9 cosas que vives si has emigrado y pasas la Navidad fuera de casa

Intentas llevarte la Navidad española contigo, pero es imposible

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Santa Claus llegando a Bucarest (Rumanía)
Santa Claus llegando a Bucarest (Rumanía).

Más de 2,4 millones de españoles viven en el extranjero. Y para esa gente también es Navidad. El 65% de ellos están muy lejos, en América, Asia u Oceanía, así que algunos dejan eso de regresar a casa para el anuncio de turrones. Es cierto que aprendes muchas cosas cuando haces de un lugar extranjero tu nuevo hogar. También introduces muchos cambios con respecto a las tradiciones de toda la vida si pasas estas fechas lejos de tu país y de tu gente. Estas son algunas de las cosas que se hacen cuando se es un expatriado navideño, en el sentido literal del término, es decir, el que vive fuera de su patria con independencia del contexto.

Pasas la Navidad fuera de casa y te sientes como Danielle, la extraterrestre de la Lotería

1. Te dices: "Tiene que haber alguien que se quede tan colgado como yo". Cuando sales fuera, descubres algo que, en teoría, ya sabías: hay culturas y religiones que no celebran la Nochebuena. Hay gente para la que no es un sacrilegio no sentarse con su abuela el día 24 de diciembre a cantar villancicos. Esas personas existen. Así que intentas encontrarlas para no estar solo.

Si estás fuera y te mueves en una comunidad de emigrados, no es difícil encontrar a alguien con quien pasar la noche. "No hace falta que hagas algo especial si eso va a deprimirte, simplemente no te quedes en casa. Vete a un restaurante o a tomar algo a casa de unos amigos", recomienda a Verne a través del teléfono el psicólogo Richard Jefferson, especializado en asesoría psicológica a expatriados que pasa consulta en Londres.

2. Te empeñas (sin éxito) en emular las recetas familiares. Con independencia de cuáles sean tus cualidades culinarias, a ver quién encuentra los ingredientes necesarios en el país de acogida. No olvidemos los susceptibles que nos ponemos cuando pervierten nuestros hitos gastronómicos, como la paella con chorizo de Jamie Oliver. Puede que en el lugar en el que vivas haya una tienda de productos españoles, al doble o el triple del precio normal, o que soluciones la papeleta con uno de esos envíos cargados de comida que suelen llegar desde España. Depender del supermercado extranjero no es una opción.

"De pura morriña, me animé un año a hacer los garbanzos de mi abuela. El chorizo era un sucedáneo que ni se parecía al de mi casa, pero el tiempo que le dedicas al asunto te acuerdas de los tuyos y revives parte de esa calidez del hogar", dice a Verne Andrea Bergareche. Desde hace años vive una vida nómada, que relata a través de su blog y de sus libros.

3. Intentas explicar a tus compañeros de mesa extranjeros lo de la capa de Ramontxu. Uno de los pocos productos navideños que no te cuesta encontrar en tu nuevo destino es la uva para Nochevieja. Lo complicado es explicar a tus colegas extranjeros los beneficios de empezar los primeros segundos del año engullendo 12 de ellas. ¿A qué hora lo haces? ¿A la española o a la local? También es complicado hacer entender por qué el vestido de Cristina Pedroche y la capa de Ramón García son asuntos de interés general, si es que después de unas copas te da por explicarlo.

4. La rendición: adoptas tradiciones ajenas. Llega un momento en que asumes que no puedes llevarte las navidades españolas a cuestas. Al final, te animas a probar cosas nuevas. Por ejemplo, en el norte de Europa, ven cada Nochebuena el sketch titulado Dinner for One. En Japón, mucha gente considera tradición irse a cenar el día 24 de diciembre al KFC y en Etiopía el día de Navidad es el 7 de enero y juegan a un deporte parecido al hockey.

"A los expatriados jóvenes les cuesta mucho menos abrirse a nuevas experiencias. Se divierten aprendiendo e incluso enseñando algo. Es una de las mejores cosas que se puede hacer en este tipo de situaciones para que la nostalgia no te gane la partida", comenta Richard Jefferson.

5. La Skype-cena, con los mismos gritos de siempre y nada de jamón. Las nuevas tecnologías son nuestras amigas... "Hay quien ha intentado seguir la cena por Skype", cuenta el psicólogo a partir de su experiencia en consulta. Te encuentras con que la Skype-cena es una posibilidad en tu vida. Parece poco probable que la reunión sea todo un éxito para quien está a solas frente a la cámara. Por mucho que tu gente te eche de menos, a medida que llega la comida y la bebida a todos se les olvida dar charla al ordenador portátil o al teléfono. "No sigues toda la cena ni puedes disfrutar del jamón que está comiendo tu familia, pero algo es algo", dice Andrea Bergareche, quien también ha probado esta técnica.

6. ¿Qué es esa cosa que se escribe a mano y se mete en un sobre? ¡Una carta! Disfrutas haciendo algo que ya casi nadie hace y que no hacías cuando vivías en España: escribir cartas y postales. "Es algo común entre los expatriados. Tomarse el tiempo de escribir a mano hace que uno se sienta conectado con la gente que quiere y que está lejos, aunque no esté charlando con ellos", explica Jefferson.

7. Te lías la manta a la cabeza y te vas a la playa más cercana. La bloguera Andrea Bergareche cuenta que ha pasado las fechas navideñas fuera de casa de todas las formas posibles. Primero junto a otros extranjeros en una playa y en otra ocasión se sentó a la mesa de una familia mexicana, hasta que un año se atrevió viajar sola con su mochila, de nuevo rumbo a la playa. "Conocí rápido a gente y la Nochevieja la pasé bañándome en el mar. Así cuesta mucho menos abrirse de miras y crear nuevas experiencias", recuerda a Verne.

PAU BARRENA/AFP/Getty

8. Ya no te preocupa el dilema de los regalos en Reyes. ¿Regalar el 24 de diciembre, cediendo a una tradición extranjera, o hacerlo en enero, cuando los niños apenas tienen tiempo de disfrutar de los juguetes? Si eres emigrado con hijos, probablemente regales el 6 de enero solo por mantener la tradición. Eso sí, vete olvidando del roscón.

9. Pues mira, pues me autorregalo cosas. Viviendo fuera es casi imposible que no recibas menos regalos que los que recibías en casa. Y fastidia. No tanto por la cosa material como por esa pequeña forma de afecto que pierdes por el camino. "Mi madre siempre me dice que la casa de uno está donde uno está y creo es verdad. Puedes regalarte algo a ti mismo para sustituir lo que está cada año debajo del árbol. Igual no hace tanta ilusión como desenvolver algo que no sabes qué es (y que te ha regalado un ser querido), pero al menos seguro que aciertas", dice con humor la bloguera.

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