Cosas que sólo sientes a determinada edad

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Estaba sentada en una terraza durante las vacaciones de verano cuando una amiga se fijó en una madre con su hijo de unos siete u ocho años. Iban de la mano, el niño la abrazaba y ella le daba un beso en la cabeza mientras él seguía amarrado a su cintura. Mi amiga dijo “Mírales, qué monos” y yo le contesté “En uno o dos años eso ya no pasará. El niño no querrá ir de su mano porque le dará vergüenza, dirá que ya es mayor y mucho menos dejará que le dé besos en público”. Porque el niño dejará de ser un niño, de ser tan de su madre y empezará a ser un poco más de sí mismo. Y la madre verá cómo su bebé comienza a perder la inocencia de la que ha podido disfrutar desde que lo tuvo. En resumen, que le chafé el momento emotivo a mi amiga y le dio todo el bajón y a mí un poco también. Y seguimos bebiendo.

Sigo haciendo estos cálculos de cuánto les queda de esa inocencia y dependencia a los niños que veo por la calle o que van en el mismo autobús que yo cuando vengo a trabajar. Noto cuando, después de bastante tiempo haciendo la misma ruta todo los días, empiezan a cambiar. Y cómo han cambiado los que conocí siendo bebés y ahora los veo en el bus siendo adultos. No puedo evitar tener la sensación de que el tiempo pasa más rápido de lo que esperaba, aunque seguramente esto sea una simple sensación. También siento muchísima pena cuando veo a los niños de tres años en su primer día de cole, porque solo puedo pensar en que ese es el primer día de la miserable vida de rutina, obligaciones y horarios que llevamos la mayoría de los mortales durante unos 60 años.

Retomando la idea de la que te hablé al comienzo, lo que sí es cierto es que los niños dejan de ser niños antes. Ahora me cuesta pensar en una niña de 11 años jugando a las muñecas pero cuando yo tenía esa edad todavía las usábamos. Pero claro, ha pasado un mundo desde entonces y toda la evolución tecnológica está cambiando sus cerebritos.

Lo paradójico es que dejan de ser niños antes pero retrasamos todo lo posible esa transición de la juventud a la vida adulta y no sabemos muy bien cuándo oficialmente termina una y empieza otra. Esto ocurre como consecuencia del cambio en nuestra manera de vivir, que ha retrasado etapas como la emancipación o tener hijos. Queremos tanto no abandonar esa juventud que nos aferramos a la nostalgia con la idea de que todo tiempo pasado fue mejor y rememorar lo que sentíamos entonces. Si no de qué iba a ser otra vez un fenómeno de masas Operación Triunfo 1: todos los que estábamos emocionados con el reencuentro queríamos volver por un momento a nuestra adolescencia y revivir aquello que nos hizo felices en su momento (y que la realidad nos ha demostrado que era bastante más cutre de lo que nuestra memoria nos hizo creer).

No solo retrasamos todo lo posible el paso de joven a adulto: una vez llegado a adulto, queremos ocultar a toda costa que envejecemos. Es como si toda esa prisa que tenías por ser mayor al principio de tu vida se disipara. Para lo único que tienes prisa una vez que aceptas que ya no eres joven es para jubilarte, y yo lo entiendo. Viva el jubilarse y las excursiones del IMSERSO.

Selección del contenido y redacción de la carta: Anabel Bueno @aibueno

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