La 'playlist' de James Rhodes: la música que le ayudó a sobrevivir al abuso sexual

El pianista británico populariza en internet la música clásica como poderoso instrumento terapéutico

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James Rhodes en un concierto en Londres en noviembre de 2015
James Rhodes en un concierto en Londres en noviembre de 2015.

Cuando se despoja de la ira que sostiene su escudo hecho de cinismo, James Rhodes es un gran concertista de piano, convulso y didáctico. De los seis a los diez años, sufrió abusos sexuales a manos de su profesor de gimnasia. Sabe que es la razón por la que se ha convertido en el músico del momento y que además ha sido un libro, y no sus melodías, el que le ha ayudado a lograrlo. En Instrumental, publicado en 2015, apenas detalla las violaciones vividas de niño, aunque sí narra con precisión las brutales consecuencias a las que todavía se enfrenta, cumplidos ya los 40.

Es consciente de que muchos de los que acudieron a su recital del pasado 1 de julio en el Festival de Verano de San Lorenzo del Escorial querían ver de cerca al protagonista de este relato. Y no le importa.

Esa atención mediática que se traduce en carteles de “No hay billetes” le proporciona dinero y reconocimiento suficientes para hacer su día a día más llevadero, explica en su libro. También le da la oportunidad de hablar ante una audiencia multitudinaria sobre las partituras que interpreta, buena parte del tiempo con la mirada fija en el suelo.

Entre pieza y pieza, explica la pasión que siente por ellas y relata las historias detrás de las personas que las compusieron. Entonces descubrimos que estamos más cerca de Bach, Schubert y Prokófiev de lo que pensábamos. Aunque sea una moda, sus actuaciones son hermosas y elocuentes muestras de resiliencia.

“Como sociedad hemos dejado de escuchar, sobre todo a las mal llamadas víctimas, que en realidad son supervivientes. Muchos consideran mi relato tóxico y obsceno”, explicaba el británico el pasado mes de junio en Madrid, invitado por Save the Children a un congreso sobre violencia contra la infancia.

Massimiliano Minocri

Rhodes ha encontrado la forma de hacerse oír a través de la música, que es desde su infancia su forma de combatir la soledad y la confusión permanente que lo deja exhausto. “Es un hecho irrefutable que la música me ha salvado la vida de una forma muy literal. Ofrece compañía cuando no la hay, comprensión cuando reina el desconcierto, consuelo cuando se siente angustia y una energía pura y sin contaminar cuando lo que queda es una cáscara vacía de destrucción y agotamiento”, relata en Instrumental (publicado en España por Blackie Books).

Para aconsejar a aquellos que han enfrentado la violación, el acoso o el abuso, recurre a una cita de Bukowski: “Encuentra lo que amas y deja que te mate”. Para él, esa adicción es la música clásica. Internet es uno de sus recursos principales a la hora de hacer que el público se enganche a ella. Acompaña a su libro con una lista de Spotify que completa la experiencia lectora y, desde hace años, acerca estas composiciones al gran público a través de diferentes blogs alojados en periódicos británicos como The Guardian y The Telegraph.

En su canal de YouTube toca algunas de sus partituras favoritas, para aquellos que no pueden acudir a sus conciertos. Tiene varias fechas confirmadas en España a lo largo del año, entre ellas la de Los Veranos de la Villa, de nuevo en Madrid, el próximo 27 de agosto.

Estas son algunas de las composiciones que suenan a menudo en sus recitales. A través de sus historias, cuenta las suyas propias y la de muchos de sus lectores y espectadores.

Bach y Busoni, Chacona: la pasión como forma de superación personal

En el siglo XVIII ya existía el bullying. Bien lo sabe Bach. A los diez años han muerto su padre, su madre y buena parte de sus hermanos. Criado con desprecio por un autoritario hermano, se ve privado de su pasión por la música y huye del acoso escolar. En su vida adulta, también fallecen muchos de sus hijos pero, a pesar de estar rodeado de muerte, es capaz de crear continuamente armonía en su vida a través de miles de composiciones, cuenta Rhodes en su libro.

De niño, Bach invirtió seis meses en copiar poco a poco, a escondidas y a mano una partitura que su tutor no le permitía tocar Una vez estudiada y aprendida, el interpretarla le procuraba un subidón similar al de una droga. Es la primera composición que despertó el interés de Rhodes siendo niño y, reconoce, uno de los momentos más importantes de su vida. El que le permitió encontrar su camino. “Esta pieza basta para convencerme de que en el mundo existen cosas que son más grandes y mejores que mis demonios”, dice el músico

Schubert, Trío para piano n.º 2 en mi bemol, segundo movimiento: el milagro de la funcionalidad

El pianista define esta pieza como “la banda sonora de un hombre deprimido”. Habitualmente, las víctimas de cualquier tipo de acoso se enfrentan a la depresión, además de a las adicciones y a una mala gestión de la ira. Si hablamos de violación infantil, la más brutal de las agresiones, los efectos se disparan hasta las enfermedades mentales y los intentos de suicidio. Entre las numerosas secuelas que afronta James Rhodes se encuentra el trastorno disociativo de la personalidad y muy exigentes trastornos obsesivos compulsivos. Son enfermedades que no puede curar aunque sí gestionar, asegura. A pesar de todo, cuando se sienta frente a su instrumento, logra ejecutar con precisión composiciones como la de Schubert.

A veces, mientras lo consigue, el británico está lidiando con cosas como la siguiente: “Si mi mano izquierda roza las teclas del piano, tengo que reproducir enseguida exactamente el mismo roce con la derecha. Lo cual no es algo que me convenga mientras intento recordar las 30.000 notas de una sonata de Beethoven. Y más vale que no vea un pelo en una tecla. En ese caso, tengo que sacar el tiempo necesario para quitarlo, en medio de la ejecución, y lograr que todo esté limpio”, explica.

Chopin, Fantasía in fa menor, Op. 49: lo inútil de los prejuicios

Para Rhodes, Chopin es un ejemplo de cómo los prejuicios ajenos definen nuestra imagen. No parece que el compositor polaco fuera un dechado de virtudes, más allá de su enorme capacidad para resultar renovador y atemporal en sus partituras. “Existe la idea de que fue un niño-hombre amanerado, menudo, frágil e incapaz de demostrar fuerza ni potencia. Muchas de sus piezas desmontan esa idea”, recuerda en Instrumental. En su caso, durante años solo mostró las consecuencias de su traumática experiencia sin explicar las causas, ya que no comenzó a hablar de forma pública de lo ocurrido durante su infancia hasta que cumplió los 31 años.

Shostakóvich, Concierto para piano n.º 2, segundo movimiento: la belleza en medio del horror

El músico compuso esta obra para su hijo a finales de los años 50. A pesar de Stalin, nunca salió de Rusia, a diferencia del resto de compositores. Con esta obra buscó crear algo bello dentro de las difíciles condiciones que vivía su país. Cuando James Rhodes se convirtió en padre, sintió el mayor amor del mundo, pero, esa explosión emocional trajo consigo sentimientos opuestos, como son el terror y la culpa. “Era un terror puro, absoluto y visceral. Me habían entregado lo más valioso del mundo y, en el fondo, sabía que era esencialmente incapaz de estar a la altura de esa responsabilidad”, recuerda el británico, para quien la infancia es “una zona de guerra llena de peligro”.

Aunque ha estado desde entonces ingresado varias veces en instituciones psiquiátricas, el concertista no ha dejado de amar la música y a su hijo. “Lo único que quiero para él, por encima del éxito académico o económico, es que no deje de buscar la risa y la alegría”, dice. Lo mismo que deseó Shostakóvich con esta partitura.

Esta es la playlist de Spotify creada por Rhodes como banda sonora de su propio libro.

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