Por qué nos parece que cualquier tiempo pasado fue mejor

Los estudios muestran que la nostalgia nos hace más empáticos, más sociales y también más desprendidos

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Quizás el tío Gilito se hizo rico porque es un recuerdo de nuestra infancia
Quizás el tío Gilito se hizo rico porque es un recuerdo de nuestra infancia

Los remakes de las películas de nuestra infancia. Las páginas que recopilan imágenes de viejos juguetes y series de dibujos animados. Las camisetas de Naranjito. Los memes que nos recuerdan que de niños jugábamos en la calle. Los libros que te cuentan lo que hacías de joven. Los avisos de Facebook y de aplicaciones como Timehop que te muestran de nuevo las fotos que compartiste hace años.

Está claro que la nostalgia funciona: nos gusta recordar épocas que con toda probabilidad no fueron tan maravillosas como en nuestra memoria e incluso estamos dispuestos a gastar dinero en discos, películas y colecciones que nos traigan un trozo de ese pasado idealizado, además de seguir perfiles en redes sociales que se dedican a evocar estos recuerdos. ¿Por qué nos dejamos llevar tan fácilmente por la nostalgia?

Un pasado idealizado

Cuando nos ponemos nostálgicos, recordamos un pasado idealizado “en una combinación de muchos recuerdos diferentes, todos integrados, en cuyo proceso se han filtrado todas las emociones negativas”, escribe el neurólogo y psiquiatra Alan R. Hirsch.

Es decir, tenemos tendencia a olvidar con más fácilidad lo negativo, quedándonos con los recuerdos positivos, como explica a Verne el neurocientífico Francisco Mora, autor de ¿Es posible una cultura sin miedo?. Por eso tenemos presentes las buenas experiencias de la infancia: los amigos, los buenos ratos en el recreo, los juguetes… Y olvidamos los ratos no tan buenos: los suspensos, los castigos, las horas aburridas en clase de matemáticas…

“La memoria no es fidedigna, sino que se modifica constantemente”, añade Mora. Cada vez que evocamos un recuerdo, este “pasa por un periodo lábil en el que es susceptible de ser modificado en relación a nuevos acontecimientos” y de forma inconsciente, con el objetivo de que “nos sea más provechosa para el futuro”. En esta reconstrucción de los recuerdos influyen nuestras expectativas, deseos, estereotipos y valores morales, como escribe Francisco J. Rubia en El cerebro nos engaña, hasta el punto de que “llenamos huecos, redondeamos aristas y hacemos lógico lo que no lo es”.

La nostalgia nos lleva a menudo a nuestra niñez, que es la época en la que, añade Mora, “nos vemos más refugiados y protegidos contra cualquier daño”. No es algo nuevo: Mora recuerda cómo muchos emigrantes vuelven en su vejez a la ciudad o el pueblo de su infancia, en una experiencia que, con todas las excepciones que se quiera, suele ser “enormemente gratificante”.

La nostalgia, una emoción social

Clay Routledge, coautor de varios estudios sobre esta emoción, recordaba en Scientific American que sentimos nostalgia sobre todo acerca de eventos personales significativos que incluyen a personas cercanas (familia, amigos, parejas), como las vacaciones y las Navidades, por ejemplo. Este sentimiento puede verse provocado por interacciones sociales (encontrarse con un viejo amigo), inputs sensoriales (olores, música) y objetos tangibles (una fotografía).

No sólo los recuerdos nostálgicos son sociales, sino que de hecho este sentimiento ayuda a aumentar la empatía y el sentimiento de conexión social. Por ejemplo, una web como Yo fui a EGB crea un sentimiento de pertenencia a un grupo. Esto también tiene sus riesgos, como recordaba en The Guardian el psicólogo Constantine Sedikides: “Todo lo que incrementa la unión dentro de un grupo también tiene el poder de incrementar la negatividad hacia otros grupos”. Siguiendo con el ejemplo, quien fue a EGB podría considerar que quienes hicieron la ESO no tienen ni idea de nada.

La nostalgia también refuerza la idea de que la vida tiene sentido y significado, al poner en perspectiva experiencias de nuestro pasado. Asimismo, nos pone de mejor humor y aumenta nuestra autoestima, escribe Routledge, que añade que hasta el momento, “ninguna investigación ha observado de forma fiable ninguna consecuencia psicológica negativa de la nostalgia”, aunque habría que recordar las mencionadas precauciones de Sedikides sobre la nostalgia y la pertenencia a un grupo.

En todo caso, este sentimiento sí nos ayuda a compensar estados negativos, incluso de tristeza, por ejemplo si estamos lejos de nuestro país y de nuestra familia. De hecho, Routledge explica que la nostalgia funciona como “un recurso psicológico que la gente emplea para contrarrestar emociones negativas y sentimientos de vulnerabilidad”. Es decir, "usamos las experiencias del pasado para lidiar con los retos del presente".

Un negocio científicamente probado

Pero esta afición a sentirnos nostálgicos también tiene sus críticos. Raquel Peláez escribía en Vanity Fair que el negocio de la nostalgia, el de vendernos películas y libros con personajes e historias de nuestra niñez, consiste en “adulterar ese pasado, en convertirlo en un pasado de garrafón para sacarle más rendimiento a las consumiciones”.

Es decir, algunas empresas aprovechan que nuestra memoria hace trampas para hacernos creer que necesitamos comprar, no sé, los DVD de ese programa infantil que veíamos los sábados por la mañana y que jamás reconoceremos que ha envejecido fatal.

Y funciona: según un estudio de la Escuela de Gestión de Grenoble, otra de las consecuencias de la nostalgia es que nos predispone a pagar más por un objeto que deseamos. Es un sentimiento que nos lleva a darle menos importancia al dinero, por lo que también nos puede llevar a muestras de altruismo, como explica Sedikides, pero lo cierto es que muchas veces picamos en las trampas de editoriales, discográficas y productoras de cine.

En definitiva, nos gusta sentirnos nostálgicos y estamos dispuestos a pagar para que nos recuerden un pasado que nos hemos inventado.

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