Ni las lolitas son seductoras ni las 'madres coraje' heroínas: falsos mitos que ha dejado la literatura

Nuestro lenguaje cotidiano ha cambiado el significado original de términos surgidos en los libros

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La literatura nos ha dado un buen número de herramientas para bautizar cosas que antes no necesitábamos describir. Por ejemplo, a los que se resisten a madurar se les llama Peter Pan y los idealistas son quijotes. Es pura economía de medios que, en ocasiones, nos induce a error. Ni Lolita era una niña perversa, ni la Madre Coraje es el paradigma de la madre abnegada, ni Maquiavelo era un ser retorcido y ávido de poder.

La RAE explica que un epónimo es una persona o una cosa que da nombre a un pueblo, una ciudad o una enfermedad. "Son términos que representan conceptos que, hasta ese momento, no se encontraban en el idioma. Pasan entonces a ocupar un lugar en el lenguaje diario e incluso en el diccionario", explica a Verne Javier de Hoyos, autor del libro Eponimon (Editorial Ariel).

La palabra América surgió en el siglo XV, por el comerciante Américo Vespucio, y Parkinson por el doctor que investigó esa enfermedad en el siglo XIX.

La literatura, en especial las consideradas obras maestras, explica de forma breve y precisa características psicológicas del ser humano. Con el paso del tiempo hemos desvirtuado el significado de algunos de esos términos literarios con respecto a cómo aparecen escritos en sus textos originales.

Lolita: víctima y no verdugo

Uno de los casos más polémicos del mal uso que el lenguaje hace de un personaje literario es  Lolita de Vladimir Nabokov. Narrado en primera persona, es Humbert Humbert quien describe su obsesión por una niña de 12 años.

El propio autor de la novela manifestó varias veces su sorpresa cuando a menudo se entendía a su protagonista como una deliberada seductora, capaz de llevar a un hombre al desastre.

"¿Se puede decir que usted es el padre de una niña perversa?", le preguntaba en 1975 el periodista francés Bernard Pivot a Nabokov en su programa Apostrophes. El escritor lo negó de forma rotunda. "Es una pobre niña que corrompen y cuyos sentidos nunca se llegan a despertar bajo las caricias del inmundo señor Humbert. No solo la perversidad de la pobre criatura fue grotescamente exagerada, sino el aspecto físico, la edad... Todo fue modificado en publicaciones extranjeras", dijo.

Ni por esas. En pleno siglo XXI seguimos mirando a Lolita como al verdugo de una historia de amor nunca escrita y asociamos el término con muchas jóvenes cantantes y actrices. Aunque las portadas de las múltiples traducciones de la novela ya inducían al error, no ayudó la versión que Stanley Kubrick rodó en 1962, a pesar de que fue el propio Nabokov quien firmó el guion.

Uno de los carteles promocionales de Lolita de Kubrick y Dakota Fanning posando para el perfume Oh Lola! de Marc Jacobs

Las imágenes promocionales de la película, que son las que permanecen en la memoria colectiva, muestran a una mujer fatal en miniatura y la aproximación que el cineasta hace de los dos personajes principales a lo largo del metraje es muy distinta de la del texto original.

Las rebecas de Hitchcock

"El cine, un medio mucho más popular, ayuda a menudo a generar o perpetuar estos malos entendidos en nuestro lenguaje", apunta Javier de Hoyos. Así ocurrió también con el término rebeca, que no surge de la novela del mismo nombre de Daphne Du Maurier de 1938. La confusión llegó dos años después, con el estreno de la cinta de Alfred Hitchcock que adapta la historia a la gran pantalla.

Joan Fontaine sufriendo por Rebeca (con una rebeca) en el clásico de Alfred Hitchcock

Joan Fontaine interpreta a la señora Winter, una joven humilde a la que ni el libro ni la película dan nombre, que se casa con un viudo adinerado. Mientras sufre por la alargada sombra de la fallecida primera esposa, de nombre Rebeca, la actriz luce en pantalla unas chaquetas muy estilosas. La prenda terminó infiltrándose en el uso y en el habla popular como una rebeca, pero no lleva el nombre de su modelo original, sino el de su enemiga ausente.

Los muchos matices de Madre Coraje

"La propia naturaleza del epónimo hace que resumamos en un solo término conceptos muchos más amplios", explica el autor de Eponimon.

"Madre Coraje es una hija de puta", decía en 2010 Gerardo Vera a EL PAÍS. Uno de los nombres más relevantes del teatro español estrenaba entonces una versión de la obra de Bertolt Brecht. Recurrimos al personaje continuamente para hablar de madres abnegadas. Este verano ha podido verse esta frase hecha tanto en artículos como en la sección de comentarios relacionados con Juana Rivas.

Madre Coraje en versión de Gerardo Vera / Centro Dramático Nacional

En realidad, el crudo relato antibelicista del alemán muestra a una mujer, que se nombra como Madre Coraje, sórdida y antipática que es capaz de todo por la supervivencia. Obtiene beneficio de la guerra sin importarle absolutamente nadie.

Un donjuan no es un casanova

Lorenzo Livianos, docente e investigador del departamento de psiquiatría en la Universidad de Valencia, coincide con que la brevedad de los epónimos a veces trae consigo estas malas interpretaciones. "Son una llave que nos abre a una puerta más amplia, pero a menudo nos dejamos matices importantes por el camino", dice a Verne a través del teléfono.

En su libro La psiquiatría y sus nombres: diccionario de epónimos, que publicó junto a Antonio Rey, Livianos menciona el caso de los donjuanes, seductores en serie que dejan un reguero de víctimas femeninas a su paso. El mito de la literatura y la ópera (Don Juan de Zorrilla y Moliére, Don Giovanni de Mozart) se usa como sinónimo de un personaje histórico real, el italiano Casanova. En realidad, hay un matiz relevante entre ambos. "En contraste con Casanova, que adoraba a las mujeres con confianza masculina, Don Juan piensa en ellas como presas, puro objeto de satisfacción sexual que precisa de un rápido recambio", explica en su texto.

¿Y si Maquiavelo no era maquiavélico?

En el monólogo serio de Buenafuente acerca del conflicto político en Cataluña (emitido esta semana en su programa Late Motiv), el presentador menciona a Maquiavelo como el ejemplo de política corrupta e inmoral. Decía en su discurso: "¡Política!... una palabra que está muy mal últimamente, como desgastada. Aristóteles dijo que la política es el arte de cambiar las cosas. Claro, que luego vino Maquiavelo, que era un cabrón y dijo que la política es el arte de engañar. Nos vamos a quedar con Aristóteles". Es un uso que queda registrado en la RAE: maquiavélico es alguien o algo "astuto y engañoso".

Enrique Flores

El italiano publicó El Príncipe en el siglo XVI, un tratado político lleno de conspiraciones y que presenta una forma de actuar "contra la fe, contra la caridad, contra la humanidad y contra la religión". Desde entonces, el apellido del autor se relaciona con la moralidad del escrito. Mientras que en otros casos el epónimo al personaje (quijotesco en vez de cervantino) o relaciona al autor con lo que describe (dickensiano, dantesco), a Maquiavelo se le supone la intención de hacer apología de todos los elementos negativos que aparecen en su escrito.

En el libro House of cards y la filosofía: La República de Underwood, firmado por los doctorados en Filosofía J. Edward Hackett y William Irwin, se contempla la posibilidad de que el texto se escribiera desde un punto de vista irónico. Sería, en palabras de la científica política Erica Benner, "una crítica mordaz tanto de la despiadada realpolitik como del pragmatismo amoral, y no una defensa de estas posturas". Ella es una de las muchas autoras que defienden que la idea que tenemos de Maquiavelo es injusta.

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