Cuando se dejaba por carta y no por WhatsApp: las calabazas que le dieron a Hemingway

En esta época del amor en redes sociales resulta especialmente interesante leer la carta que recibió de joven el escritor. De aquel desamor sacó, al menos, inspiración para 'Adiós a las armas'

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Hemingway, en 1917
Hemingway, en 1917.

Tenía 19 años cuando probó las amargas mieles del rechazo en una misiva en la que su examante, mayor que él, intenta suavizar el golpe con un tono maternal quizá más doloroso aún.

"Es malo sufrir pero es bueno haber sufrido". La cita es nada menos que de san Agustín y es probable que al jovencito y despechado Hemingway le hubiera venido bien conocerla entonces. Ningún orgullo, y menos cuando apenas se ha dejado la adolescencia, se libra de quedar tocado cuando te abandonan.

Además, Ernest Hemingway recibió ese primer golpe de desamor en una carta llena de paños calientes que, si bien eran un gesto de amistad para no herir más de la cuenta, podían haber provocado el efecto contrario. En cualquier caso, tuvo la elegancia de, debido a la distancia que los separaba, redactar una elegante carta para comunicar el fin. En la era del WhatsApp y las redes sociales, cada vez son más los rompecorazones 2.0 que con un breve mensaje despachan lo que hasta entonces ha sido una relación intensa y sincera. Ay.

La remitente, Agnes von Kurowsky, era una enfermera siete años mayor que Ernest conoció en Milán, donde se recuperaba de sus heridas de metralla cuando repartía chocolate a los soldados en una trinchera del norte de Italia, en la Primera Guerra Mundial. El libro de Pan Mac Millan, Love Letters of the Grear War, revela una serie de correspondencias íntimas en tiempos revueltos, como relata el periodista Tim Auld en este artículo. Por esas cartas, desfilan personajes como Churchill, Apollinaire o el poeta Roland Leighton y Vera Brittain, además de esta enfermera americana, cuya carta recientemente descubierta dice así:

De Agnes von Kurowsky a Ernest Hemingway,

Hospital de Milán,

7 de marzo de 1919

 

Ernie, querido niño,

Escribo esto tarde, de noche, después de haberlo pensado mucho y me temo que te va a doler, pero estoy segura de que no te hará un daño permanente. Antes de que te marcharas, aun cuando parecía como si nunca estuviéramos de acuerdo en nada, me pasé bastante tiempo intentando creer que estábamos enamorados de verdad. Pero las constantes discusiones me agotaban tanto que al final cedí para evitar que cometieras alguna locura.

Después de un par de meses lejos de ti, sé que sigo encariñada contigo, pero es un sentimiento más de madre que de amante. Sería bonito decir “soy una niña”, pero no lo soy. Y cada día que pasa lo soy menos.

Así que, Niño (aún eres el Niño para mí, y siempre será así), ¿podrás perdonarme algún día por haberte engañado sin querer? Ya sabes que en realidad no soy mala, y no es mi intención hacerte daño, y ahora me doy cuenta de que fue mi culpa que desde el principio cuidaras de mí, y lo siento con toda mi alma. Pero soy demasiado mayor; lo soy ahora y lo seguiré siendo siempre. Esa es toda la verdad, y no puedo eludir el hecho de que eres tan solo un chico... un niño.

He intentado con todas mis fuerzas que entendieras aquello que pensaba en aquel viaje de Padua a Milán, pero te comportaste como un niño mimado y no pude evitar herirte. Ahora tengo el valor de hacerlo pero porque estoy lejos. Sin embargo -y créeme que esto que digo es para mí también algo repentino-, voy a casarme pronto. Y deseo y rezo para que después de que hayas asimilado todo esto bien, estés preparado para perdonarme y comiences una maravillosa carrera y demuestres todo lo capaz que eres realmente.

Siempre con admiración y cariño,

Tu amiga,

Aggie

Bibliotecaria en sus orígenes y de padre alemán, Agnes estaba más curtida en amores que el joven Ernie, como lo llamaba ella. Tenía 26 años, siete más que Hemingway cuando se conocieron, y al autor de Fiesta le caló hondo, tanto como para pedirle que se casara con él. Pero ella nunca se lo tomó en serio. Es probable que Hem viera en ella un halo protector y que brotara un cierto complejo de Edipo hacia una enfermera aún joven pero mayor que él que le cuida cuando está lejos de casa.

A Ernest lo hirió un obús mientras repartía chocolate a los soldados en unas trincheras en el verano de 1918; quedaban aún unos meses para que terminara una guerra que segó la vida de 9 millones de combatientes, es fácil pensar en una sensación de desamparo.

En su novela Adiós a las armas, considerada una de las mejores sobre la Primera Guerra Mundial y publicada 10 años después de su experiencia en Europa, Hemingway transformaría a su Aggie en la enfermera Catherine Barkley, con quien vive una historia de amor/desamor con el joven y soñador Frederick Henry. En 1921, Hemingway se casa por primera vez, con apenas 22 años, con Hadley Richardson. ¿Despecho? Aquel matrimonio le abrió un sinfín de experiencias a Hadley, como vivir el París bohemio del París era una fiesta junto al emergente escritor norteamericano. ¿Se habría arrepentido Agnes von Kurowsky de no haber tomado más en serio al imberbe Ernie?

Es malo sufrir, pero es bueno haber sufrido, decíamos al principio del artículo. En el caso de Hemingway, las calabazas de Agnes le sirvieron para armar la trama sentimental de su autobiográfica Adiós a las armas.

Reproducimos algunos extractos de la novela en la que aparece Catherine Barkley, alter ego de ese amor de juventud no correspondido:

El sol empezaba a ponerse y el ambiente refrescaba. Después de cenar, me hubiera gustado ir a ver a Catherine Barkley. Ojalá stuviera aquí ahora. Deseé estar con ella en Milán. Comeríamos en el Cova y después pasearíamos por Via Manzoni bajo al caluroso atarceder, para después bordear y cruzar el canal antes de ir al hotel con Catherine Barkley. Quizá accediera. A lo mejor se figurase que yo era su novio, al que mataron, y fuésemos a la puerta principal y el portero se quitase la gorra y entonces yo me detendría ante el mostrador del conserje y pediría la llave y ella esperaría junto a la puerta del ascensor, y luego entraríamos en el ascensor, que subiría muy despacio, crujiendo en cada piso, y lleguaría nuestro piso y el botones abriría la puerta y se haría a un lado y ella saldría y yo saldría y los dos caminaríamos por el pasillo y yo metería la llave en la puerta y la abriría y entraríamos y luego descolgaría el teléfono y pediría que nos subieran una botella de capri bianco en un recipiente de plata lleno de hielo y, cuando llamara, le pediría al camarero que la dejara fuera, junto a la puerta, por favor. Porque iríamos desnudos porque haría mucho la calor. Y dejaríamos la ventana abierta, con las golondrinas volando por encima de los tejados de las casas y cuando hubiese oscurecido y nos acercáramos a la ventana unos murciélagos muy pequeños estarían cazando sobre las casas y sobre las copas de los árboles y beberíamos el capri y la puerta estaría cerrada con llave y haría calor y sólo una sábana y la noche entera y nos amaríamos el uno al otro toda la noche en la calurosa noche de Milán. Así deberían ser las cosas. Debía cenar rápido e ir a ver a Catherine Barkley.

Claro ejemplo de cómo la literatura y la imaginación se convierten en el consuelo más socorrido para la peor de las nostalgias: la de lo que nunca sucedió.

Y un último pasaje de Adiós a las armas donde un honesto Hemingway no se sonroja al rememorar esa relación en la que le tocó el papel de suplicador de besos y que refleja con nitidez aquel amor imposible:

Yo apreté su mano.

—Querida Catherine...

—Ahora eso me suena muy divertido..., Catherine. No lo pronuncias del mismo modo. Pero eres muy simpático. Eres muy buen chico.

—Eso es lo que me dice el cura.

— Sí , eres muy bueno. ¿Vendrás a verme?

—Claro que sí.

—Pero no es necesario que me digas que me quieres. Se acabó todo por un tiempo.

—Se levantó y me tendió la mano—. Buenas noches.

Quise darle un beso.

—No —dijo ella—. Estoy espantosamente cansada.

—Pero bésame —dije

—Estoy espantosamente cansada, querido.

—Bésame.

—¿Tanto lo deseas?

—Sí.

Nos besamos y ella se apartó bruscamente

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