De verbena en verbena: mi vida tras 27 años en una orquesta de verano

Os podemos asegurar, con conocimiento de causa, que el listón festivo en España está muy alto

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Llevo 27 años dando tumbos por los pueblos de España, de plaza mayor en plaza mayor, porque soy músico del grupo Banda Gaudí, una orquesta veraniega de versiones de rock, pop y música divertida.

Es una vida cansada: mis compañeros, a la larga, suelen buscarse un trabajo más estable. Pero a los que seguimos a bordo nos toca trabajar como descosidos en verano para asegurarnos un invierno tranquilo dedicado a ensayar.

En mi caso, durante el invierno, más allá de algún bolo aislado, sigo trabajando para la orquesta, afinando nuestro repertorio y concertando actuaciones, lo que tampoco me reporta muchos beneficios.

Otros músicos de orquesta, según me consta, suelen buscarse trabajos flexibles durante el invierno, que suelen ser tocando en locales con otras bandas o como camareros. La única premisa es disponer de los meses veraniegos para girar sin descanso.

De ahí que en las próximas semanas tengamos nuestra agenda veraniega tan apretada como la de un representante de futbolistas o la de un vendedor de aires acondicionados. Desde la mitad de junio hasta el final de septiembre, solo tenemos un fin de semana libre.

A mi trabajo en la orquesta, como poco, le debo dos cosas. La primera es que me haya convertido en un experto en geografía española. Y, la segunda, que me haya proporcionado mil aventuras que contar. Estas son algunas de las cosas que he aprendido trabajando en una orquesta:

Que puedes acabar cogiendo manía a tus canciones favoritas. El público, en ocasiones, para provocarnos, nos canta: "¡No se saben, una de Los Suaves!". Es imposible que a nosotros nos pillen con algo así, porque no solo conocemos sus canciones, sino que es una de nuestras bandas favoritas. Sin embargo, hay una canción que nuestro público ya no escuchará: "Dolores se llamaba Lola". La canción es maravillosa, sublime, excepcional. Y la amamos. Pero la hemos tocado tantísimas veces que ya no podemos más. Dolores se llama tocar la misma canción miles y miles de veces.

Que el listón festivo en España está muy alto. En los pueblos se montan unas fiestas de cuidado, pero me atrevería a decir que las fiestas asturianas de prao se llevan la palma. Son fiestas que se celebran en un prado y donde nunca faltan ni la sidra ni el público. Hemos llegado a actuar ante más de 10.000 personas. Recuerdo especialmente una de ellas, en la que nos turnamos tres bandas y que se alargó desde las dos de la tarde hasta las tres de la madrugada. Aunque cayó un auténtico diluvio, la gente no dejó de bailar y de revolcarse en el barrizal. Al término del concierto tuvimos que cavar una zanja para desenterrar el cable que une el escenario y la mesa de sonido, porque, de tanto saltar encima, había desaparecido en las entrañas del prado.

Que un exceso de amabilidad puede ser peligroso. La hospitalidad en los pueblos castellanos es legendaria. Por eso, a veces, cuando llegamos con tiempo suficiente, las fuerzas vivas del pueblo nos invitan a cenar. ¡Y ni se te ocurra moverte hasta que no se haya acabado la última ración! Después de semejante ingesta, cuesta mucho ponerse a dar saltos sobre un escenario: lo que de verdad apetece es dormir una siesta. Pero todavía es peor cuando te invitan a beber. En un pueblo leonés le encargamos a un chaval de la comisión de fiestas que nos subiera agua al escenario para hidratarnos durante el concierto. Y los de la comisión de fiestas solo nos subía vasos de whisky con hielo. Y, por mucho que insistíamos en que queríamos agua, no había manera de conseguirla. Os podéis imaginar lo complicado que fue, después de tantos whiskys, bajar las escaleras del escenario.

Que los abueletes también pueden ser peligrosos. Las orquestas a menudo trabajamos con mánagers que se ocupan de concertar nuestras actuaciones en los pueblos. Y, en una ocasión, un mánager ávido de comisiones nos vendió como si fuésemos un grupo de rancheras y pasodobles. Lógicamente, cuando empezaron a sonar canciones de Loquillo y Siniestro Total, los abueletes que se habían congregado en la plaza no se lo tomaron demasiado bien. Nos insultaron y hasta nos amenazaron: "Os vamos a poner a parir en internet", nos dijeron.

Que, a veces, los errores tienen un final feliz. Estábamos cerrando nuestra actuación en un pueblo zamorano. Todo había salido de maravilla y ya nos recreábamos con la última canción: Zombie, de The Cranberries. Y, de repente, el generador se quedó sin gasóleo, lo que hizo que, en pleno clímax, los instrumentos y las luces enmudecieran. "Madre mía, toda la actuación arruinada", fue lo primero que pensé. Y, de repente, la gente empezó a cantar: "In your heeeeeeeead, in your heeeeeeeead". El público creyó que el apagón formaba parte del espectáculo, que todo estaba ensayado, por lo que aportaron su voz a un final apoteósico. Luego, eso sí, al equipo técnico no le hizo ninguna gracia recoger los instrumentos iluminados únicamente por unas linternas.

Que, en algunos pueblos, la gente es muy bruta. Los habitantes de los pueblos tienen fama de brutos. Y no es cierto, porque, por lo general, se portan estupendamente con nosotros y solo buscan divertirse. Pero en un lugar de Castilla, de cuyo nombre no quiero acordarme, a alguien entre el público no se le ocurrió mejor divertimento que lanzar una copa al escenario. En ese mismo instante, detuve la actuación para pedir amablemente a la gente que fuera más cuidadosa. Y, al momento, nos llovieron todas las copas de la plaza. Por suerte, no hubo que lamentar daños, pero suspendí la actuación y nos costó mucho salir del pueblo. Al año siguiente volvieron a contratarnos. Y, aunque con reservas, lo aceptamos. Subimos al escenario y el público se había transformado: todos los presentes parecían seres angelicales. Solo fue un espejismo. Al término del concierto, me confesaron: "Hoy nos hemos comportado porque queríamos a toda costa que vinieseis a actuar vosotros. Pero con la banda de mañana... no tendremos la misma piedad". Ahora parece una anécdota divertida, pero en ese momento lo pasamos mal. Es una pena que, por gente así, los pueblos tengan mala fama.

Que hay mucho talento en las orquestas. En la víspera de un concierto, hace ya mucho tiempo, nuestro batería de aquel entonces, de 18 o 19 años, se puso enfermo. Y su madre le prohibió que actuara. Ya dábamos el concierto por perdido cuando se alzó la voz de nuestro teclista: "Mi hermano podría sustituirle. Aunque solo tiene 10 años". ¿Perdón? Aquel chaval era un monstruito que no dejaba de incordiar durante nuestros ensayos. Pero, ¿qué podíamos perder? Le dejamos que probara y, aunque apenas llegaba con los pies al bombo de la batería, nos dejó boquiabiertos. El chico salvó nuestra actuación y hoy en día toca como los ángeles diversos intrumentos.

Que los años ochenta, musicalmente, son una garantía. No es sencillo conseguir un repertorio sólido. Durante el invierno, en el que ensayamos en grupo dos veces por semana, nos dedicamos a seleccionar nuevas canciones y a desechar aquellas que gozan de peor acogida. Y, a la hora de elegir canciones, las bandas de versiones tenemos un as bajo la manga: las canciones ochenteras. Da igual en qué momento del concierto suenen, porque Alaska, Mecano, Danza Invisible y compañía siempre levantan un concierto.

Que es imposible escapar a las canciones del verano. Nuestro estilo no tiene mucho que ver con Bustamantes y compañía, pero siempre nos acaban pidiendo sus canciones. No tenemos nada en contra de estos cantantes, solo que, sencillamente, no es nuestro estilo. No somos partidarios de los supermontajes, las pantallas led, ni los bailarines y bailarinas ligeros de ropa. Intuyo que este año nos pedirán muchas veces que toquemos Despacito. Pero ni siquiera la hemos ensayado. Les responderamos que esa canción ya la podrán escuchar en la radio, en el bar, en el coche, en la perfumería, en la peluquería... y que hay que dejar hueco a otras.

Que la vida en carretera es complicada. Cuando empieza una gira, los ánimos están por las nubes, y no dejan de cruzarse conversaciones animadas. Pero, poco a poco, después de hacer entre treinta y cuarenta conciertos, los kilómetros pesan mucho. En esas condiciones, cada minuto de descanso es una bendición. Por eso es horroroso que en la banda haya algún músico que ronque. Y si no, que se lo pregunten a mis compañeros: yo soy quien ronca en nuestro grupo.

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