'La marabunta', un cuento navideño de María Bastarós

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La Matrioska se pone en modo navideño. Hemos invitado a dos autoras a que os escriban las cartas de los dos últimos domingos del año y nos ayuden a cerrar este 2019, reflexionando sobre el paso del tiempo y el fin, a veces arbitrario, de ciclos y experiencias. La semana pasada, la invitada fue Silvia Nanclares. ❄️🎄 Si quieres suscribirte a esta newsletter, puedes hacerlo desde aquí.

Esta carta está escrita por María Bastarós

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Yo tengo trabajo y mi marido no, eso explica que esté aquí todavía. Aunque es domingo, también es 5 de enero, así que abrimos hasta las 13. Es la primera vez que se hace así. Las que no somos madres nos hemos avenido sin protestas al nuevo horario, el resto han emitido alguna que otra queja con la boca pequeña. "El año que viene no te mostrarás tan solícita", me ha recriminado una compañera. Lo dice porque estoy embarazada, aunque todavía no se nota. La verdad es que, si la cosa no cambia, el próximo año no me quedará otra que trabajar todos los festivos posibles. "No me importa encargarme del bebé yo solo", ha dicho mi marido. "Te podemos extraer toda la leche que haga falta por la noche, y luego yo se la voy dando a lo largo del día".

“Te podemos extraer toda la leche que haga falta”. Así es cómo lo ha dicho.

Hoy, aprovechando la reunión familiar, vamos a dar la gran noticia. No me gusta la idea de acudir a la comida directamente desde la tienda, con el pelo sucio y la cara llena de brillos. Es algo que poca gente sabe, pero en los días de mucho trabajo, como el Black Friday o la campaña de navidad, el ambiente se corrompe de alguna forma, se hace más denso, y todas regresamos a casa con el cutis hecho una porquería. Una compañera ha anunciado que tiene en su poder un champú seco milagroso: lo espolvoreas por encima de la cabeza y absorbe la grasa del cabello hasta que parece recién lavado. Ninguna acabamos de creérnoslo pero todas le hemos pedido probarlo. Esta es también la primera vez que tenemos Reyes Magos y pajes en la tienda. El gerente no era partidario del asunto. Aseguraba que el pequeño escenario impediría la fluidez en el tránsito de clientes, pero un estudio reciente estableció que los locales que contratan papás noeles, elfos, reyes magos o pajes alcanzan un mayor número de ventas. Si un estudio lo dice, no hay discusión posible.

Mientras los niños hacen cola para entregar sus cartas a los reyes, los padres compran y abarrotan el maletero de paquetes. Nosotras nos turnamos para controlar la fila y les pegamos a los niños una etiqueta con un número. En cuanto los padres están listos, vienen a por ellos. Acabo de estrenarme como vigilante de fila, y requiere más atención de la que había previsto. Los adultos se agolpan en el punto de recogida con aspecto febril. Un paje con un pequeño micrófono merodea por allí. Entrevista a los clientes sobre lo que han comprado y sus respuestas se reproducen por el sistema del hilo musical de la tienda. "Así se genera un efecto llamada", ha dicho el gerente, "y los niños añaden a sus peticiones lo que escuchan por los altavoces". Lo que más éxito está teniendo este año es un muñeco rosa, una mezcla de koala y gato que se controla mediante una aplicación móvil. Está recomendado desde los tres años.

Entre la masa de padres que escudriñan la fila, una madre sofocada llama mi atención. "¿El número sesenta y dos?", pregunta. Busco hasta dar con la etiqueta adecuada. Es un niño con el pelo estilo cacerola, un corte que he visto poco este año. "Esa no es mi madre", me dice angustiado. Miro a la mujer. "¿No es tu mamá?". "No", asegura el niño. Aviso a mis compañeras por el walkie talkie. "Aquí hay un niño que dice que la mujer que lo reclama no es su madre". Sandrine acude presurosa, se encarga de hablar con la mujer. Oigo cómo ella berrea y exige hablar con el encargado. "¿Cómo te llamas?", le pregunto al niño. Michel gimotea. "¿Y cómo es tu mamá?". "Es rubia", dice, "muy guapa". Asiento con la cabeza y echo un vistazo a la mujer, morena y llena de marcas de acné, que habla ya con una superior. "Y tiene las tetas muy muy grandes", concluye Michel.

La encargada se acerca hasta nosotros junto a la mujer.

"Es su madre", me informa. "Deja que se lo lleve". Me aparto del niño y me despido con la mano. Adiós Michel. La madre lo agarra mientras él se retuerce como una culebra. "Se llama Álvaro", dice.

Sigo vigilando la fila hasta que las ganas de ir al baño me superan. Una de las cosas que no me gustan de mi trabajo es que no podemos ir al servicio cada dos por tres, y yo últimamente soy de vejiga pequeña. Aviso a Sandrine para que me cubra. "¿Otra vez? Pareces una abuela", se queja pero aparece en menos de treinta segundos. "Ya verás con el embarazo", añade, "mi hermana meaba cada cuarto de hora". La verdad es que en mi caso es más una sensación que algo físico. Creo que estoy a punto de hacerme pis encima, pero cuando llego al baño resulta una falsa alarma. Me pasa desde hace un par de meses. Mi psicóloga dice que es angustia, o estrés, o cistitis. Tomo unas pastillas naturales a base de arándanos que de momento no dan resultado.

Sorteo padres de ojos vidriosos mientras la sensación de inminencia urinaria aumenta. No podemos correr hacia el baño delante de los clientes, "hay que vigilar el decoro", así que tardo más en llegar de lo que me gustaría. Es al entrar al aseo cuando lo oigo. Unos sollozos discretos, ahogados, casi imperceptibles. No es la primera vez. A veces el cansancio hace mella durante los turnos largos, o alguna sufre una menstruación especialmente penosa. Llamo con los nudillos a la puerta tras la que parece sucederse el llanto. "¿Estás bien?" pregunto. Hay una pausa, luego la puerta se abre despacio. Sentada en el váter está Clara, la compañera que me ha recriminado adherirme sin problemas al nuevo horario. Las lágrimas le han difuminado el eyeliner y sus ojos parecen enormes. Está guapa. "Odio mi vida" me dice. Me agacho frente a ella y le pongo la mano en el hombro. "Yo también odio mi vida a veces", respondo. "Todos lo hacemos". Ella aparta mi mano. "Tú no puedes odiarla como yo", asegura, "pero lo harás". Echa un vistazo a mi tripa antes de levantarse. "Más pronto que tarde".

En cuanto sale ocupo su lugar en el retrete. Trato de concentrarme. Respiro pausadamente e imagino apacibles ríos, como mi marido ha sugerido. Apacibles ríos en Vietnam, en Eslovenia, en la campiña francesa. Hay pescadores en la orilla, adormilados en sus sillas plegables. Pequeños pájaros sobrevuelan la superficie y trinan antes de elevarse hacia las nubes. No hay suerte. Insisto unos minutos y tiro la toalla. Antes de salir reviso mi cara en el espejo de bolsillo que Sandrine esconde bajo el lavabo. El flequillo se me ha separado en mechones y han aparecido algunas espinillas. Luego me escaparé a la sección de perfumería y me echaré algo de colonia en la piel. Eso evitará que salgan más. Abandono el lavabo dispuesta a volver a la fila. Ahora mismo hay unos veinte niños que esperan su turno, algunos más mayores de lo tácitamente establecido para creer en Reyes Magos y otras fantasías navideñas. Sandrine atiende a los padres, desbordada. Aprieto el paso, procurando no rebasar el máximo de velocidad establecido, hasta que el paje del micrófono me intercepta.

"¿Y usted, qué deseo tiene para estas fechas?". "Yo soy empleada", respondo señalando mi uniforme, "trabajo aquí". "Eso está claro, dice, ¿pero qué deseo tiene?". Le miro en silencio un momento. Gran parte de su rostro permanece oculto por un fular, pero atisbo unos ojos pardos, de pestañas tupidas. "¿Qué deseo tiene?", insiste. La masa de padres se dilata cada vez más, Sandrine me hace señas para que acuda. El paje me agarra del brazo y doy un respingo. "¿Qué deseo tiene?". Miro hacia arriba, hacia los focos de luz fría, y todo adquiere un tinte azulado. Es como ver el mundo a través de una acuarela. "¿Qué deseo tiene?". Noto unos golpecitos en el hombro.

"Ven ya, por favor, los críos me están volviendo loca".

Asiento con la cabeza y me dejo guiar por Sandrine, dócil, hacia la marabunta.

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