Así es ser padres antes de los 25

Dos parejas jóvenes nos cuentan cómo es tener hijos casi diez años antes que la mayoría

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Cristina, Valentina y José Ramón, en el salón de su casa en Benalúa (Granada)
Cristina, Valentina y José Ramón, en el salón de su casa en Benalúa (Granada). EL PAÍS

Fanny tenía 19, como su novio Luismi, cuando descubrió que estaba embrazada. Cristina Gallardo acababa de cumplir 22 y su pareja, José Ramón, 25. En España, la edad media de las madres al tener su primer hijo es de 30,9 años. Así lo indican los datos de 2017 del Instituto Nacional de Estadística. En cambio, en 1975, la edad media con la que se tenía al primer hijo era 25,2 años.

Hemos entrevistado a estas dos parejas para saber como es la maternidad y la crianza diez años antes que la mayoría. Y cada pareja ofrece una visión diferente: Cristina y José Ramón pasaron tres años buscando el embarazo, mientras que Fanny y Luismi se lo encontraron por sorpresa.

Cristina Gallardo y José Ramón Gómez (23 y 25 años al nacer su hija Valentina, que ahora tiene tres años)

Nada más empezar a vivir juntos, Cristina Gallardo y José Ramón Gómez querían ser padres. "Teníamos muchas, muchas, muchas, muchas, muchas ganas", dice José Ramón mientras intenta calmar a Valentina, que no para ni un segundo. A sus tres años, es un terremoto. "Es la favorita de todos. De momento es la única nieta por mi parte de la familia", comenta Cristina. El "de momento" de su frase es importante: está embarazada de seis meses.

Los padres de Valentina y, a partir de diciembre, de Gonzalo, empezaron su relación en 2007. "Yo tenía 15 años y él, 18. Toda la vida, vamos", dice Cristina. Los dos se han criado, se conocieron y viven en el mismo pueblo: Benalúa, un municipio de 3.280 habitantes en la provincia de Granada. Al cumplir los 18, poco después de empezar con Cristina, José Ramón compró una casa en el pueblo. Entonces trabajaba como fontanero y, a los pocos meses, entró en una panadería en la que sigue casi una década después.

"Me quedan 20 años de hipoteca y me pasé dos reformando la casa antes de entrar a vivir", cuenta. Cuando Cristina tenía 20 y él 23, en 2014, empezaron a vivir juntos. "Desde entonces nos pusimos manos a la obra con el embarazo, pero fue difícil. Estábamos frustrados. Pensábamos: si no nos quedamos embarazados ahora que somos jóvenes, imagínate en unos años", añade esta granadina.

Entonces empezaron a acudir al médico para iniciar un proceso de fecundación in vitro. "Solo fuimos a una consulta. Para la siguiente cita, sin haber empezado el proceso ni nada, estaba embarazada", recuerda Cristina. Se acababan de casar por el juzgado.

"Ser padres jóvenes es una maravilla"

"Me encanta ser tan joven y padre. Es una maravilla. Tienes más fuerzas para criarlos, más espíritu, más de todo. Te tiras al suelo con ella, juegas todo el rato... Es un no parar", cuenta José Ramón. Su pareja está de acuerdo: "Mucha gente me pregunta por qué hemos tenido una niña tan jóvenes, que no puedes viajar ni hacer nada. A ver, yo si me quiero ir de vacaciones con mi hija lo hago. Y ya viajaremos por el mundo con más dinero cuando los niños sean mayores". "Claro", continúa José Ramón, "creo que criar a los niños es más fácil ahora, siendo jóvenes, como se hacía antes".

Cuando se le plantea la cuestión económica -¿qué jóvenes pueden permitirse pagar la crianza de un niño?-, Cristina afirma: "Nosotros hemos tenido suerte. José Ramón tiene un trabajo a jornada completa, con pagas extra y su mes de vacaciones desde hace mucho tiempo. Tenemos una situación económica que la mayoría de nuestra generación no disfruta". Además, Cristina trabaja dos horas al día en un supermercado del pueblo. Ella es la que más se encarga de la crianza de Valentina.

Cristina y José Ramón no tienen la sensación de estar perdiéndose nada por tener una hija de tres años: "Ya no puedes salir como antes, tienes que ir más relajado, ya que, aunque salgas y los abuelos cuiden a la niña, al día siguiente tienes que estar bien. Pero no pasa nada. No somos muy fiesteros, así que no lo echamos de menos", dice él. En su grupo de amigos, la mitad ya ha tenido hijos, todos más pequeños que Valentina. "Los que no han sido padres lo llevan bien, no tienen ningún problema", indica ella.

Los padres de Cristina la tuvieron siendo tan jóvenes como ella. "Yo tengo una relación con mi madre que sé que voy a compartir también con Valentina. Que la diferencia de edad sea menor es lo mejor. Igual que yo le contaba todo, espero que ella haga lo mismo. Mi madre tiene una mentalidad más abierta que las de muchas madres de mis amigas", afirma. La abuela de Cristina también fue joven al tener a su madre: "La hemos hecho bisabuela con 65".

Las respuestas de Cristina y José Ramón son parecidas a casi todas las preguntas, pero no están de acuerdo en todo. Por ejemplo, en cómo mostrar a Valentina en redes sociales: "A mí no me gusta subir fotos de la niña, pero a ella sí". "Bueno", contesta Cristina, "publico una a la semana como mucho. Me gusta compartir alguna foto de vez en cuando". Y siempre a Instagram, "Facebook se ha quedado viejo".

Tampoco están de acuerdo en cuándo permitirán que Valentina se haga tatuajes: "Cuando sea adolescente, yo me los hice con 15", dice Cristina. "Ya veremos, que yo no me los hice hasta los 18", contesta José Ramón. Terminan su conversación con Verne con un acuerdo sin fisuras: "Iremos a por el tercero".

Fanny Fariñas y Luis Miguel Mayoral (21 años al nacer su hija Leire, que ahora tiene tres años)

Fanny y Luismi, con su hija Leire en su casa. Alvaro Garcia (EL PAÍS)

Fanny y Luismi, ambos de 24 años, llevan cinco de novios y conviven desde hace dos en Peguerinos (Ávila). Les visitamos un sábado, pero no hay atisbos de que se avecine una noche de fiesta. Un cuadro en el pasillo puede explicar por qué: es una foto en la que aparece Fanny vistiendo una toga celeste y un birrete negro el día de su graduación. Entonces tenía 21 años. En su regazo sostiene a Leire, su hija, que entonces tenía cinco meses.

Cuando Fanny Fariñas supo que estaba embarazada, cursaba el tercer año de Educación Social en Salamanca. Las primeras en conocer la noticia fueron sus dos compañeras de piso y un puñado de amigas más. “Al igual que yo, tenían miedo, pero no se disgustaron. Incluso hubo una que se puso contenta”, recuerda. Luego llamó a su novio, Luis Miguel Mayoral. A pesar de que sus abuelas eran vecinas y habían ido juntos al mismo colegio, la complicidad y el cariño había surgido desde hace solo dos años. Luismi no dijo nada cuando escuchó que iba a ser padre. Cogió el coche y en una hora estaba en Salamanca. Permaneció tres días enmudecido. “Estaba acojonado”, confiesa.

Cuando quedaban cerca de tres meses para que naciera Leire, a Luismi le diagnosticaron cáncer. Para entonces, ya había acabado el curso universitario, por lo que estaban los dos en Peguerinos. “Fue una situación difícil. Él necesitaba atención porque estaba malo y yo porque estaba embarazada”, explica Fanny. “Tenía mucho miedo porque te dicen cáncer y piensas directamente en la muerte”. Luismi recibió quimioterapia durante toda la etapa final del embarazo: “Mi último ciclo fue el día 25 de septiembre y el 26 nació la niña... Ella me dio la vida”.

"Ya no me divierte tanto salir por la noche"

A los dos meses de dar a luz, Fanny tuvo que comenzar las prácticas en Ávila. Iba y volvía todos los días en coche. Su madre cuidaba de Leire y Luismi las visitaba los fines de semana. “Yo siempre andaba con un sacaleches y bolsas para guardarla”, cuenta entre risas. Luego volvió a finalizar el último curso en Salamanca: “Separarse del todo fue horroroso, horrible. Y más cuando estaba tomando el pecho… Es un apego muy fuerte”.

Al terminar ese curso, la pareja alquiló su primer piso en Peguerinos. Para poder costearlo, Luismi trabajó durante un año en dos sitios. Salía a las 7:00 horas y regresaba a casa a medianoche. Hasta que no pudo más y renunció a uno de sus empleos. La situación se estabilizó el verano de 2017, cuando Fanny consiguió un empleo de lo suyo en la residencia del pueblo.

Ya no salen los viernes. Los sábados solo si hay un cumpleaños o alguna fiesta importante. “La diferencia entre mis amigos y yo es que yo tengo una responsabilidad y que me gusta hacer cosas con mi hija más que con ellos. Ya no me divierte tanto salir por la noche”, explica Fanny. “Es que te cambia el pensamiento”, añade Luismi. “Si tengo un rato libre prefiero irme con la niña y con Fanny”, aclara. Defiende que ella lleva a Leire a todos los planes con sus amigas si son por la zona. Pero ya no puede ir a Madrid con ellas o de vacaciones.

Los lunes, cuando Luismi se va a trabajar a las 8:30 horas, Fanny le da el desayuno a Leire, la viste y hace las camas. Su madre o su suegra pasan a buscar a la pequeña y ella se va a la residencia a las 10:30. Come con su madre y su hija, a quien le cambia el pañal y la acuesta. Por la tarde da clases particulares hasta las 18:30 y después va a clases de inglés. Cerca de las 21 horas vuelve a casa y si Luismi no ha llegado, baña a Leire y prepara la cena.

Fanny explica que lo más difícil ha sido compaginar los estudios, el trabajo y la crianza de Leire. “A veces no la ha podido cuidar ni mi mamá ni mi suegra y se ha tenido que ir con Luismi a las vacas”. Su pareja lo ve distinto. “Según como están las cosas, te pones a pagar el alquiler, la luz, la comida y estás todo el tiempo pensando de dónde voy a sacar la pasta”, detalla Luismi. Es la hora de cenar y es probable que en breve llame la madre de Fanny, de 49 años, para insistirle a su hija que salga. “Me obliga a ir por ahí porque le gusta dormir con la niña”. Y por el otro lado, la mamá de Luismi ya está presionando para que tengan el segundo.

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