las, personas que te den menos miedo. Porque el ser amado es exactamente eso, la persona que te da menos miedo.

La perspectiva de un final temprano —y apoteósico— te evita otro disgusto: la incertidumbre. Jordi dice que, a él, le salvaría de pensar en la jubilación, por ejemplo. Si se confirma el colapso del planeta, ya puede empezar a vivir de espaldas a eso. Hacer lo que quiere. Vivir a su bola. Ser él mismo. Como esos anuncios de Tinder en el metro. Aunque vivir de frente a tu jubilación, que es lo que hacemos cada día la mayoría, tampoco es que sea ya garantía de nada.

En fin.

Quizás en el 2050 haya ancianos suicidándose colectivamente en rituales extraños, poniendo punto y final a sus vidas porque, total. Sobrevivir a tu propio dinero tampoco parece la mejor idea. La población estará tan envejecida que no sabrán ni dónde peinarnos. Los jóvenes —los hijos adolescentes que no tenemos, los hijos de otros— nos culpabilizarán eternamente. Nos llamarán catetos por todos los líos y humos y plásticos generados. Que hayamos visitado tantos países gracias a las aerolíneas low-cost les parecerá directamente una obscenidad. Nos dirán “qué vergüenza, mamá, ni se te ocurra contarlo delante de mis amigos”. Nos mandarán justificadamente a hacer barbacoas lejos de su campo de visión. Nos suplicarán que no lo hagamos delante de ellos. Esos adultos que dan tanto asco. Dirán.

Otro amigo por el grupo de Whatsapp dice: “En el 2050 Greta tendrá 47 años. Dato”.

El mundo no se va acabar, en todo caso nos acabaremos nosotros: primero como seres orgánicos que somos; y luego como especie. Nos hemos zampado el planeta como una hamburguesa del Five Guys con barra libre de bebida y coca-colas zero sabor cereza. Ahora nos estamos comiendo las patatas que cayeron al fondo de la bolsa.

Hay foros en Internet preguntándose por el fin del mundo. Incluso en Forocoches hay un hilo de debate “Año 2050, FIN DEL MUNDO + TemaSerio”. En otro hilo se preguntan qué será de los hombres blancos heteros y creen, amargamente, que en ese mundo futuro les obligarán a apuntarse a cursos de perspectiva de género. Vaya distopía. No saben que, con suerte, quizás no haya que esperar ni al 2050 para eso.

La madre de un amigo le dice a este que no le explique a su hermana, que acaba de tener a su tercer hijo, lo del 2050. “¿Pero eso dónde ha salido? ¿Qué colapso?” Un informe de la ONU. El chico le lee un titular de La Ser por eso de ganar crédito: “La ONU confirma la destrucción del planeta”. Calla, anda. No me lo creo. No se lo cuentes a tu hermana. “La vida en las ciudades será invivible”, le cuenta. “Bueno, pues eso me parece bien. Vuelve al pueblo”, la madre aprovecha. En el grupo de WhatsApp no faltan los aspirantes a neohippies románticos que pretenden sortear el colapso comprándose un prado sin saber nada más del campo.

Se ha augurado cientos de veces el fin del mundo, el fin de la civilizaciones. Siempre con la correspondiente muletilla: el mundo tal y como lo conocemos. Así es que lo que nos aterroriza es lo no conocido, quizás es solo el síntoma de que nos hemos hecho viejos. Hemos asistido tantas veces al apocalipsis en las películas que, quizás, cuando es de verdad, tampoco nos lo creemos. Nos resulta poco épico, decepcionante. No hay asteroides del tamaño de Texas amenazando a la Tierra como en Armageddon. Ni ataques bacteriológicos ni, claro, plagas de muertos vivientes. Según el calendario maya, 2012 marcaba el fin de una era. Y aquí seguimos: siendo, estando, contaminando y quizás, algunos, con menos dinero. El apocalipsis verdadero eran las crisis económicas. Cuando decían que el futuro era esto se referían a zulos de Idealista y patinetes eléctricos.

Dice Timothy Morton en su Ecología oscura que los seres humanos, y no los delfines, inventaron las máquinas de vapor y perforaron la tierra en busca de petróleo. Pero eso no basta para considerarnos especiales. Solo en los últimos 50 años la Tierra ya ha perdido más de la mitad de sus animales. Y algunos científicos hablan ya de la Sexta Extinción Masiva, de la que los seres humanos somos, claro, responsables directos. Cómo no íbamos a perecer por siempre también nosotros. Me parece hasta lo propio


Anna Pacheco es periodista y escritora. En la serie de artículos Terror adulto reflexiona sobre precariedad, miedos y sentimientos de una generación que ronda la treintena llena de contradicciones

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