Así es aprender a volar

Probamos el túnel de viento más grande de Europa, recién inaugurado en Madrid

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Tengo miedo de asomarme a la ventana de un primer piso, y me agobio cuando me da mucho aire en la cara cuando voy en bici. Este 17 de marzo se inaugura en Las Rozas MadridFly, el túnel de viento para realizar vuelos de interior más grande de Europa. Obviamente, he ido a probarlo.

Antes de lanzarme al aire, en un aula de las instalaciones un instructor ofrece un curso previo sobre la postura correcta, comunicación gestual y las pautas de seguridad. "Es necesario asegurarse de que no tenemos nada en los bolsillos, ni anillos, pendientes... Cualquier cosa que pueda salir despedida", explica. No solo porque puedes perder unas monedas, sino por el riesgo que conlleva perderlas: "La corriente de aire es circular, por lo que cualquier objeto que saliera despedido acabaría regresando... Y podría impactarnos". No hay miedo, vamos allá.

La entrada en el túnel se realiza dejándose caer hacia adelante. Como en un buen planchazo en la piscina, aunque sin llegar a darse contra el agua. Ni contra nada: conforme se pierde la verticalidad, la corriente de aire a más de 180 km/h hace su trabajo y me deja suspendido a merced de mis (torpes) movimientos y el instructor. La sensación es similar a la de sacar la mano por la ventanilla del coche, pero a lo grande. Brazos, cabeza y piernas pelean por estabilizarse para crear la resistencia justa contra el viento.

Abro la boca y se me seca al instante. Dificultad para moverse, leve desorientación, boca seca... Como despertarse una mañana de resaca, pero cambiando el dolor de cabeza por un divertido chute de adrenalina. Precisamente, el precio del vuelo se acerca a lo que pueden gastar algunos para conseguir la dichosa resaca: para los amateurs, la tarifa más barata son 58 euros por dos vuelos de un minuto, incluyendo la clase teórico-práctica, un instructor y el alquiler del equipo.

Los paracaidistas experimentados que acuden a entrenar cuentan con tarifas especiales aunque, obviamente, no es mi caso. Al ver a los profesionales realizar acrobacias te percatas de que cada sutil movimiento del torso, mano o brazo se traduce, dentro del túnel, en una espectacular acrobacia. Expectativas vs. realidad: cada uno de mis movimientos se traduce en desestabilizarme, lanzarme contra el cristal, contra la red del suelo o contra el instructor, que me sujeta como un saco de patatas.

Mientras, mediante gestos, me indica cómo corregir mi postura y, agarrándome del traje, ascendemos hasta la zona de altura máxima. Estoy alucinando, pero desde fuera debe parecer más un combate de pressing catch (en el que el monitor me está dando una buena paliza) que un vuelo acrobático.

Tras un minuto sin tocar el suelo, agarro los bordes de la puerta y dejo que la gravedad haga de las suyas: estoy en tierra de nuevo. He subido a más altura de la que hay en un primer piso, y he recibido una bofetada mucho más fuerte que la que me golpea cuando me agobio en la bici. Obviamente, pienso: "¿Cuándo me toca otra vez?".

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