Todo lo que nos dejó Bélgica (en la lengua)

Incluidas palabras como petardos, reclutas y víveres

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Carles Puigdemont, antes de su rueda de prensa del 31 de octubre en Bruselas
Carles Puigdemont, antes de su rueda de prensa del 31 de octubre en Bruselas.

Aunque Carles Puigdemont esté en Bruselas para deliberadamente alejarse de España y de la cuestión judicial, debe saber que se encuentra en una zona sumamente vinculada a la monarquía hispánica por su homónimo el emperador Carlos I. Y esa vinculación ha resultado en interesantes huellas que vemos en la lengua española actual.

Bruselas, capital de Bélgica desde 1830, y sede hoy de la administración de la Unión Europea, era una de las ciudades que integraban lo que los españoles en los siglos XVI y XVII llamaban genéricamente “Flandes”. Hoy cuando hablamos de Flandes nos referimos a una de las cuatro regiones de Bélgica, integrada por varias provincias (Amberes, Brabante flamenco, Flandes oriental, Flandes occidental y Limburgo) y cuyo idioma oficial es el neerlandés. Es decir, Flandes es una parte de Bélgica como lo son Valonia o los Cantones del Este. Pero para la monarquía hispánica en el XVI, Flandes era una amplísima zona, más de ochenta mil kilómetros cuadrados que estaban bajo su dominio y que se llaman también en los libros de historia “Países Bajos españoles”. Estos incluían a las llamadas “Diecisiete Provincias”, que agrupaban a las actuales Bélgica, Holanda, Luxemburgo, además de a una parte del norte de Francia.

Esta área se empezó a relacionar con España cuando el guapo de Felipe el Hermoso, heredero, entre otros territorios, de Flandes y Borgoña, se casó con Juana I de Castilla, conocida por la Loca. El hijo de ambos, Carlos I, agrupó en sí la doble herencia territorial paterna y materna. Además, el emperador era flamenco, en tanto que había nacido en Gante y fue criado en Flandes. El mandato de Flandes desde España, en manos de sucesivos gobernantes que administraban el país a las órdenes de Carlos I de España, primero, o de su hijo Felipe II después, cambió en 1567 cuando, tras diversas rebeliones, comenzó la Guerra de los Ochenta Años (1568-1648) que enfrentó a españoles y a flamencos de las diecisiete provincias. Curiosamente, la parte más fiel a la corona española fue Bélgica, frente a Holanda, Frisia o Utrecht.

En ese contexto, la llegada de vocabulario desde Flandes al español fue constante. Por Flandes entraron palabras que se han quedado en nuestro idioma, testimonio de que cualquier contacto entre lenguas suele dejar efectos en el léxico. Muchas de esas palabras eran francesas, dado que este era el idioma usado por las clases dominantes en todos los Países Bajos y era la lengua del área sur de Flandes y de Borgoña. Palabras como furriel (en el famoso cabo furriel que conocen los que hicieron la mili) o ujier (‘portero’) vinieron muy tempranamente de esa zona. Y aún más llegaron al español a fines del XVI: calibre, carabina, convoy, flanco, petardo, recluta, víveres... Entró vocabulario militar, y en él, también la palabra “circunvalación” que nos suena hoy muy moderna pero que se usaba en el léxico bélico para aludir a una línea de trinchera.

Servir en el ejército de Flandes no era un encargo fácil. De hecho, fue comandado por los jefes militares más célebres de las tropas españolas, desde Fernando Álvarez de Toledo, duque de Alba, a Alejandro Farnesio. Estaban en campaña militar casi permanentemente, era muy numeroso (se calcula que en algunas etapas pudo alcanzar los ochenta mil hombres) y estaba integrado por gentes de muy diversa procedencia: de las mismas provincias de Flandes, de Borgoña, de Italia, de España... En los famosos “tercios de Flandes”, el contacto interno de idiomas era muy intenso, aunque se observó en ellos una tendencia a que se utilizase el español como lengua vehicular y de intercambio; en general, eran los flamencos los que hablaban español para poderse incorporar a altos cargos políticos y militares al servicio de la monarquía.

Las palabras llegaban a España de la mano de militares o veteranos que desde Flandes o a su vuelta a España escribían sus peripecias y hazañas militares. Libros y correspondencia popularizaban esas palabras nuevas, ante las que algunos se sorprendían y que otros necesitaban explicar cuando las usaban por primera vez. Escribe el cronista Luis Cabrera de Córdoba al principio del siglo XVII al historiar a Felipe II: “Mauricio envió al conde Felipe, su hermano, y al conde Ludovico con la caballería a degollar la escolta y bagajes que llaman convoy”, ayudando a que sus lectores comprendiesen esa palabra que se tenía por nueva.

A su manera y desde Bruselas, Puigdemont trata de poner una pica en Flandes, dicho español que tiene que ver también con esta etapa de Países Bajos hispánicos que se dio entre el XVI y el XVII. Llegar desde España a las filas del ejército de Flandes era bien complejo, pues se evitaba el recorrido por Francia y el paso por el Canal de la Mancha, acechado por piratas y por la armada británica. Había que utilizar el que se llamó “Camino español” o “Camino de los tercios”, que implicaba emprender un viaje por barco desde Valencia o Barcelona hasta el sur de Italia y desde allí recorrer las actuales Italia y Suiza para seguir el curso del Rin y pisar por fin Flandes. Poner allí el arma (la pica, una lanza de asta propia de la infantería) era toda una proeza previa a la propia batalla. “Poner una pica en Flandes” sigue significando hoy en español conseguir un logro difícil.

Más difícil es, en cambio, explicar si “flamenco” (como gentilicio de Flandes, forma de llamar a los habitantes de esta zona) tiene que ver con el “arte flamenco”. Cierto es que Los Morancos sacaron rédito a esa coincidencia entre gentilicio y género musical y pusieron en esta parodia a Puigdemont queriendo entrevistarse con los líderes flamencos... de una peña flamenca. Pero la etimología de la palabra “flamenco” con que se denomina a esta música andaluza es discutida y posiblemente no tenga relación directa con Flandes.

Como vemos, las fronteras administrativas no equivalen a fronteras entre lenguas. El contacto entre personas y, en consecuencia, entre los idiomas que hablan, da lugar a un inevitable contagio de palabras. En lingüística se llaman préstamos lingüísticos, pero en realidad son palabras que no se “devuelven”, son “regalos”: las huellas más duraderas y libres de algo tan triste e ingrato como una guerra.

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