¿Cuándo sabes que eres bilingüe?

¿Eres bilingüe cuando sueñas en otro idioma? ¿Cuando insultas en otro idioma? ¿Cuando cuentas un chiste?

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Señal de pare (de stop) en México
Señal de pare (de stop) en México.

Un día te despiertas de la siesta y no puedes creerlo: has soñado en un un idioma distinto al primero que usabas empezaste a hablar. Estás en el extranjero, cuentas un chiste en inglés, todos se ríen. Tú también. Congelas la imagen. Risas y una pregunta: ¿ya domino esta lengua?

Hay todo un proceso detrás, pero son varias las señales que llevan a suponer que se maneja un idioma con fluidez. El humor, las emociones y los sueños son algunos de los indicadores que nos llevan a pensar que alguien es bilingüe.

"Que habla dos lenguas"

Pero, ¿qué es exactamente un bilingüe? Los límites entre monolingüe y bilingüe son difusos y han dado lugar a diversas definiciones académicas. Por un lado, la definición que dio el lingüista Leonard Bloomfield era tan restrictiva que sólo consideraba bilingüe a quien domina una segunda lengua como un nativo. En el otro extremo está la definición del también lingüista Jim Cummins, que considera bilingüe a cualquiera que pueda comunicarse en una segunda lengua incluso en conversaciones básicas.

En el libro El bilingüismo en el estado español, Maitena Etxebarría ofreció su propia definición de bilingüismo, menos estricta que la de Bloomfield y menos laxa que la de Cummins: “[…] llamaremos bilingüe al individuo que, además de su propia lengua, posea una competencia semejante en otra lengua y es capaz de usar una u otra en cualquier situación comunicativa idéntica”. La RAE lo solventa con rapidez: “Que habla dos lenguas”

Jon Andoni Duñabeitia, investigador del Basque Center of Cognition, Brain and Language, se sitúa en una posición más afín a la segunda definición, por ser más inclusiva. Este experto en multingüismo considera que hoy “gran parte de la sociedad (española) es bilingüe” porque, independientemente de su lengua materna, puede “expresarse en inglés”.

Duñabeitia explica a Verne que 'bilingüe' es un término que “se nos ha quedado pequeño y necesitamos ponerle un apellido que realmente nos ayude a entender ante qué tipo de bilingüe nos encontramos”. Apellidos hay para elegir, y no pocos: compuesto, coordinado, equilibrado, dominante, aditivos, sustractivos, aculturados, monoculturales y biculturales, entre otros.

La edad, el nivel de competencia lingüística y el uso de ambas lenguas o de una u otra en función del contexto, son factores que nos ayudan a distinguir entre varios tipos de bilingüismo.

Soñar en otro idioma

No se trata de soñar en otro idioma sin más, sin entender nada, sino de soñar en el idioma que llevas un tiempo estudiando o practicando y entenderlo todo en tu mundo onírico. El lingüista marroquí afincado en Barcelona Youssef Rochdi se ha especializado en bilingüismo y además es multilingüe. Rochdi considera que estos sueños constituyen una prueba de que “has podido establecer una relación con los hablantes y tienes el vocabulario activo en tu mente”. Por tanto, dice, “ya es fácil acceder” a ese vocabulario incluso de manera inconsciente.

Duñabeitia, que estudia el bilingüismo a nivel neurológico, apunta que el contexto es la clave a la hora de pensar y soñar en otro idioma. Todo dependerá de la lengua que utilicemos para hablar con una persona con la que compartimos dos códigos, pero también del lugar específico en el que usemos uno u otro.

Como ejemplo, este investigador nos propone que imaginemos a una persona que habla inglés en el trabajo aunque su lengua nativa sea el castellano. “Si esta persona sueña con ese contexto tan concreto o con alguna de esas personas, es probable que la lengua que recuerde del sueño sea el inglés. ¿Hace esto que esa persona sea “mejor” o “más” bilingüe? De ninguna manera”, apunta. Del mismo modo, algunas personas aseguran que nunca recuerdan lo que sueñan y no por ello dominan menos su lengua materna.

Expresar emociones

El equipo de Duñabeitia llegó a la conclusión de que las emociones pueden variar en función de la lengua utilizada. Por el vínculo que mantienen el idioma con el que crecemos y nuestro lado emocional, lo habitual es expresar emociones en el idioma con el que hemos crecido. Si alguien es capaz de emocionarse igual en dos lenguas, podremos decir que ha adquirido las herramientas necesarias para poder asegurar que es bilingüe.

Este vínculo afectivo se debe a la forma en la que asimilamos ambos idiomas: la adquisición de una segunda lengua suele darse en el ámbito escolar, académico, laboral e institucional, mientras que la nativa “se adquiere en contextos familiares cargados de emocionalidad desde la más tierna infancia”. Entonces ocurre lo que este investigador llama “diglosia emocional”, que se produce cuando “la diferencia entre la carga emocional de los contextos donde se adquieren unas y otras lenguas” conlleva una distancia emocional con respecto a la lengua extranjera.

Albert Costa recurrió al conflicto moral para demostrar que la misma idea puede despertar nuestro lado emocional o racional en función de la lengua en la que se comunica. Su punto de partida fue una pregunta que ponía en jaque los valores de los participantes: les preguntó si lanzarían a la vía del tren a una persona si tal acto les permitiera salvar cinco vidas. Entre el 20 y el 50% aseguró que sacrificaría a una persona para salvar a cinco. El estudio mostró que tendemos a responder a este tipo de dilemas de manera menos emocional y más racional cuando se nos plantean en una lengua no materna.

¿En qué idioma insultamos?

Lo habitual es enfadarse e insultar en la lengua materna. “Cuando una persona habla un idioma extranjero, se enfada en su lengua materna. En estos casos voy a mi lengua materna, pero si acudo a una lengua que no es la materna, es porque la controlo de verdad”, dice Rochdi.

Lo que ocurre es que el “coste cognitivo” es mayor en una lengua extranjera. “Es decir, nos suele resultar más complicado hablar en inglés que en castellano, y esto tiene un reflejo cognitivo y cerebral claro”, explica Duñabeitia. Hablar en otra lengua agota y ese cansancio se refleja en la conversación y en el uso que hacemos de una u otra lengua.

Duñabeitia añade que a veces “lo bueno es menos bueno y lo malo es menos malo en una lengua extranjera”. De ahí que un insulto nos afecte menos en una lengua no materna o que nos libere más en la materna. Albert Costa llegó a la conclusión de que insultar en lengua materna no sólo es más cómodo, sino que también es más dañino porque los insultos duelen menos cuando se escuchan en otro idioma.

Pero esta regla tiene su excepción: los armenios no insultan en armenio, aunque sí lo hacen en otros idiomas. Esta actitud parece una muestra de amor a la lengua materna, un intento por no “mancharla” con lo que se considera feo, puesto que también se niegan a enseñar insultos y palabras obscenas a extranjeros curiosos. Existir, existen, pero son tabú. La traductora armenia Hasmik Amiraghyan es multilingüe y prefiere insultar en castellano, en catalán, en inglés o en ruso, mientras obvia las palabrotas en armenio. “Una amiga dice que no puede insultar en armenio por pudor. Para mí sería más bien la falta de costumbre, porque en ruso o en español no me da vergüenza”, dice Amiraghyan.

Chistes y pensamientos

Del mismo modo que el insulto nos afecta menos en una lengua no nativa, el efecto del humor se pierde por el camino. No tiene mucho sentido contar chistes en otro idioma -traducirlos- si no se domina a la perfección y si no se conoce bien la cultura del receptor porque el humor se difumina.

“Lo de los chistes como factor no lo veo tan claro como expresar emociones”, dice Rochdi. El hecho de que el humor sea cultural es lo que hace dudar a este lingüista, que considera que una persona puede llegar a dominar el humor de otra cultura a la perfección. Prueba de ello es que Bart Simpson mencione a Julio Iglesias: estos guiños a la cultura española de muchas series estadounidenses no aparecen en el guión, son los traductores los que tienen que incorporarlos para adaptar los diálogos al humor del receptor.

En este caso, para que ese indicador fuera válido, tendría que tratarse de un bilingüe bicultural. En palabras de Rochdi: “Llegar a pensar en otro idioma es la muestra de que no sólo sabes gramática y pronunciación, sino parte cultural de la lengua, cómo piensa el hablante”.

Este lingüista especializado en fonética añade, además, otro factor que podría indicar un alto nivel de adquisición de una lengua: el acento. “Si hablas dos lenguas, dicen las estadísticas en lingüística aplicada que siempre se nota el acento extranjero en la segunda lengua”, explica.

También puede resultar revelador olvidar palabras en la lengua materna, pero recordarlas en otro idioma y utilizar estructuras gramaticales que son incorrectas en esa lengua. Esos pequeños dramas cotidianos del bilingüe, a menudo, lo validan como tal.

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