Desdoblamiento y lycra mojada

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La Matrioska activa el modo veraniego. Para que estas semanas de calor sean más refrescantes, hemos invitado a varias autoras a que os escriban las cartas de los próximos domingos. Habrá reflexiones, relatos, poesía, autoficción y más sorpresas y compañía, tanto para las que están en la piscina como para las que languidecen en el sofá con las ventanas cerradas a cal y canto. Todo, con un hilo conductor: ️☀️EL VERANO🌊 Si quieres suscribirte a La Matrioska, puedes hacerlo desde aquí.

Esta newsletter está escrita por Elisa Victoria (@elisita.victoria)

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Soy consciente de que el tema es polémico pero no nos vayamos a enfadar. Me reprenden las amigas y si no lo hacen miran al cielo pidiendo paciencia para ellas y fortuna para que salga yo airosa porque me gusta dejarme puesto el bañador mojado, una cosa oficialmente mala, cuanto más tiempo y más mojado mejor. Me fascinan todas las señales de alerta que emite la prenda. Cómo brilla, cómo pesa, cómo se queda fría y pegada.

Lo primero que recuerdo respecto a este asunto es cierta tristeza cuando el bañador empezaba a secarse. Se trataba entonces de una sencilla braguita en color rosa fucsia, época dorada la de la pieza única y pequeña. En la parte delantera había estampado un pececito joven y en la trasera una ballena azul con bigote y monóculo. Me gustaba tanto esa ballena elegante que fantaseaba con tener el culo debajo de la barriga para poder verla más a menudo. Era bastante pequeña cuando me di cuenta de que esto me encantaba, tendría unos cuatro años y todavía había margen de sobra para llevar el torso desnudo sin que a nadie le importara. Luego llegaron los bañadores enterizos y los bikinis para inaugurar el tiempo de la vergüenza, y la única ventaja que encontré fue que la superficie mojada se había vuelto mayor. Tal vez tenía tantas ganas de verle a la nueva e incomodísima situación un lado positivo que me agarré con demasiada fuerza al tema del ámbito húmedo.

De sobra sé que es una práctica de riesgo y más para una persona con propensión a la candidiasis como yo, pero curiosamente nunca he relacionado una invasión fúngica con piscinas ni playas, o puede que no haya querido percatarme por puro interés. Entiendo las contraindicaciones y las miradas de horror cuando explico esta afición, quienes se cambian de bañador en cuanto salen del agua merecen todo el respeto del mundo. Lo mío es puro vicio, un vicio relacionado con ciertas estéticas, ningún beneficio real más allá del agrado provocado por destellos y texturas. A veces, si lo confieso, me sermonean y asiento con los ojos en blanco como tantos otros adictos que piensan que tienen la cuestión controlada. Otras veces tengo frío y ganas de irme a casa pero me vuelvo a bañar sólo por volver a mojar esa lycra gruesa y sentir cómo se adhiere a la piel. No suele valer sólo con mojar el tejido y aplicarlo sobre la carne, tiene que fundirse el conjunto a la vez y quedarse un material pegado al otro.

Hay un momento justo y perfecto para separar la tela del cuerpo y sólo la práctica te indica cuál es. Llevas un rato fuera del agua y la piel está seca pero el bañador no. Es importante ese contraste para que la magia funcione. La sensación se parece a la de quitarle el plástico protector que trae de fábrica el mando a distancia. Debajo está todo nuevo, terso y fresco y si lo tocas las manos parecen muy calientes y el pellejo muy frío, como si fueras dos personas a la vez. Cuánto más sencilla resultaría la vida si pudiéramos tener un mínimo de dos cuerpos con los que trabajar. Supongo que esa es la ilusión que persigo. Si todo se queda seco es como si me hubiera marchitado la mejor amiga al sol hasta desaparecer evaporada.

Claro que es un método bobo, tan sencillo y eficaz como masturbarse con la mano izquierda, pero encima plagado de contraindicaciones. Qué le hago, es el primero que conocí y nada ha funcionado mejor para mí. A veces no sólo lo confieso sino que lo proclamo con entusiasmo y se monta el debate. Lo comprendo perfectamente, yo también he pegado muchas brasas cuando alguien me ha dicho que jamás se desmaquilla antes de dormir, que prefiere acostarse con toda la pringue y si hace falta (sólo si hace falta) quitárselo ya todo por la mañana. Pocas cosas entiendo mejor que el asco y el rechazo porque el mundo me repugna en general y más aún en verano, pero la edad me hace entender que quizá manchar la almohada de eyeliner es capaz de transportarte a un lugar concreto y cómodo que por algún motivo te hace sentir bien. ¿Acaso soy la única harta de estar siempre metida en el mismo sitio? Que alguien averigüe cómo se sale de aquí, por favor, que me sostenga una manguera sobre la cabeza a cada paso que doy sobre el asfalto incandescente o que al menos me patrocine el agosto la marca de moda de baño con los tejidos más esponjosos del mercado.

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