Cosas que descubrí al ponerme 'brackets' después de los 30 años

Lo bueno: te despides de las caries. Lo malo: tienes que decir adiós a tus antojos favoritos

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Es claro que esta sonrisa no requiere un ortodoncista. Ilustración: Adriana Kong, EL PAÍS.
Es claro que esta sonrisa no requiere un ortodoncista. Ilustración: Adriana Kong, EL PAÍS.

Inicié mi tratamiento ortodóntico poco después de cumplir los 31 años. Me puse brackets  aunque pensaba que ya estaba muy vieja para colocármelos. “Viejos los cerros y reverdecen”, me dijo mi mamá, citando un famoso refrán mexicano cuando le conté mi decisión de someterme a dos años de tortura dental.

Poco después de que la dentista dejara mi sonrisa llena de metal y mi cuenta de ahorros vacía, muchas personas opinaron sobre mi tratamiento. “Quieres tener sonrisa de artista”, “con los dientes derechos vas a parecer modelo” o la broma reciente, “te cansaste de tener la dentadura de Luis Miguel”. Sí, claro, con los dientes derechos seguro que le quito el trono a El Sol.

Pero que quede claro: si tengo metal en los dientes no es por razones estéticas, sino porque tenía la boca colmada de caries. Todo empezó con un inocente dolor de muelas que se calmó con uno o dos analgésicos y que en un pestañeo se volvió insoportable. Y aunque nadie se muere de un dolor de muelas, quien lo padece se quiere morir.

Yo, como muchos, soy parte de un monstruoso problema: más del 85% de los mexicanos adultos padece algún grado de caries y más de la mitad de la población tiene, por decirlo de modo amable, la dentadura chueca. “Solo 16% de la población tiene una mordida adecuada y las piezas que están en mala posición tienden a desarrollar caries”, explica la ortodoncista Patricia Trujillo, de la FES Iztacala. “Es un círculo vicioso, porque si pierdes un diente, los otros se desacomodan más y se forma más caries”.

Con la advertencia de que podía quedarme chimuela (sin dientes), accedí a quitarme las caries y proceder al largo y doloroso proceso de enderezar lo que estuvo casi tres décadas torcido. Tres meses después de que me colocaran mis brackets (o frenos, como también se los conoce), esto es lo que he descubierto:

1. Lo haces hasta los treinta porque hasta entonces no ganas lo suficiente

Si tuviste la fortuna de tener unos padres que te lo pagaran, te hicieron el tratamiento de niño o adolescente. Los menos afortunados tuvimos que luchar más tiempo para poder conseguir un buen financiamiento. Solo la ortodoncia puede llegar a costar 100.000 pesos (unos 5.000 euros). A eso hay que añadir la limpieza y otras sorpresas que vayan surgiendo, lo que puede llegar a acumular una deuda de un cuarto de millón de pesos.

Luis Miguel es el héroe de los que hemos iniciado un tratamiento ya mayorcitos.

2. Crees que eres el único viejo treintañero que usa aparatos, cuando en realidad hay miles

Piensas que nadie sufre más que tú y que eres el único que se ha sometido a un tratamiento siendo mayor, pero en realidad te equivocas. Mágicamente te das cuenta de que en la calle, en el transporte y en todos lados hay personas mayores de treinta con el mismo tratamiento dental. No, no eres tan especial como imaginabas.

Podrías armar un grupo de apoyo para adultos con frenos.

3. Te crees adolescente aunque ya no lo eres

De pronto quisieras comportante como un niño y hacerle un berrinche a tu dentista por el dolor que te causa en cada consulta. Sin embargo, sabes que tienes que guardar las formas. Lo mismo te pasa cuando tus amigos te dicen que con frenos pareces un adolescente, aunque te vistas como todo un godín.

Nada de morder a tu dentista, por favor.

4. Le dices adiós a tus botanas favoritas

Hay varios alimentos prohibidos para personas con aparato: las palomitas, los elotes (mazorcas de maíz), las manzanas, los alimentos tostados y todo lo que se tenga que morder. Las idas al cine dejan de ser lo mismo y prefieres encerrarte en casa a ver Netflix con un tazón de gelatina, el único alimento que no te provoca dolor.   

En momentos de flaqueza te piensas a ti mismo como ‘discapacitado’ bucal.

5. Adelgazas

Después de lavarte los dientes sabes que no puedes comer cualquier cosa a la hora que te apetezca, por lo que empiezas a planear muy bien tus comidas. Al ser más ordenado, el efecto inmediato es bajar de peso. Vaya, el primer punto positivo de esta tortura…  

Imaginar que un día lucirás como Katy Perry con brackets ayuda a mejorar tu ánimo.

6. Desarrollas nuevas técnicas de limpieza

Lo que antes te tomaba dos minutos de pronto te lleva diez. Conforme van pasando las semanas te vuelves más habilidoso con el cepillo, los interdentales, el hilo dental y la cera ortodóntica. ¿Quién dijo que nadie aprende después de los treinta?

La limpieza dental ahora es un asunto muy serio.

7. Te acostumbras a vivir con dolor

Nada cambia sin un poco de resistencia, y menos tus dientes. Cuando acudes a consulta y te ajustan el aparato, sabes que vivirás varios días con dolor y ya cuando por fin te acostumbras a una posición regresas de nuevo a un ajuste. No hay tiempo para el descanso en este tipo de tratamiento.

Cuando crees que ya ha pasado lo peor, tu ortodoncista aparece con nuevas y dolorosas sorpresas.

8. Aprendes a sonreír con ganas

Poco a poco vas adquiriendo confianza en tu apariencia. Aunque al principio pensabas que lucías como un extraterrestre entrado en años, con el paso de las semanas vuelves a sonreír para las fotos y si bien te va, hasta subes selfies a tu Instagram ya sin pena alguna.

La vida es demasiado corta como para no sonreír por unos ‘brackets’.

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