¿Por qué nos caen bien algunos delincuentes?

Se enfrentan al poder y hacen lo que nosotros siempre quisimos hacer (o eso nos parece)

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Jesús Gil, en los juzgados de Málaga durante un juicio celebrado en 2003
Jesús Gil, en los juzgados de Málaga durante un juicio celebrado en 2003.

Nos guste o no, José María Ruiz-Mateos caía bien. Aunque recordamos los escándalos financieros, tenemos más presentes episodios como su "que te pego, leche" al ministro Boyer y su disfraz de Superman, que le convirtieron en un icono mediático. No se trata de un caso único: vemos películas y series, y nos leemos libros sobre delitos y crímenes, tanto reales como ficticios. De los pícaros del Siglo de Oro a los mafiosos americanos, pasando por los carteristas de medio pelo y los embusteros compulsivos. Nos pueden gustar incluso los políticos corruptos, siempre que tengan el encanto suficiente: en una encuesta de Reuters salía mejor parado Frank Underwood, el presidente asesino y manipulador de Estados Unidos en House of Cards, que Barack Obama.

Estos algunos motivos que explican este atractivo:

1. Se enfrentan al poder (con o sin razón). “En el imaginario social prende siempre bien la imagen del que se atreve a enfrentarse al poderoso -explica a Verne el psicólogo Miguel Silveira-, bien sea gobierno, Estado, banca, etcétera”.

José María Ruiz-Mateos se presentó como un hombre que luchaba contra las decisiones injustas del gobierno, y en especial contra las de su archinémesis, el entonces ministro de Economía y Hacienda Miguel Boyer. En su discurso, Ruiz-Mateos se describía a sí mismo como un David que se enfrentaba aa Goliat.

De hecho, en 2011, Ruiz-Mateos aún insistía en que “el Estado sigue sin pagar los 18.000 millones de euros correspondientes a la indemnización de Rumasa", a pesar de que, como escribía Luis Gómez en El País, “no hay una sola sentencia que reconozca derecho alguno a favor de los accionistas mayoritarios" de la empresa.

2. Los medios de comunicación les dan voz, por lo que pueden trabajar su imagen a conveniencia. “Gil y Gil aparecía como un paisano campechano y simpático que hacía favores a la gente desde su posición de alcalde -añade Silveira-. En el caso de Ruiz-Mateos lo que prendió fue el ‘te pego leche’ nada menos que al ministro que le había desposeído de Rumasa y con ello hacía peligrar los muchos puestos de trabajo que él había creado. En cuanto al Dioni, robó a quien tenemos conciencia de que nos roba o abusa y se aprovecha de nosotros”, enumera Silveira. Querían que les viéramos como Robin Hood, robando a los ricos para repartir entre los pobres, aunque muy a menudo los pobres eran ellos mismos.

También se trabajaban su imagen de personajes graciosos, ocurrentes y sin sentido del ridículo, como demostró, por ejemplo, Gil y Gil en su jacuzzi. Frente a ellos, los policías y jueces aparecían grises y aburridos. "Suelen ser personas además de atrevidas, simpáticas, con gancho. Y saben cómo exhibir una imagen pública que suscite simpatía", explica Silveira.

En cambio, sus víctimas no tenían tanta presencia: "Una vez que se erigen en protagonistas, lo que vienen a hacer los medios es apoyar este lado o aspecto porque tiene más tirón y si bien no silencian el daño, no lo resaltan tanto para contrarrestar sus ilegalidades.

3. Nos queremos identificar con el rebelde que no sigue las normas. "En nuestro inconsciente rechazamos el poder que nos oprime y por eso quien se atreve a enfrentarse a él resulta atractivo", dice Silveira.

Como explica The Saturday Evening Post en referencia a las películas de gangsters y mafiosos, en la Depresión de los años 30 se presentan historias de éxito personal frente al fracaso de la economía oficial. En los 70 con El Padrino se pasa a la pertenencia a un grupo que ha sido excluido de la sociedad y “ha construido su mundo paralelo en el que se sienten seguros y protegidos". En Los Soprano, el marco de referencia es la sociedad contemporánea de los suburbios.

En España el modelo más citado es el de la picaresca: gente que subsiste con pequeños robos y engaños mientras los ricos y nobles viven a todo lujo. La percepción es de injusticia social y económica, y más en un contexto (finales de los 80 y principios de los 90) en el que, como ahora, los casos de corrupción se multiplican.

He ahí, por ejemplo, la excusa del Dioni, que ha asegurado en más de una ocasión que volvería a robar un furgón cargado de millones. Como otros roban, él también tiene derecho a hacerlo: “Yo le metí una preferente a un banco”, dijo en una entrevista concedida a Público.

4. Hacen cosas que nosotros no nos atrevemos a hacer. “En nuestro inconsciente rechazamos el poder que nos oprime y por eso quien se atreve a enfrentarse a él resulta atractivo. Ellos vienen a hacer lo que en el fondo nos gustaría a todos, pero no tenemos ese atrevimiento y esto despierta admiración”, explica Silveira.

A muchos nos molesta hacer la declaración de la renta y casi todos nos sentimos estafados cada vez que el banco nos cobra una comisión, pero no por eso le soltamos un capón a un ministro ni robamos un furgón blindado.

Respetamos la ley, pero (a veces) envidiamos lo que aparenta ser un código moral propio de muchos delincuentes, al estilo de los mafiosos de las películas. No siguen las normas establecidas, pero porque no tienen tiempo para politiqueos. Lo suyo es estrechar manos y respetar la palabra dada.

Obviamente, esto es un error. En un artículo sobre esta buena imagen que tienen los mafiosos en el cine y en la televisión, el Telegraph cita a un jefe de policía que explica que en ocasiones se presenta el crimen organizado “como algo divertido, que llevan a cabo personajes carismáticos y tipos descarados”. Olvidamos que lo que han hecho está mal y ha perjudicado a muchos. Este código, que además no se suele respetar, sólo es una colección de excusas.

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