"Echaos una mano entre vosotros": la carta de un viejo emigrante a uno joven

Antes de marcharme a Alemania, solo me había alejado media hora de la ciudad donde nací

En el momento menos pensado, puede surgir la oportunidad de regresar

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Foto de uno de los emigrantes que participan en el programa 'Fálame da emigración'
Foto de uno de los emigrantes que participan en el programa 'Fálame da emigración'

Sé que no es fácil dejar atrás tu casa: yo lo hice en 1969, cuando abandoné Galicia para trabajar en Alemania, y no regresé hasta diez años después. Muchos españoles lo hicimos entonces.

Fue duro, pero ahora guardo buenos recuerdos de aquella experiencia. Y si nosotros, con menos formación, logramos salir adelante, estoy convencido de que tú también lo harás.

Pese a que deberíamos haber progresado con el paso de los años, hay cosas que entonces eran más sencillas. Por ejemplo, yo me fui con un contrato asegurado, lo que me ahorró esa peregrinación repartiendo copias del currículum que os toca hacer ahora.

Pero no solo eso: antes las empresas nos procuraban formación. Durante mis dos primeros años en Alemania trabajé en una cementera. Y dentro de mi horario laboral me llevaban a un colegio para que aprendiera alemán. Ahora creo que cada uno tiene que arreglárselas por su cuenta.

Aunque suene contradictorio, hay cosas que han empeorado con el paso de los años. Pero piensa también en aquello que ha mejorado.

Ahora habéis visto mucho mundo. Lo más lejos que yo había ido a los veinticuatro años -la edad a la que me marché- era Lugo, que está a media hora en coche de Villalba, mi lugar de nacimiento. Por tanto, el contraste va a ser menor para vosotros.

Aniceto Prieto. Cedida por Afundación

Además, los jóvenes de ahora sabéis muchos idiomas. Yo había escuchado que en Alemania había muchos gallegos, por lo que me marché pensando que me alcanzaría con hablar español. ¡Menuda equivocación! Por suerte, al final aprendí lo suficiente para mi trabajo en la cementera y después en la Opel, donde pasé ocho años cortando carrocería.

¡Por no hablar de la conciliación! Durante mi estancia en Alemania, mi mujer y yo tuvimos dos hijos. Pasaron sus primeros meses lejos de nosotros, a cargo de sus abuelos en Galicia, así que nos perdimos sus primeros pasos. Luego, una vez en Alemania, para cuidar de ellos, mi mujer trabajaba por las mañanas y yo por las noches -sirva de consuelo que, al menos, por la noche me pagaban un marco más a la hora-. Es cierto que aún queda mucho por hacer en la conciliación, pero algo habrán mejorado las cosas.

Y ahora las comunicaciones han evolucionado mucho: puedes viajar en menos tiempo y a un precio mucho más económico. Para llegar a Galicia, antes nos tirábamos dos días en tren. Así que si necesitas matar el gusanillo con una visita rápida, solo tienes que subirte a un avión y en un suspiro te plantas en tu tierra.

Ahora también es más fácil mantener el contacto con la familia. Antes no había más remedio que mandar una carta y sentarse a esperar la respuesta. Ahora, con los teléfonos y los ordenadores, puedes mantener un contacto constante.

Y en mi tiempo muchísima gente vivía del campo. Por eso, cuando tenía vacaciones y regresaba a Galicia, me tocaba arrimar el hombro y echar una mano en la siega. La gente ya no trabaja tanto el campo, por lo que muchos podréis disfrutar de vuestras vacaciones.

¿Y qué consejos os puedo dar?

Yo os diría que, ante todo, tratéis de ser honrados. Luego, también os recomendaría que aprovechéis el tiempo: hoy en día recuerdo con mucho cariño los paseos en barca que nos pegábamos por el Rin a la mínima oportunidad. Y también es importante que os echéis una mano entre vosotros: aún estoy agradecido al compañero que se ofreció a sustituirme en la fábrica cuando viajé a Galicia para casarme, porque resulta que no había avisado con el tiempo suficiente a la Opel y sin él hubiese tenido que quedarme.

Y en algún momento, aunque sea de forma inesperada, se presentará la posibilidad de regresar. En mi caso, salió de los labios de Fraga. En la televisión alemana, todos los domingos había una hora de programación en castellano, y ahí salió Manuel Fraga diciendo que había plazas en una fábrica gallega de aluminio. Le pedí a mi cuñado, que estaba en Galicia, que me reservara una de ellas. Y así es como logré volver tras una década en Alemania.

Ahora miro atrás y lo recuerdo con cariño. Por supuesto, hubo momentos complicados. Pero también aprendí muchas cosas que, después de tantos años, me alegra haber vivido.

Aniceto Prieto es uno de los participantes del programa 'Fálame da emigración', que se enmarca en la línea estratégica de Afundación 'O valor da experiencia'. El uso de las imágenes ha sido autorizado por Afundación. Esta carta ha sido redactado por Álvaro Llorca tras haber entrevistado a Aniceto Prieto.

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