Mi mujer me ha donado un riñón y no se me ocurre la forma de agradecérselo

Mi madre ya le había donando un riñón a mi padre. Las mujeres de esta familia son grandiosas

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Foto cedida por Uka.
Foto cedida por Uka.

El pasado 26 de octubre pasé la tarde en la sala de operaciones del Hospital de A Coruña. En el quirófano de al lado se encontraba mi donante de riñón. Mientras trasladaba el riñón de un quirófano al otro, el cirujano a cargo, según me contó luego, pensó: "¡Qué riñón tan hermoso! ¡Y qué buen color tiene! ¡Sí señor, es una buena pieza!". Yo asentía mientras me lo contaba, aunque jamás había pensado que un riñón pudiera ser bonito. Lo que sí tenía claro era que el riñón no era la mejor parte de mi donante. Ella es Carolina, mi mujer, y su punto fuerte lo tiene en el corazón.

La culpa de que los dos acabásemos pasando una tarde en los quirófanos coruñeses la tuvo mi insuficiencia renal crónica. Me la diagnosticaron tras unos análisis rutinarios a mis veinte años y me dijeron que me traería problemas en el futuro. Pero claro, a los veinte años, ¡quién se preocupa por el futuro! Me encontraba en plena ebullición: en esa época, más o menos, empecé a salir con Carolina. Y, además, mi padre, que padecía la misma enfermedad, se encontraba estupendamente con 46 años. Entonces pensé que el problema quedaría aparcado, más allá de unos exámenes anuales, hasta que me hiciera viejo.

Nada más lejos de la realidad. Hace tres años, a mis 33, los análisis empeoraron bastante. Eso hizo que mis revisiones, que antes eran anuales, pasaran a ser casi mensuales. Y, sobre todo, me puso ante un dilema que antes veía lejanísimo: o trasplante o diálisis. Justo en esa época mi padre también había afrontado el mismo dilema y encontró a su donante en casa: mi madre se ofreció a donarle su riñón. De la misma manera en que yo había heredado la enfermedad, también heredé la solución: Carolina se ofreció a donarme el suyo. Las mujeres en esta familia son grandiosas.

Sé que la decisión no fue fácil. Al fin y al cabo, someterse a una operación estando sano es algo que cuesta. Habría entendido perfectamente que Carolina hubiese preferido no hacerlo. Pero ella sabía que, de lo contrario, me tocaría esperar la donación de un muerto. Y que, durante la espera, lo más probable es que llegara el momento de someterme a diálisis, de conectarme todas las semanas a una máquina hospitalaria. Así que me ofreció su riñón. Nos hicimos todas las pruebas necesarias y resultó que nuestros riñones eran compatibles. Ya hay que tener suerte en una pareja para que, además de compartir los gustos musicales y las aficiones, compartamos el mismo grupo sanguíneo y tengamos riñones compatibles.

Y así es como llegamos hasta la sala de operaciones del Hospital de A Coruña. Lo primero que hice al salir del quirófano fue pronunciar la siguiente frase: "Llevo una hora hinchando globos de helio". Pero esta frase no cuenta porque estaba bajo los efectos de la anestesia y no me acuerdo de ella -mi familia se ocupó de recordármela al día siguiente-. Así que, lo primero que hice al salir del quirófano y de lo que tengo conciencia fue visitar la habitación de Carolina. Tuve que hacer aquella visita sobre mi camilla y ni siquiera pudimos abrazarnos. Pero recuerdo que, todavía aturdido por la anestesia, traté de hacerle saber lo agradecido que estaba.

El momento más emotivo llegó, en realidad, a la mañana siguiente. Sin que ella lo supiera, mi entrañable equipo de enfermeras -vaya pedazo de profesionales- me ayudó a ponerme en pie. Aunque nuestras habitaciones se encontraban auténticamente cerca, tardé veinte minutos en completar aquel penoso trayecto por el pasillo. Para hacerlo un poco más ridículo, yo vestía el clásico pijama hospitalario que al mínimo descuido deja el culo al descubierto. Otras enfermeras se fueron sumando al cortejo conforme me aproximaba, pasito a pasito, a la habitación de Carolina. Era un momento sensacional para que hubiese sonado la banda sonora de Carros de fuego. Una vez allí, ante la sorpresa de Carolina, las enfermeras me sostuvieron para que la besara. Puede que fuese un beso ortopédico y poco íntimo, pero fue un reencuentro de película.

Tras algo más de una semana en el hospital, por fin me dieron el alta. Y ahí se produjo el otro reencuentro que tanto ansiaba: por fin pude ver a nuestro hijo Lucas, de tres años, que se había mantenido al margen de todo este episodio. Para él, sus padres se habían ido de viaje. Lucas es el principal motivo por el que decidimos llevar a cabo el trasplante. A sus tres años ya corretea por todas partes, se sube a cualquier murete y pega unos balonazos propios de un delantero centro. Y a mí, debido a mi sangre sucia, cada vez me costaba más seguirle el ritmo. No quería que la vida de nuestra familia quedara atada, como la mía, a una máquina de diálisis.

En su lógica infantil, Lucas cree que Carolina y yo llevamos vendas porque nos han picado muchos mosquitos. Así también se explica que llevemos tres semanas sin subirlo en brazos, porque en realidad las cicatrices aún no nos lo permiten. Estoy deseando que sepa que, siguiendo su lógica infantil, estos mosquitos me han dado la energía que me faltaba para corretear a su lado, para trepar los muros, para jugar al fútbol. Y estoy deseando que alcance la edad suficiente para explicarle que todo eso es gracias a su madre.

Durante mi convalecencia estoy sacando el máximo rendimiento a nuestra suscripción a Netflix. De momento, ya han caído Narcos y Black Mirror, y aún me quedan bastantes semanas por delante. Pero también intento responder a una pregunta: ¿Hay alguna manera de agradecer a Carolina lo que ha hecho por nuestra familia? Podría convencer a mis compañeros en Eladio y los seres queridos, la banda en la que soy bajista, para que le dedicásemos una canción. Podría llevarla de viaje a su rincón preferido. O invitarla a cenar durante un mes entero. Podría hacer muchas cosas, pero todas se quedarían cortas. De momento, sé que ella se da por satisfecha viéndome así de feliz. Antes de la operación estaba cansado y preocupado, y ahora estoy radiante porque Carolina me ha regalado una vida nueva. Gracias.

PD: Esta historia ha tenido un final feliz gracias a una donante. Por eso os animo a que os convirtáis en donantes y así regaléis una vida nueva a quien lo necesita.

Texto redactado por Álvaro Llorca a partir de entrevistas con Uka.

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